La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

8 Mayo 2010

UNIVERSAL, PARTICULAR, PREDICCIÓN (I)

La relación universal/particular

 

¿Cuál es el estatuto de los entes abstractos, de los "universales" de la filosofía medieval? Puesto que están referidos a cosas pasadas, presentes o futuras, parece que suponen la ca­pacidad del entendimiento para situarse por encima del tiempo y del espacio. Ahora bien, nos movemos en el ámbito de la ló­gi­ca, no en el de la existencia. De hecho, el hombre que posee esa capacidad es mortal, al menos en cuanto al cuerpo. No así en cuanto al espíritu; quizá por eso Platón nos habla de las Ideas como situadas en un mundo intemporal, extrayendo todas las consecuencias de su univer­salidad. Y, puesto que dicha uni­versalidad es indisociable de la intemporalidad e inespa­ciali­dad, no puede ser otra que la radicada en el ser divino, al que Platón identifica con el Bien. No en vano los neoplató­nicos y san Agustín apuntaron, cada uno a su manera, en esa di­rec­ción. La lógica nos remite así al ámbito divino como funda­mento del pensamiento y de los universales. Por tanto, el pen­samiento y sus categorías nos muestran en su operación la e­xis­tencia de la esfera eterna. ¿Quiere esto decir que el hom­bre es un ser deiforme o eterno? No, pero sí que es una exis­tencia abierta a la eternidad.

¿Qué pensar entonces de la sobre-cosificación de los ob­jetos subsiguiente a la reintegración de las esencias en las cosas de que habla Abellio? Sería algo así como una toma de conciencia del papel estructurador y organizador de las esen­cias. ¿Y qué decir de la "encarnación" de las ideas en las cosas de que habla Aristóteles? En el fondo va en la misma dirección: no es posible hablar de las ideas separadamente, sino que las ideas lo son de las cosas. Platón lo supone, ya que, de otra manera, no se plantearía el problema de la fundamentación de lo real o el de la investigación de su "naturaleza". Me viene a la memo­ria lo que leí en algún lugar sobre el sentido "anti­crístico" de la doctrina de Aristóteles. Quizá se refiriera a este punto, es decir, a la adjudicación a las co­sas concre­tas de lo que constituye la índole de las ideas. ¿Cuál es esta ín­dole? El esquema eterno aplicable a todos los individuos de una misma especie. Pues bien, si, más allá de la interpreta­ción habitual de Aristóteles, identificamos la idea con la mate­ria, puesto que se trata de diferentes polos ("Purusha" y "Pra­kriti" u otros términos equivalentes), la interpretación "an­ticrística" invertiría el orden normal de las cosas. Por otra parte, la doble dimensión de la vertical en Abellio ex­presa el contraste primordial entre ambos polos de la "mani­festación", de manera que la confusión entre el hemisferio superior y el inferior sería de índole "satáni­ca".

Todo lo cual nos lleva a las siguientes conclusiones:

1) Aun después del pecado original, el hombre está abierto a Dios y, por consiguiente, a la esfera de la validez universal.

2) Aunque el cuerpo haya de pasar por la muerte, el espíritu sigue siendo inmortal, no eterno, inmortalidad desde la que es posible la persona, es decir, el estar en la presencia de Dios, o, mejor, frente a él.

3) El lenguaje, como expresión del pensamiento, conserva, no obstante, la referencia al ámbito de la eternidad, sin que ello suponga la plena realización del ser: una cosa es la ló­gi­ca, y otra, la ética.

 Pervivencia del pasado y anticipación del futuro

 Puesto que el pasado y el futuro son cognoscibles en par­te, ¿se puede afirmar que existen de la misma manera que el presente? Una hipótesis semejante sólo puede sostenerse sobre la base de la existencia de un ser supratemporal (si se trata de conocimiento estricto) o de un ser cuyos recursos para la conjetura son muy elevados.

En la primera situación, es induda­ble que el pasado y el futu­ro existen en cuanto sostenidos y conocidos por la esencia divina. Y así, puesto que, para la ciencia divina, el pasado es tan accesible como el futuro, se puede hablar de una pervi­ven­cia del primero y de una anticipa­ción del segundo. De este mo­do, para un místico, cuyo entendi­miento se identifica con el Intelecto divino, es posible acce­der a ambos, al menos de ma­nera parcial e incompleta (en el caso de que posea dicho ca­ris­ma). En cuanto al segundo caso, una inteligencia angélica o diabólica, o también un hombre dotado de sabiduría puede "ras­trear" el pasado o el futuro desde el presente, a partir del contacto con la persona concreta, su aura o su tema astral.

No es posible, sin embargo, viajar al pasado o al futuro  con el propio cuerpo, como si ambos continuasen exis­tiendo a la manera del presente. Sí cabe hacerlo con la imaginación o con la "razón conjetural" y, evidentemente, a otro nivel, el de la "identifica­ción" con la esencia divina que todo lo sos­tie­ne. Así, cuando el "hombre interior" nace en uno, es posi­ble contemplar desde fuera la vida anterior y posterior, rein­ter­pretándola y transfigurándola desde la mente divina, de la que comenzamos a participar. Este es el sentido de la "recupe­ración del pasado", como también de la "anticipación del futu­ro", siempre suponiendo que el acceso al "eterno presente" tenga, como es lógico, un carácter no perma­nente. En caso con­trario, ya no habría pasado ni futuro en sentido estricto.

Semejante acceso al "eterno presente" recompondría, por tanto, los fragmentos mal ensamblados o insuficientemente com­prendidos de nuestra existencia, otorgándoles pleno sentido. En­tenderíamos así una serie de circunstancias que han rodeado nuestra vida y, hasta cierto punto, las "razones de nuestro nacimiento y de nuestra misión en el mundo". Desde la ciencia divina cabe comprender la cadena de las causas y de los efectos en la me­dida en que todo estaba orde­nado por la Providencia hacia el pleno "despertar de la gra­cia". ¿Cabe también, en sentido "con­trario" y a la manera de un conocimiento "sombrío", el perca­tarse desde una instan­cia que no puede ser la divina, sino un engaño diabólico, de la conexión ilusoria y absurda de causas y efectos que condu­cirían a un alma perdida a la con­ciencia de su propio extra­vío­? No es posible comprender en último ex­tremo el absur­do: sólo Dios puede saber de él sin quedar afec­tado.

 Futuro universal y particular

La capacidad de ver todos los detalles del futuro es pro­pia de la ciencia divina y, puntual y limitada­mente, de quien participe de ella. Por eso, cuando se trata de predecir el fu­turo, la particularización exhaustiva o muy gra­nde presenta dificultades casi insuperables. Por tanto, más allá de la as­trología influencial (hechos aislados), simbolis­ta ("atmósfe­ras") y estructuralista (ordenación de esencias des­de el Yo trascendental), cabría otra, la que participa de la visión divina.

Esta última no sólo supondría la emergencia del Yo tras­cendental y la comprensión global de las esencias, sino tam­bién la capacidad para nombrar los hechos. Una cosa es aludir a los distintos niveles en que se manifiesta el símbolo, "dar detalles" sobre él, esperando que dicho símbolo se traducirá en alguno de ellos, y otra muy dis­tinta comprender la esencia de un símbolo en tanto se mani­fi­esta de muchas maneras y en muchos acontecimientos, señalan­do o ilustrando con certeza (y no a la manera de una suposi­ción) una serie de hechos en que se muestra. Hay grados en ese conocimiento de lo particu­lar, pero la menor capacidad para conocer de antemano lo par­ticular in­dica un estado de conciencia más elevada que la que marca la emergencia del Yo trascendental. Con todo, habría que profun­di­zar más en esta cuestión, ya que lo particular posee una realidad más primaria que lo universal­: el primero se mueve en el ámbito de lo infinito (o, por lo menos, tiende a él, pues, en rigor, lo único realmente infinito es la esencia glo­bal "mundo" o "ser"); el segundo pertenece a la esfera de lo inde­fini­do.

Habrá, pues, que distinguir entre:

Predicción del futuro en su dimensión universal....."atmósfe­ras", "esencias" (las cuales poseen un grado de intensidad ma­yor que la de los simples he­chos, sin alcanzar la intensidad última, propia de la esencia "mundo" o "ser". Por eso no apun­ta a los hechos concretos, o, mejor, apunta a hechos localiza­dos en el espacio-tiempo, pero de una manera impre­cisa)

Predicción factual.....multiplicidad de los hechos concretos (en realidad es la única que merece tal nombre, puesto que se re­fiere a acontecimientos situados en el espacio-tiempo).

"Predicción" que, en realidad, es visión.....tiene por término la esencia "mundo" o la totalidad del "ser". Y con el concepto "ser" englobamos, evi­dentemente, a Dios, la realidad fundan­te de todo cuanto hay. En este sentido, no es que renunciemos a percibir los acontecimientos, sino que aprendemos a verlos insertos en el ser divino (a modo de Idea platónica o arqueti­po agustiniano). ¿Cómo se llega a este último modo de "predic­ción"? Por medio de una estructuración u ordenamiento de los símbolos que intervienen en un tema. De esta manera unificamos en una "esencia" la índole de un "sujeto" y la arraigamos en Dios.

Si tenemos en cuenta que la realidad tiene una dimensión histórica habrá que conciliar en ella la "mismidad" del sujeto con su "alteri­dad". Por tanto, cualquier predicción tendrá por objeto ambas cosas. No basta, pues, con hacer referencia a la "esencia" de lo que pasa; también convendrá, en la medida de lo posible, concretar los acontecimientos. Aquí radica la razón de la con­jetura: en la necesidad de pasar de la "esencia" a "lo parti­cular". En el otro extremo se sitúa la ciencia divina, la úni­ca capaz de ver lo particular, más allá de toda ciencia huma­na, que nunca es "de singulis". Entre ambas, la "sabiduría" del Yo trascendental no sería más que un intento de sobrevolar la existencia, sin conse­guirlo: no en vano el propio Abellio habla de la necesidad de completar la "omnisciencia" con la "omnipo­tencia".

Lo importante es comprender la dualidad hecho-esencia, que nos remite a otra: multiplicidad-unidad. Se trata siempre de ordenar un caos, de sobrepasar una multitud. Y esta tensión acompaña siempre a la vida intelectual.

¿Cuál es el camino para superar esta tensión y volverla creadora o productiva? La jerarquía de las nociones, los con­ceptos, las ideas tal como se presenta (aunque no consciente­mente vivida) en el lenguaje. Este implica el poder de abs­trac­ción, de acceso a lo universal, un ámbito tradicionalmente dividido en grados, como señalaba ya Santo Tomás, que hablaba de tres grados de abstracción: a) la que prescinde únicamente de lo indivi­dual (típica de las ciencias naturales); b) la que hace precisión de todo menos de la cantidad (propia de las matemáti­cas); c) la que, ascendiendo hasta la cúspide de la abstracción, se queda únicamente con la noción de "ser".

En realidad, la primera señala el paso del "hecho bruto" al concepto, de lo particular a lo universal, de la existencia a la esencia. La segunda supone una inmersión mucho más pro­fun­da, la que da lugar al número. La tercera, cuya esfera pro­pia es el mundo de las Ideas, culmina en la noción de "ser", que engloba también lo que Platón llamaba el Bien, puesto que el "ser" no abarca únicamente al mundo, sino también a su fun­da­mento radical (no en vano se dice de tal noción que es "aná­lo­ga"). En este punto conviene distinguir entre los números pla­tónicos que, según Aristóteles, no son otra cosa que las Ide­as, y el número en su aspecto cuantitativo, al que alude Tomás cuando hace referencia al segundo grado de abstracción.

 

 

 

 

 

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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