DEL BLOGGER (IX): DE CLÉRIGOS, LAICOS Y EREMITAS
¿Por qué entré al Seminario? Es verdad que el párroco de mi pueblo había visto en mí cualidades que quizá favorecían una eventual vocación al sacerdocio: un sentido religioso profundamente arraigado, una seriedad escasamente acorde con la edad adolescente, una intelectualidad que, a primera vista, podía rimar con el talante sacerdotal.
El posterior desarrollo de los acontecimientos pondría de manifiesto que mi vocación no era propiamente al sacerdocio, al menos en su dimensión pastoral (un detalle simbólico: el sastre no terminó la sotana a tiempo y yo tuve que vestir de paisano durante bastante tiempo en medio de todos los seminaristas). Sí, en cambio, en su función de enseñar, aunque mi talante investigador destacaba sobre cualquier otra cosa. Se trataba más bien de un laico en busca de su autoconciencia que de un sacerdote. La triple potestad de "enseñar, santificar y gobernar" cuya plenitud define al Obispo, está presente también, aunque en grado menor, en el sacerdote. El laico es asimismo y de modo radical "sacerdote, profeta y rey", a imagen de Cristo, pero, lógicamente, su misión es ante todo la de santificarse y santificar a los demás desde el lugar que ocupa en el mundo, sin asumir funciones de gobierno, aunque sí de enseñanza y testimonio cabe el mundo.
A primera vista, alguien podría haber visto en mí una posible vocación religiosa, justamente por mi inclinación a la "vida retirada". Sin embargo, mi camino nunca fue el del compromiso con los consejos evangélicos considerado como vía específica y definida por la vida en comunidad. Ni tampoco tengo vocación de eremita, al faltarme el carisma del celibato: el estado matrimonial es para mí el más adecuado y, por otro lado, al encontrar a una mujer semejante a mí en este aspecto, se me permitió ser algo así como "eremita en compañía". Por lo demás, todo induce a pensar que la falta de claridad en el terreno vocacional, ligada, por una parte, a la variedad de perspectivas que se me ofrecían, habría de redundar posteriormente en la capacidad para servir de orientación a otros, siquiera pasivamente, sobre el particular.
Y no tanto por el cultivo consciente de un carisma de discernimiento cuanto por la tendencia a subrayar lo que los distintos estados tienen en común. En mi tema astral, el Sol en Aries y en la casa IX nos habla de una exaltación de todo lo referente a la espiritualidad, la aventura metafísica, la apertura a la Trascendencia, en definitiva, el impulso incontenible hacia lo que el Manilio llamó "Deus".
Por otra parte, Júpiter en Cáncer, en conjunción con el "Sol negro" y la "Luna negra" y en la cúspide de la casa XII conecta dicha exaltación con el mundo de los orígenes, el "Paraíso perdido" del que nos separa no solamente la llameante espada del Querubín, sino también las vivencias desgarradas de nuestros antepasados que, incorporadas a nuestra sangre, hacen casi imposible el retorno a él en esta vida, al menos en cuerpo. Al mismo tiempo, la mencionada configuración alude a una aventura que rebasa el ámbito de la individualidad y deviene eco del mundo del Absoluto, que sólo manifiesta su distancia para mejor mostrar su dimensión acogedora y fascinante. Aventura que ocurre en el más radical retiro, en la profundidad de una experiencia que necesita despojarse de un ego siempre proclive a enclaustrarse en sí mismo.
Si nos restringiésemos a una interpretación "gnóstica" de la constelación tendríamos que hablar de la vocación a una "iniciación" marginal, algo similar a lo que en la espiritualidad islámica se llama la vía de "El Jádir", "El Verde", el camino no conectado con la "cadena iniciática", sino situado en los márgenes de la misma. Pero, a la vista de los acontecimientos de mi vida posterior, se impone la referencia a la figura de Elías tal como aparece en la tradición cristiana. Lo que importa es que la fe en Cristo nos abre el camino de la verdadera iniciación, cuyos "misterios mayores" no son otros que los de la mística vivida en su máxima profundidad. Por eso la tesis de que los "misterios mayores" nos introducen en el ámbito de la no-dualidad y nos transportan allí donde no llega la humanidad de Cristo me parece fuera de lugar y pone de relieve un desconocimiento grande de la realidad de las cosas. .
