DE LA MUERTE ETERNA *
"En la eternidad, es decir, en la vida eterna, el hombre (y también el ángel) ha de participar del ser y de la actividad tripersonales de Dios de una manera tan alta que todo pecado le resulte imposible. Y así, en la eternidad, el hombre experimenta el máximo despliegue de su vida personal, pues se encuentra incluido en el ser y en la actividad de las personas divinas. En la muerte eterna, en cambio, el hombre experimenta su propia negación del Dios Trino, su negación de la vida divina, que es la vida personal más elevada. Así, pues, en la muerte eterna el hombre niega su propio ser personal, pues pone la nada en lugar de Dios; con ello se niega a sí mismo la más íntima y propia actualización de su esencia: el obrar como persona.
Nadie ha expresado esto con mayor exactitud que aquel filósofo que, en su terrible odio contra Dios, gritaba:
"Prefiero que no haya Dios, prefiero hacerme mi destino a mí mismo, prefiero ser loco, prefiero ser yo mismo Dios".
Pero el propio Nietzsche describe el resultado de esta existencia sin Dios con las siguientes palabras:
"Nada de lo que yo amaba vive ya; ¿cómo podría amarme a mí mismo todavía?
Vivir a mi capricho o no vivir: esto es lo que yo quiero, esto es lo que quiere también el más santo. Pero, ¡ay!, ¿cómo habría ya en esto un placer para mí?
¿Hay todavía para mí un fin? ¿Un puerto adonde se dirija mi vela?
¿Un buen viento? ¡Ay!, sólo aquél que sabe dónde va sabe también cuál es el buen viento, el viento favorable.
¿Qué me ha quedado? Un corazón fatigado e impudente, una voluntad inestable, alas capaces para aletear y el espinazo roto.
Esta busca de mi morada, ¡oh Zaratustra!, tú lo sabes!, esta busca ha sido para mí prueba cruel; ella me devora.
¿Dónde está mi morada? Ella es la que yo busco, la que yo he buscado, la que no he encontrado. ¡Oh eterno por doquiera, oh eterno en ninguna parte, oh eterno... en vano".
Esto es el grito desesperado de un hombre que contempla su ser personal amenazado en lo más íntimo, porque ya no es capaz de amar nada, ni siquiera a sí mismo; que busca su morada sin encontrarla, no conoce su fin, y sólo tiene ante sus ojos un eterno...en vano".
* Kahles, Wilhelm, "La muerte como fuente de vida en la historia", en: "Muerte y vida. Las ultimidades", Madrid, 1962, Guadarrama, 117-119.
