DE LA RAZÓN FIGURATIVA DE LAS FIESTAS DE LA LEY ANTIGUA
En la ley vieja había siete solemnidades de duración limitada y una continua, como se puede colegir de Núm 28 y 29 (cf. Lev 23). Consistía la fiesta continua en la inmolación del cordero por la mañana y por la tarde todos los días. Este sacrificio perpetuo significaba la perpetuidad de divina bienaventuranza.
De las solemnidades de duración limitada, la primera era la del sábado, que se celebraba cada semana en memoria de la creación del mundo, según queda dicho (q.100 a.5). Otra solemnidad que se repite cada mes, era la fiesta de la luna nueva, que se celebraba para conmemorar la obra del gobierno divino, pues las cosas inferiores principalmente se mudan según el movimiento de la luna, y así se celebraba esta fiesta en el novilunio y no en la luna llena, para evitar el culto de los idólatras. Que en tal tiempo solían sacrificar a la luna. Estos dos beneficios son comunes a todo el género humano, y por eso se celebraban con más frecuencia.
Las otras cinco festividades no se celebraban más que una vez al año, y en ellas se recordaban beneficios particulares concedidos a aquel pueblo. Pues la Pascua se celebraba el primer mes, para conmemorar el beneficio de la liberación de Egipto. A los cincuenta días se celebraba la fiesta de Pentecostés, para recordar el beneficio de la promulgación de la ley. Las otras tres fiestas se celebraban al mes séptimo, que casi todo era para los hebreos solemne como el día séptimo. El día primero de este mes era la fiesta de las Trompetas, en recuerdo de la liberación de Isaac cuando Abraham encontró el carnero enredado por los cuernos, a quien representaban los cuernos de que estaban hechas las trompetas. Era esta fiesta como una invitación a prepararse para la siguiente, celebrada el día el día décimo, la fiesta de la Expiación, en memoria del beneficio que Dios había concedido, perdonándole, a ruegos de Moisés, el pecado de la adoración del becerro. A ésta seguía la fiesta de los Tabernáculos, durante siete dias, para recordar el beneficio de la protección divina y la conducción por el desierto, donde habitaban en tiendas. Por esto en tal fiesta debían tener frutos de los más hermosos árboles, frondosos, esto es, de mirto y otros odoríferos, de ramas de palmera y sauces de los torrentes, que por mucho tiempo conservan su verdor, cosas todas que se hallan en la tierra de promisión. Con esto significaban que Dios los había conducido por la tierra árida del desierto a una tierra deliciosa. El día octavo se celebraba otra fiesta, a saber, la de la Asamblea o de la Colecta, en la cual recogían del pueblo lo necesario para los gastos del culto divino. Esta significaba la reunión del pueblo y la paz otorgada en la tierra de promisión.
La razón figurativa de estas fiestas era: la del sacrificio perpetuo del cordaro, la perpetuidad de Cristo, que es el Cordero de Dios (Jn 1,36), según lo que se dice en la epístola a los Hebreos, capítulo último (v.8): Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. La del sábado, el descanso espiritual que nos concedió Cristo, según Heb 4,6 ss. Por el novilunio, que es el comienzo de la nueva lunación, se significa la iluminación de la primitiva iglesia por Cristo, mediante su predicación y sus milagros. La fiesta de Pentecostés significa la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La de las Trompetas, la predicación de éstos. La de la Expiación, la purificación del pueblo cristiano de sus pecados. Por la fiesta de los Tabernáculos se significaba la peregrinación de los fieles por este mundo, en que caminan adelantando en las virtudes. La fiesta de la Asamblea y de la Colecta figura la congregación de los fieles en el reino de los cielos; por lo cual se llamaba la fiesta santísima. Estas tres fiestas se sucedían, porque deben los purificados progresar en las virtudes hasta llegar a la visión de Dios, como se dice en Sal 83,8.
Santo Tomás de Aquino, SUMA DE TEOLOGÍA, Prima Secundae, c.102, a.4, ad 10, Madrid, 1989, B.A.C.
