¡AY SI TODOS HABLAN BIEN DE VOSOTROS: ASÍ HABLARON VUESTROS PADRES DE LOS FALSOS PROFETAS!
Nos referíamos en el último "post" a la dificultad de conciliar ontología y política (y, en definitiva, moral) en épocas marcadas por las dictaduras, especialmente las de corte mesiánico.
¿Por qué esta dificultad? Porque la ontología, desemboque o no de manera explícita en una espiritualidad o una mística cristiana, centrada, por tanto, en Cristo, Cabeza de la creación y Eje del universo, quiere fundamentar el mundo desde la Trascendencia, en tanto que los mesianismos antes aludidos tratan de hacerlo desde la pura inmanencia del mundo y, por consiguiente, operan desde la negación de la Trascendencia o en lucha abierta contra ella.
De ahí que cualquier tentativa de hacer ontología o espiritualidad sin una denuncia de la mentalidad inmanentista o un desenmascaramiento de la misma, en definitiva, de una "exorcización" del mesianismo, está condenada al fracaso, cuando no a la traición a la auténtica espiritualidad.
Cuando la política ya no es el "arte de lo posible", sino deformación, sucedáneo o inversión de la ontología o de la espiritualidad, no vale, pues, situarse más allá de ella como si de un ámbito menor se tratase.
