La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

29 Septiembre 2009

¿AGNÓSTICO? NO, MÁS BIEN TIBIO

 Reflexionando sobre una condición hoy tan frecuente como la del agnóstico, señala muy acertadamente Louis de Wohl * que muy poca gente se la atribuiría si supiera lo que significa el vocablo: "ignorante". Es verdad que la palabra encierra una discreta alusión a Sócrates, el autor de la célebre frase "Sólo sé que no sé nada". Pero hay que observar que casi ninguno de los que hoy se llaman agnósticos ha oído hablar de Sócrates, como no sea de pasada.

 

¿Qué piensa el agnóstico? Más o menos esto: "No tengo suficientes pruebas para decidir si Dios existe o no; por consiguiente, no puedo declararme ni creyente ni ateo".

Semejante argumentación estaría muy bien si no nos quedáramos ahí. Hace notar nuestro autor que, de hecho, en ningún campo o actividad la aplicaríamos. Si alguien muy de fiar nos asegurara que en tal sitio nos espera una persona para hacernos entrega de una buena cantidad de dinero, y otra persona también de nuestra confianza nos dijese que eso no es verdad, ¿nos quedaríamos cruzados de brazos? ¿No intentaríamos al menos informarnos? En cambio, no ocurre así con el asunto "Dios".

 

Y es que si el ateo está honestamente convencido de que no hay Dios, parece lógico que no siga buscando. No así el agnóstico: mientras admita que quizá pueda existir Dios, no podrá dejar de buscarlo. Ya Unamuno se expresaba sobre el particular en términos similares.

 

De no seguir esta lógica y permanecer en su ignorancia de manera contumaz, el agnóstico no hará sino demostrar su total indiferencia ante el problema. Mucho nos tememos que, en buena parte de los casos, el agnóstico, a diferencia del creyente (al que podemos calificar de "ardiente") y del ateo (al que llamaríamos "frío"), no es otra cosa que un "tibio". Pues bien, acerca del tibio dice el Apocalipsis aquella terrible frase:  "Dios lo vomitará de su boca".

 

Con razón ha sostenido más de un autor que nuestro tiempo, el del final de "Sardes", guarda un cierto parecido y anticipa de algún modo la "tibieza" de Laodicea, la época del Anticristo.

 

* "Adán, Eva y el mono", Madrid, 1984, Ediciones Palabra, 169-170.

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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