La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

12 Enero 2011

"KAIRÓS" ASTROLÓGICO Y "KAIRÓS" SALVÍFICO

1)El reino de Dios en su expresión perfecta y acabada: la eternidad participada.

 2)En su manifestación imperfecta e incipiente: el tiempo posterior a Cristo y, según J.Carmignac, a contar desde la predi­cación de Juan el Bautista ("Desde los días de Juan el Bautista, el reino de Dios sufre violencia...").

 3)"Se ha cumplido el kairós, y el reino de Dios está cer­ca", dice Jesús, un reino que culmina en su pasión, muerte y resurrección.

 4) El "kairós" astrológico será, pues, el tema astral del instante en que da principio la predicación de Juan, y su as­pecto culminante, el de aquellos acontecimientos fundaciona­les.

 5) Así, pues, cabe utilizar el tema de la Era Cristiana, así como el de la muerte de Cristo como referencias al reino de Dios propiamente dicho, pero también el tema del 6-1-27, es decir, el de la predicación de Juan el Bautista, en el sentido señalado en 2).

  6) ¿Es descriptible el reino de Dios en términos astroló­gicos? Sólo de un modo incipiente y aproximativo, puesto que la astrología toma como base la interacción planetaria y la convierte, salvadas las distancias, en símbolo de la existencia humana. Ahora bien, seme­jante simbolismo, supuesta la revelación, no pasa de otorgarnos un conocimiento meramente analógico.

 7) Por tanto, el reino de Dios no es comprensible a partir de esa analogía, ya que, en último extremo, se trata de la deifi­cación del hombre, de su participación gratuita en el ser di­vino.Y si ya en el terreno de la comunicación interhumana está presente el misterio de la propia individualidad personal, que sólo se conoce por revelación, cuánto más en el contacto Dios-hombre.

  8)¿Hasta qué punto es cognoscible la condición humana mediante la astrología? Puesto que el hombre fue creado a ima­gen y semejanza de Dios, no cabe conocer plenamente la condi­ción original del hombre por astro­lo­gía, ya que ello implica­ría el conocimiento di­recto de Dios.

 9) Sin embargo, supuesta la caída, el hombre queda dismi­nuído y sometido en parte al cosmos.Y, en este sentido, su ser es parcialmente comprensible desde la astrología. De ahí la distinción entre buenos y malos aspectos planetarios o entre el "trono" de un planeta y su "exilio",etc.

 10) Habrá así un tiempo para cada cosa, como dice el Ecle­siastés, lo cual rima perfectamente con la alternancia de las posiciones y de los ángulos astrales.

 11)Pero no cabe hablar de una "plenitud del tiempo" en el sentido de la llegada del reino de Dios. Semejante "kairós" supone una apertura del tiempo a la eternidad, una apertura no calculable desde el simbolismo astrológico. A lo sumo, podría­mos hablar de una "apertura a lo divino" concebido de manera analógica.

 12) Y esto se aplica al reino de Dios en su más amplia extensión, al igual que a la historia del individuo. Sólo esta­mos en situación de conocer la casa IX, su regente, los trán­sitos y progresiones que la afectan en un instante dado: el "kairós" astrológico no pasa de ahí. Todo ello conectado con la I y su regente, a fin de conocer la relación entre el hombre individual y Dios.

 13) Para Platón, "el tiempo es la imagen móvil de la eter­nidad".Esto es aplicable a la estructura del tiempo astrológi­co, en el que cada instante ha de ser comprendido como vinien­do de Dios y retornando a él. Pero ello no significa que el saber astrológico nos dé los medios para experimentar esa vi­vencia en toda su profundidad y, menos todavía, para entender el crecimiento del reino de Dios en nosotros y en la historia. En rigor, es imposible salir del tiempo cíclico, ya considera­do como la "repetición perpetua de lo mismo", ya experimentado como la desintegración y recomposición del instante. Tan sólo la intervención de Cristo (en el que se recompuso de una vez para siempre el tiempo de la humanidad) nos da la potestad para salir de esa ciclicidad.

14) Habla Abellio de la "omnisciencia" de la visión, de la "incompletez" o "indigencia" de la acción y de la "omnipo­tencia" del arte. Es un modo de reconocer, desde la gnosis, la relativa adecuación del entendimiento y la inadecuación de la voluntad, cuya superación a través del arte no alcan­za en modo alguno la experiencia de la gracia, por más que se la describa exteriormente como la "facilidad del arte". Por lo demás, Abellio peca de optimista al concebir la visión.

15) En virtud de la concepción del tiempo que distingue al reino de Dios, la ciclicidad se rompe y el devenir desemboca allí donde nace, a saber, en la eternidad. La diferencia entre tiempo salvífico y eternidad consiste, pues: a) en la experien­cia misma de la sucesión, y b) en su carácter irrepetible (fren­te a la concepción griega).Y esto es válido tanto para el in­dividuo como para el mundo en su totalidad.

16) Se trata, pues, de integrar la sucesión temporal (ya sea la existencia individual, ya la existencia del mundo en su totalidad) en la eternidad de Dios. Esta irrumpe en el tiempo y no se limita a permanecer en sí misma. En efecto, no es una asunción del tiempo (una vez acabado) por la eternidad, sino de la asunción de todos y cada uno de los instantes de la temporalidad. En virtud de ella, la entera corriente del tiempo se transforma en experiencia salvífica, no sólo de manera integradora, sino también diferenciadora.

17) Aquí conviene hacer algunas consideraciones sobre la "medida del instante".¿Cómo medirlo? Parece lógico utilizar como patrón el "rega", es decir, el tiempo que dura una respi­ración, de manera que 1 día=25920 rega.Y parece lógico justa­mente porque la respiración reproduce de forma plástica el doble movimiento de diferenciación(espiración) e integración ­(inspiración) que caracteriza al tiempo.Por el primero, expan­sivo, se for­ma el mundo; por el segundo se destruye o se con­trae. Por con­siguiente, respirar es asistir a la creación y destrucción continuas del mundo. Esto nos permite dividir la duración de cualquier pe­ríodo en dos fases: la primera, "temporalizadora"; la segunda, "eternizadora".Por tanto, si la duración media de la vida hu­mana es de 70,96 años, cabe dividirla en dos períodos de 35,5 años, uno "diferenciador" y otro "integrador".

 

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

metanoia

metanoia dijo

Voy a limitarme a los puntos 15, 16 y 17. Pienso que los instantes del tiempo son instantes en la medida que no son integrados. El recuerdo es el que da a esos instantes la altura que permite verlos como "pasado", como aquello que ya irremediablemente forma parte del ser. Y en esa medida ya no es algo que simplemente me pertenece a mí, sino también a Dios. Y pueden ser visto desde Dios, y desde ese instante ya no son meramente historia, sino historia de la salvación. Tal vez por eso la Biblia no se presenta como un libro bajado del cielo, como puede serlo el Corán, o la experiencia de lo Absoluto de la que se desprende una serie de preceptos, sino una serie de historias personales que manifiestan la presencia de Dios en el acontencer temporal. Bueno, esto es un apunte breve de ideas que me han sugerido esos puntos y que requerirían ser meditadas más ampliamente.
Un saludo

20 Enero 2011 | 11:42 PM

www-espacioblog-com-analog

www-espacioblog-com-analog dijo

Por un fallo del correo de "La Coctelera", no me llegó en su momento tu comentario y no lo he visto hasta hoy.
Efectivamente, es una buena comparación la de la Biblia y el Corán. Mientras que la primera es indisociable del misterio de la Encarnación, de manera que la dimensión divina en modo alguno supone la anulación de la humana, el segundo parte de una concepción de lo divino que "reduce a cenizas" lo humano. De ahí la proximidad, en un principio sorprendente, entre la doctrina hindú de la "no-dualidad" o "Advaita" y la conocida sentencia islámica "No hay más Dios que Dios". Y es que ésta última puede leerse (como es lo habitual): "Sólo hay un Dios", pero también "No hay otra cosa que Dios".

31 Enero 2011 | 11:01 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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