La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

11 Enero 2009

NODOS LUNARES Y NIVELES DEL PENSAR (III)

¿De qué manera conectar los dos ejes, es decir, cuerpo-espíritu y alma-espíritu? Puesto que, en la mayoría de los casos, no hay conjunción entre ambos, habrá que servirse de los aspectos. Y, de este modo, el alma será el puente entre cuerpo y espíritu, por más que ambos estén en contacto a través del Ascendente o del Descendente. Pero tal contacto es, en rigor, el más elevado en la jerarquía de la “epojé”. Necesitan unirse por intermedio del alma. Y las posibilidades extremas de Sol y Luna vienen marcadas por el “Sol negro” y la “Luna negra”: el primero conecta el cuerpo con el espíritu; la segunda en laza el cuerpo con el alma. Pero en ambos casos se habla de lejanía o de proximidad, no de fusión. Por lo demás, no olvidemos que tampoco en el plano de la fusión se llega ésta a realizar en plenitud: en el eclipse sólo hay lugar para uno, aunque nos movamos en el plano del contacto.


Por consiguiente, una vez que el espíritu ha sido puesto en contacto con el cuerpo a través del alma, lo cual, en el presente estado de cosas, sólo puede hacerse mediante la gracia, el hombre es retrotraído a sus orígenes y reorientado hacia su verdadero destino. A la vista de los símbolos utilizados para describir la epojé es curioso constatar cómo suelen reunir lo más estrechamente posible dos polos(cuerpo y espíritu o alma y espíritu), de manera que la pareja subjetividad‑objetividad, unida por la intencionalidad, no es sino la representación de la "coniunctio oppositorum", de la “unión de los opuestos”.

¿Se puede decir que la epojé trascendental desemboca en una “coniunctio” semejante? Tal como la plantea Husserl en un primer momento no lo parece, ya que en ella asistimos al emparejamiento entre el objeto más abstracto y de mayor extensión y el sujeto situado a su mismo nivel, a saber, un sujeto no restringido al ámbito de las esencias y, menos todavía, al de las cosas. Dicho sujeto tendría ante el "ser en cuanto ser", para utilizar la terminología aristotélica. Ahora bien, semejante sujeto, que no es cuerpo(puesto que no se centra en la multiplicidad de las cosas corpóreas), ni alma(ya que no pone su atención en la pura idea, que trasciende lo individual), ¿cómo podemos definirlo? Es claro que, al no dirigir su mirada a ninguna idea o esencia concreta, sólo puede tener ojos para la "esencia de las esencias".

Es evidente que nos situamos en el ámbito del conocimiento. Pero el ente humano no es sólo entendimiento, sino también voluntad. Por lo cual habrá que plantearse la cuestión de cómo incide el "yo trascendental" en la vida cotidiana y de qué manera podemos asimilar el conocimiento alcanzado a través de él en las restantes dimensiones de nuestro ser. Se trata, pues, de enriquecer la percepción de la realidad más individual y concreta con la comprensión de la esencia más elevada. Por eso, si el camino intelectual es desindividualizador o abstractivo, la vía de la voluntad sólo puede ser individualizadora o concreta.


Es la contraposición entre el "solve" (de predominio intelectual)y el "coagula" (en la que domina la voluntad) tradicionales. El punto de partida del "solve" será, pues, el mundo sensible; el del "coagula", el ámbito afrontado por el "yo trascendental", es decir, el ser mismo" o el "ser en cuanto ser".

Puesto que éste último ya ha sido alcanzado por la reflexión husserliana, se trata de descender desde la "esencia de las esencias" hasta el mundo sensible, descenso escalonado que pasará primero por las esencias más próximas a la cúspide(los números), seguirá por las esencias representadas en los símbolos astrales(que se sirven de un soporte físico como son los cuerpos celestes), continuará en el 1º grado de abstracción, que prescinde únicamente de la individualidad, para desembocar finalmente en el individuo.

"De singulis non est scientia" (“de los singulares no hay ciencia posible”)propiamente hablando, pero hay un modo de ocuparse del singular, y es el tema astral. El nos permite entender la existencia individual mediante una red de esencias que trasciende el puro ámbito de los hechos y nos ayuda a trasmutarlo y a universalizarlo. De este modo, la sucesión de acontecimientos que constituye el tiempo queda referida a esquemas intemporales, pues eso y no otra cosa son los símbolos astrales. Su universalidad los coloca fuera del tiempo y del espacio, puesto que engloban la totalidad de los individuos con independencia del devenir temporal y de la distribución espacial. Así, mientras que como individuos estamos sometidos al tiempo y al espacio, como partícipes de una esencia nos situamos fuera de ambos condicionamientos. Por eso la "esencia de las esencias" desafía al devenir y a la particularización espacial. El pensamiento, como atributo del espíritu, se mueve, por tanto, desde el 1º al 3º grado de abstracción. Este último es el auténtico ámbito del espíritu. Por eso se trata de "fijar lo volátil"(hacer partícipe al espíritu de la condición del cuerpo) y no sólo de "volatilizar lo fijo"(hacer partícipe al cuerpo de la condición del espíritu). Así, si las esencias planetarias (como todas las demás) se encuentran en el "espacio" de la eternidad, el movimiento referirá dicho "espacio" al tiempo. Tan sólo el "punto adimensional" del centro del círculo carece de toda referencia espacial. De ahí que su "imagen" en el hombre, el "yo", permanezca inmóvil en medio de las vicisitudes temporales.


Consideraciones interesantes sobre el lenguaje brotan inmediatamente en conexión con las anteriores, referidas al mundo de las ideas. El lenguaje, en efecto, no es sino la concretización y el reflejo del ámbito de las ideas en sus diferentes niveles. Aquí, como en todas las dimensiones del hombre, se da el contraste entre la eternidad y el tiempo, entre el significado de los vocablos (de por sí intemporal) y su articulación (necesariamente ligada al tiempo). Pero continuemos con el tema del sujeto inmóvil en medio del acontecer temporal. Es justamente el tiempo el que caracteriza al individuo, a diferencia del ámbito entero de las esencias, que se distingue por su atemporalidad. Y si el "ser en cuanto ser" supone la máxima extensión y la mínima comprehensión, el individuo o la "sustancia primera", situado en los antípodas, supondrá, a la inversa, la mínima extensión y la máxima comprensión (de él se dice todo, pero él no se predica de nadie). Frente a la pura esencia del "ser en cuanto ser", el individuo es pura existencia. Es por eso que la existencia es temporalidad, a diferencia de la esencia, pura atemporalidad. La intuición de la individualidad se encuentra, pues, en los antípodas de la intuición de


la "esencia de la esencia". Pero tal intuición tiene por tema la "esencia existenciada", algo que permanece en medio de las vicisitudes del tiempo y que, por consiguiente, lo desafía. Y el tiempo sirve de ocasión al desarrollo de dicha esencia en sus diferentes aspectos, de manera que el ciclo temporal de cada individuo no es sino el despliegue sucesivo del contenido sincrónico de la "esencia existenciada". Y el ciclo dura mientras queda por desarrollarse algún aspecto de aquella. Por consiguiente, no es posible comprender la realidad individual al margen del ámbito atemporal. ¿Cómo hablar del singular si no es desde el universal? ¿Cómo hablar de la temporalidad si no es desde el ámbito atemporal, eso sí, encarnado en la existencia? (continuará)











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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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