ISRAEL Y SUS ENEMIGOS: UNA CLAVE DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN (Dt 32, 17-25 y Dt 32, 26-43) *
Veamos el primer texto:
"En lugar de ofrecer sus sacrificios a Dios, los ofrecieron a los demonios, a dioses no conocidos, a dioses nuevos y recién venidos, que jamás habían adorado sus padres.
De la roca que te creó, te olvidaste, diste al olvido a Dios, tu hacedor.
El Señor lo ha visto y, en su cólera, ha rechazado a sus hijos y a sus hijas.
Y dijo: Yo esconderé de ellos mi rostro, y estaré mirando su fin; porque raza perversa es, son hijos infieles.
Ellos han querido como picarme de celos con lo que no era Dios, y me han irritado con sus ídolos vanos; yo también los provocaré a celos con unos que no eran pueblo mío, y los irritaré en medio de un pueblo necio.
Mi furor se ha encendido como un fuego que los abrasará hasta lo profundo del sheol; arrasará la tierra y todas sus plantas, y arderán hasta los cimientos de los montes
Amontonaré males y males sobre ellos, hasta apurar todas las flechas de mi aljaba.
Serán consumidos de hambre y devorados por la fiebre y la peste; armaré contra ellos los dientes de las fieras, y el veneno de las que van arrastrando y serpeando sobre la tierra.
Por defuera los desolará la espada, y dentro el pavor. Perecerán juntamente el joven y la doncella, el niño que aún mama y el anciano". (Dt 32,17-25).
Es tan profundo el amor de Dios a Israel, su pueblo de elección, que la caída en la idolatría lleva como consecuencia el desencadenamiento de la ira divina o, dicho en otros términos, la pulsión autodestructora del pueblo de Israel. De manera que la entera historia de Israel, que no es sino el germen y la anticipación de la historia universal, hay que entenderla a partir de esta clave.
Ahora bien, lo que se dice del "antiguo" Israel puede aplicarse también al "nuevo", es decir, a la Iglesia. Lo vemos en tantos conflictos y encrucijadas de la historia y lo vemos hoy cuando miramos con atención a nuestro alrededor. Los enemigos de la Iglesia no son otra cosa que sus pulsiones autodestructoras, nacidas de su actitud idólatra, de su desviación del único Dios y de su Cristo. No estamos hablando, evidentemente, de quienes acosan a los auténticos discípulos de Cristo, a los santos, movidos como están por el "padre de la mentira", sino de quienes, cual instrumento del castigo divino, hostigan a los cristianos que cayeron en la idolatría. A partir de este principio, cualquier persona lúcida podría elaborar una larga lista de los enemigos en cuestión, del pasado y del presente.
Pero veamos la continuación del texto:
"Ya hubiera yo dicho: Voy a exterminarlos del todo; voy a borrar de entre los hombres su memoria.
Pero veo tanta arrogancia en sus enemigos, que éstos se engreirían y dirían: Nuestra mano robusta y no el Señor es la que ha hecho todo esto.
Gente es ésta sin consejo ni prudencia.
¡Ojalá que tuviesen sabiduría e inteligencia, y previesen su suerte futura!
¿Cómo podría jamás suceder que un solo enemigo persiguiera a mil, y que dos hicieran huir a diez mil? ¿No es esto porque su roca los ha vendido, y el Señor los ha entregado?
Porque no es como nuestra roca su roca; los mismos enemigos pueden atestiguarlo.
Si viña es viña de Sodoma y de los campos de Gomorra; sus uvas son uvas de hiel, y llenos de están de amargura sus racimos;
Miel de dragones es su vino, y veneno de áspides, para el cual no hay remedio.
¿Y acaso no tengo yo reservado todo esto acá en mis adentros, y sellado en mis tesoros?
Mía será la venganza y el desquite en el momento en que tropiecen sus pies, cerca está ya el día de su perdición, y ese plazo viene volando.
El Señor hará justicia a su pueblo, y será misericordioso con sus siervos, pues él verá debilitada su fortaleza, que no queda ya ni libre ni siervo.
Y dirá: ¿Dónde están ahora sus dioses, la roca a que ellos se acogían?
¿Los dioses se comían la grasa de sus víctimas y bebían el vino de sus libaciones? Levántense ahora, y vengan a socorreros y a ampararos en la necesidad.
Ved, pues, que soy yo, yo solo, y que fuera de mí no existe otro Dios. Yo doy la vida y yo doy la muerte, yo hiero y yo curo, y no hay quien pueda librar a nadie de mi poder.
Yo alzo mi mano al cielo y digo: Así como yo vivo para siempre,
Cuando yo afile mi espada fulgurante y empuñare mi mano de justicia, tomaré venganza de mis enemigos y daré el pago a los que me aborrecen.
Embriagaré de sangre suya mis saetas, y mi espada se cebará en carne: de sangre de heridos y prisioneros, cabezas de jefes enemigos.
Regocijaos, naciones, por su pueblo; porque el Señor vengará la sangre de sus siervos, él tomará venganza de sus enemigos y purificará la tierra de su pueblo".
Los enemigos no deben, pues, ensoberbecerse, pues Dios los dejará caer y experimentarán el terrible poder de su brazo. Al igual que la conducta idólatra de Israel (y del "nuevo Israel", la Iglesia) ha atraído en ocasiones su desgracia, también la arrogancia de los pueblos fatuos, que hasta ahora fueron instrumento del castigo del cielo, provocará su hundimiento, conforme a la lógica de "El que se ensalza será humillado". Sería necio, pues, por parte de los enemigos de Israel (el "antiguo" y el "nuevo") presumir de que las cosas les van bien o de que "el ciclo les es favorable", pues pronto la justicia divina pondrá las cosas en su sitio. No pensemos que los textos en cuestión, como tantos que podríamos espigar, son "cosa del Antiguo Testamento". Bien es verdad que la muerte y resurrección de Cristo han dejado sobre el mundo la impronta definitiva de la divina misericordia. Pero ello no implica la derogación de la justicia: "¡Ojalá te convirtieses, Israel. En un momento humillaría a tus enemigos!"
*Sagrada Biblia, edición de Serafín de Ausejo, Barcelona, 1965, Herder, 236-237.



Joaquín Martínez dijo
Si la Biblia dice eso, entonces la Biblia es un texto que hace apología de la violencia. Y el primer soberbio es Dios por enfadarse de que no le adorasen a Él. Dios a imagen y semejanza del hombre, claro, así todo se explica.
31 Julio 2010 | 08:18 PM