NODOS LUNARES Y NIVELES DEL PENSAR (y IV)
Si tuviéramos que expresar en un esquema lo que es el individuo humano, tendríamos el siguiente:
"Esencia de las esencias"("Yo trascendental")
Esencias más elevadas(números, planetas)("Hombre astral") Esencias abstraídas de individuos("Animal racional")
Individuo o "sustancia primera"="esencia de las esencias” existenciada
El primer nivel representa al Intelecto o, lo que es igual, al "espectador" capaz de asistir al "espectáculo" universal. El segundo viene constituído por el entramado de las esencias más elevadas, que definen las dimensiones más globales del hombre. El tercero no es sino la mera abstracción de lo individual. El cuarto es la individualidad misma, la esencia existenciada. Viene a nuestra memoria la "materia signata quantitate" (“materia signada por la cantidad”)como constitutiva de la individualidad. Entre el polo esencial y el sustancial discurren los distintos grados, el último de los cuales supone la "materialización" y la "cuantificación". Pero mejor habría que hablar de la irrepetibilidad del individuo, de lo que lo determina en última instancia, de aquello a lo que se refiere el nombre propio, el ámbito, en rigor, de lo indecible. Frente a la máxima abstracción de la "esencia de las esencias", la máxima concreción del singular. El "Yo trascendental" es un espectador a la medida del mundo entero y, por así decirlo, "descentrado" y con toda su atención puesta en el espectáculo; en cambio, el yo individual, en lo que tiene de esencia existenciada, no es otra cosa que el universo reducido a un punto e inaccesible para otro que no sea él mismo. Por eso el "Yo trascendental" es, en rigor, un "Nosotros", puesto que se trata de una perspectiva sobre el todo "accesible a cualquiera". El yo individual, en cambio, sólo es accesible a Dios, siendo como es a imagen suya. No en vano el yo individual está en el tiempo. Siendo como es imagen de Dios , no puede agotar sus posibilidades simultáneamente (de lo contrario sería Dios), por lo cual necesita desarrollarlas paulatinamente (el tiempo es "la imagen móvil de la eternidad"). Por eso el yo es siempre el mismo, pero nunca lo mismo. Lo primero, porque el yo implica una identidad; lo segundo, porque semejante identidad no está acabada, por así decirlo.
Por consiguiente, para tener ante sí la individualidad, se necesita una epojé permanente, cuya intencionalidad esté referida al yo individual en cuanto flanqueado por la corriente de las vivencias o realizado a través de ella. Y, por definición, dicha corriente no es algo estático, a saber, el esquema sincrónico de las ideas que sirven de base a las vivencias, sino la particularización misma de tales ideas. De ahí la importancia de una fenomenología del fluir psíquico, la cual no puede ser ya eidética, sino “existencial”. Supone, por tanto, una praxis continuada, atenta a cada una de las vivencias, es decir, centrada en la temporalidad, a la cual ha de “constituir”. Y es que los tres niveles de la epojé descritos por Husserl no agotan la totalidad de lo real: es necesario tener en cuenta el tiempo (no en vano las críticas del existencialismo), por más que todo “ek-stasis”, todo “estar fuera de sí” en el sentido heideggeriano suponga, a la vez, la identidad del yo que dura. Si el tiempo es no-coincidencia consigo mismo, lo es sobre la base de la identidad del yo temporal consigo. Por eso el yo existe “en el instante igual a sí mismo”, no en el mero “ser y no-ser de la temporalidad”. Si decimos, a la manera de Sastre, que el ente humano “es lo que no es y no es lo que es”, o abusamos del lenguaje (entendiendo el “es” y el “no es” de manera equívoca”), o habremos de reconocer que “todo no-ser deviniente supone un ser permanente”, con lo cual la experiencia del tiempo que pasa necesita de un sujeto que no deviene. Por eso, a diferencia del Ser divino, en quien no es necesaria la experiencia del tiempo (no habiendo en él distinción de esencia y existencia), el ente humano supone tal distinción, de manera que, hecho a imagen de Dios, participa de su Ser de modo imperfecto, a saber, en la medida en que hay un hiato entre su yo (permanente e idéntico a sí mismo) y su existencia (sucesiva y cambiante).¿Qué es, desde este punto de vista, el “yo trascendental”? La experiencia abstracta, no existencializada, de la globalidad del ser, es decir, la de un “yo” con vocación de eternidad inmerso en un cuerpo y un alma sometidos al tiempo. Una eternidad que, en definitiva, no es posible alcanzar por las solas fuerzas humanas, y que solo por la gracia resulta accesible.
Así, pues, ¿cuál es la naturaleza de semejante yo? Evidentemente, no es un yo que "se deje vivir en el tiempo", a la manera de la actitud “natural”, sino alguien capaz de tener ante sí la totalidad de las esencias y, por consiguiente, el mundo entero como su objeto propio. Y, sin embargo, semejante capacidad no la ejerce de forma continuada, puesto que las más de las veces se deja dominar por el yo “natural”. Pero, supuesto que actúe en toda su fuerza como "espectador" del flujo vivencial y, por lo tanto, como constituyente del mismo, ¿cuál es la experiencia que lo define? Descartada su identidad con Dios, que sólo en la gracia puede adquirirse de manera participada, el "Yo trascendental" se percibe como "artífice" de la corriente de las vivencias que discurre en el tiempo y de la que él mismo no es creador. El vivir en el tiempo es algo que pertenece a su naturaleza, por más que su "esencia" le venga ya dada de un golpe, es decir, como idéntica a sí misma en lo que tiene de más suyo. De otro modo, no sería posible siquiera hablar del flujo temporal: dicho fluir es justamente el fluir de alguien.
Ahora bien, se plantea una pregunta: ¿En qué se diferencia la identidad del yo natural de la del yo trascendental? No hay duda de que la primera se da, puesto que todo el mundo la supone como sujeto de las vivencias sucesivas. No otra cosa es la duración, aunque la verdad es que la intensidad en la percepción del yo varía de unas personas a otras: las hay que apenas la poseen y otras para quien la tienen muy acusada; unos casi no llegan a adquirirla y otros huyen de ella como de algo insatisfactorio. En cuanto a la identidad del yo trascendental, resulta la justa, a saber, la que nos permite ser espectadores del flujo temporal, pero no a la manera de quienes huyen de él como algo que les arrastra sin remedio, o como quienes viven una existencia "monótona" o todavía no suficientemente diversificada. Es decir, para quienes han hecho siquiera una vez la experiencia del yo trascendental, el tiempo aparece como un fluir hacia la plenitud de ese mismo yo. A diferencia de la "tota simul ac perfecta possessio",
el flujo temporal se manifiesta como una "posesión sucesiva", encaminada hacia la eternidad cuya imagen es. En último extremo, es esa "perfecta possessio" la que le será atribuida al ente humano por la gracia en el Reino de Dios cuya realidad ya anticipamos y poseemos de modo incipiente. Por eso la vida de los santos es ya un degustar anticipado de la eternidad y, por lo tanto, no cabe hacer una fenomenología abstracta de la experiencia temporal.
De un modo similar a como Abellio habla de la necesidad de una fenomenología genética, adaptada al nivel del sujeto, aquí tenemos que reivindicar una fenomenología concreta, referida al yo que se describe y al carácter cualitativo de su vivencia del tiempo. Por eso, si para un "hombre corriente", el desgarramiento entre su yo y el tiempo es muy grande, para un santo ha de ser mínimo, puesto que, al identificar su voluntad con la voluntad divina, el flujo temporal aparecerá penetrado de esa eternidad que otorga la gracia, en virtud de la cual el tiempo no es un puro transcurrir que nos arrastra y ante el que nos sentimos impotentes, sino lo más parecido a la "interminabilis vitae simul ac perfecta possessio", es decir, a un pleno "perseverar o persistir en el ser", sin que tal permanencia sea experimentada como constricción o como insuficiencia. Es claro que, mientras no se produce la resurrección del cuerpo, éste se manifiesta como el último reducto de ese "coaccionado permanecer" o de ese "obligado huir". Pero, incluso en esta vida, el cuerpo puede llegar a experimentar de manera incipiente la impronta de la eternidad (baste aludir a san Juan de
