CATÁSTROFES Y "JUSTICIA DIVINA" (y II)
¿Cómo relacionar más en concreto dichas catástrofes con el libre albedrío humano? Por un lado, las características físicas de cada lugar de la Tierra vienen marcadas por las configuraciones astrales del tema natal del planeta. Un tema que, indudablemente, existe, aunque nos sea desconocido, como nos es desconocido el momento en que la Tierra empezó a rotar sobre sí misma (en cambio, será más fácil determinar las características en cuestión para una era o una época concretas). De manera que, en principio, el conocimiento de la configuración física de los diferentes partes o lugares de la Tierra no ofrecería mayor dificultad. En efecto, si es cierto que, en lo que se refiere a los entes racionales, "los astros inclinan, pero no obligan", no es menos cierto que sí obligan a los entes puramente corpóreos, como reconocía santo Tomás de Aquino. Y eso nos permitiría calcular las probabilidades de eventos catastróficos para tales o cuales lugares.
Por otra parte, los actos de intelección y de decisión operados por un ser humano no sólo pueden modificar las expectativas de su propio cuerpo, sino también, aunque en menor grado, las de su entorno o las de su "campo de aplicación".
Con más razón, las acciones de un grupo humano, cualquiera que sea su extensión y proporcionalmente a ella, afectarán a un lugar dado y transformarán en un sentido o en otro las expectativas a él ligadas. Y según el nivel espiritual del grupo en cuestión, así mejorarán o empeorarán tales expectativas.
Así, por ejemplo, la mayor o menor capacidad de defensa o de refugio frente a las amenazas de la naturaleza disminuirá o aumentará los riesgos de catástrofes. Al mismo tiempo, la mayor o menor utilización de determinadas fuentes de energía (por ejemplo, la nuclear) supondrá un aumento o disminución de las amenazas a otro nivel.
En cuanto a las catástrofes morales, derivadas de modos de vida profundamente desarraigados, en conflicto radical con el Sentido y más propias de los grupos o de los países "civilizados", apenas es necesario insistir en la gravedad de las mismas. Ellas son el salario lógico de una "civilización" en la que la "concupiscencia de la carne", la "concupiscencia de los ojos" y la "soberbia de la vida" a las que alude san Pablo tienen su asiento.
Y son los designios de la divina Providencia los que, gobernando toda esta "materia" por medio de las jerarquías angélicas, disponen el cómo y el cuándo de la Justicia, atemperada siempre por la Misericordia.
