DE LA ALEGRE Y "TRISTE" NAVIDAD
Es un tópìco decir que la Navidad es una fiesta a la vez alegre y triste. Si, en el plano de las "causas segundas", cabe atribuirlo al simbolismo del Capricornio (exilio de los valores asociados a la maternidad y a la infancia), en el ámbito teológico se explicaría de la siguiente manera: alegría por la inmanencia de Dios en el Niño de Belén; tristeza, como signo de la divina trascendencia, no abolida por el acontecimiento de la Encarnación. Nos lo recuerdan algunos villancicos que aluden a que "este Niño ha de morir en la cruz".
A diferencia de la Pascua, en donde la tristeza va unida a la pasión y muerte de Cristo, a su salida de este mundo, y la alegría, al "paso" de este mundo al Padre y al "retorno" a la vida", pero a una vida ultraterrena. Aquí la tristeza es el signo de la inmanencia, y la alegría, de la trascendencia.
No sé por qué, de entre las muchas tentativas históricas de plasmar en el arte esta alegría, me viene ahora a la memoria la beethoveniana recreación de la "Oda a la alegría" de Schiller en el último movimiento de la 9ª Sinfonía ("Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium"), que, indudablemente, es algo más que una exaltación puramente humana, gnóstica...
