La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

12 Mayo 2011

UN CIERTO OLOR DULZÓN

Anunciaba Marthe Robin que poco antes del "Pentecostés del Amor", una de cada tres personas tendrían apariencia y realidad de personas; las otras dos, sólo la apariencia.

Por su parte, Gaston Bardet vislumbraba la proporción de supervivientes en los distintos países tras las "grandes tinieblas" y asignaba a España un terrorífico porcentaje: el 15%.

Comoquiera que sea y confiándonos siempre a la misericordia divina, ¿no sentís en el aire un cierto olor dulzón?

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8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Jesús Cánovas

Jesús Cánovas dijo

...Puede ser el dulce olor de la muerte como remedo del dulce pájaro de juventud. El caso es que huele.

13 Mayo 2011 | 01:10 PM

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Gracias, Jesús. A ese olor me refería.

13 Mayo 2011 | 10:25 PM

metanoia

metanoia dijo

¿A qué huele la desesperanza, el vacío? La fuerza centrífuga del racionalismo común ha creado un vacuum inodoro e insípido que impide captar el horror del mal.

17 Mayo 2011 | 08:06 AM

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Cuando se escriba la historia de esta época nefanda, los más lúcidos se preguntarán: ¿Cómo es posible que tanta gente perdiera la sensibilidad hasta el punto de no captar el horror del mal más que cuando se convierte en amenaza directa para la propia integridad física? Ello demuestra la condición fantasmal de semejantes "personas".

24 Mayo 2011 | 11:35 PM

Jesús Cánovas

Jesús Cánovas dijo

Una época “líquida” como la nuestra elude el pensamiento. Un exceso de “razón” anula la razón; en el mejor de los casos la trivializa. La nada no se argumenta; se impone por sí sola, pues nadie puede oponer un argumento allí donde no hay argumentos. La razón se elude y las razones de la razón sobran. Éste parece ser nuestro momento histórico, y creo que no digo nada nuevo. Filosóficamente es una época de tristeza. Desde otro punto de vista, sea el meramente psicológico, no se puede ser asertivo en un mundo en el que con tanta facilidad se defraudan las expectativas de nuestra acción. Tampoco se puede llegar a un autoconcepto que “cristalice” allí donde no hay conceptos. Los acontecimientos, las circunstancias, cambian con tanta rapidez y a tal vértigo que impiden la toma de decisiones y, en consecuencia, una acción eficaz. El resultado es la indefensión y, como última consecuencia, la depresión, la consciencia del absurdo. A la visión del común se abre, lo sepa o no, un horizonte de nihilidad donde nada crece, el “cierre” de cualquier posible salida. Un mundo cristalizado, materializado, de objetos rotundos, hasta cierto punto protegía de cosas peores, ya lo decía René Guenón. Ya no es éste el caso. Un mundo licuado por principio es inasible, evanescente, fantasmagórico; en él sólo es posible el juego de las imágenes, de las apariencias, de los cristales rotos, de los fragmentos. Callar sobre esta “despersonalización programada” a la que se está sometiendo a la humanidad supone hacerse cómplice de la misma. Pero, a parte de la denuncia, ¿qué hacer? La tierra tiembla, es un hecho; y los volcanes erupcionan. La contaminación radiactiva se extiende; cualquier contaminación se extiende. ¿Acaso no cabalga algún jinete? Sí, como sugieres Emilio, el aire se llena de olor dulzón, pero también huele a azufre. ¿Qué hacer? Ante este espanto, pienso que sólo nos queda una cosa sensata: anhelar con más fuerza la Casa del Padre y rezar más deprisa. Recordarle a Dios su misericordia.

25 Mayo 2011 | 02:19 PM

www-espacioblog-com-analog

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Nada que objetar a tu descripción del "estado de cosas", rigurosamente fenomenólogica y que recuerda al mejor Sartre de "El ser y la nada" (que quizá no fue plenamente consciente de lo que estaba diciendo), añadida, claro está, la dimensión religiosa, la única que puede otorgarle realidad. Frente a la pétrea "solidez" del "en-sí", la "liquidez" fluídica del "para-sí", que no puede prescindir de ella para negarla y así "sostenerse en su propia nada". Ya pensaba Max Picard, sobre el trasfondo de la pesadilla nazi, que en un mundo como aquél, donde todo era sucedáneo, solo cabía entrecomillar; en nuestra tierra de las Hespérides y en el "sin dolor" de la embriaguez que puede conducir a cualquier sitio, incluido el matadero, el horror metafísico disfrazado de "progrez" quiere ir más lejos. De ahí que, como dices, el olor dulzón vaya acompañado del olor a azufre (hoy un Dante no hubiera necesitado esforzarse para visitar las tinieblas del "Inferno", tan a la vista "aparecen"). ¿Qué hacer? Ya lo dices tú mismo: entonar el "De profundis", implorando la misericordia divina y, con su ayuda, "merecer" que "aquellos días sean abreviados".

31 Mayo 2011 | 06:50 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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