DE LA MÁS ALTA FORMA DE ACCIÓN
-Gran parte de la vida la dedicamos a aprender (ya sean conocimientos, oficios o artes) y a enseñar a otros lo aprendido. El "discipulado" va transformándose progresivamente en "maestría". Pero, en un sentido radical, hay un "hacer" o un "arte" que apenas puede ser objeto de enseñanza.
-¿Cuál es este "hacer"? La oración, mediante la cual ponemos en juego la única fuerza capaz de transformar realmente el mundo. Y es entonces cuando nos percatamos de que es preciso convertirse en canal de la gracia divina.
-Para ello es necesario no sólo dirigirse a Dios y expresarle nuestras peticiones, sino también escuchar. Pues el escuchar nos permitirá hacernos una justa idea de lo que hemos de pedir.
-Por otra parte, hay que distinguir entre los actos de oración y el hábito de oración. Y entendemos por hábito la oración continua o "casi continua". En el primer caso, se trata de permanecer a la escucha en un momento concreto; en el segundo, durante toda la jornada (no en vano los "mensajes" o los "toques sustanciales" pueden venir en cualquier instante).
-¿Cabe clarificar para sí mismo y para los demás el proceso o camino por el que se llega a semejante "hacer" o "arte"? Sería la última "enseñanza", la que apenas puede calificarse ya de tal ("oral" como el Verbo; "escrita", como el Espíritu; "mental", a la manera del Padre).
-Lo fundamental: percatarse de la aparición de Dios en el propio horizonte, no como objeto de conocimiento, lo que lo mantendría a diatancia, sino como realidad personal o, para ser precisos, tripersonal a la cual nos abrimos por el Amor. Nos las habemos, no con el Dios término de un razonamiento, sino con el Dios de la Revelación. Si creemos en Él y participamos de sus misterios, nos identificaremos con Él cada vez más, un proceso en el que ya estamos por la fe, pero que, bajo el impulso del Espíritu, abordaremos de un modo cada vez más consciente.
