La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

22 Diciembre 2008

EL NACIMIENTO DE JESUCRISTO: TESTIMONIO DE LAS CRIATURAS PURAMENTE CORPÓREAS

"En segundo término, su nacimiento fue demostrado de muchas maneras. En primer lugar, por todo tipo de criaturas. Ahora bien, hay una especie de criatura que sólo tiene ser, como las que son puramente corpóreas, por ejemplo, las piedras; hay otras que tienen ser y vida, como los vegetales y los árboles; otra especie posee el ser, la vida y el sentimiento, a saber, los animales; otra tiene ser, vida, sentimiento y discernimiento, como el hombre; por último, hay otra que posee el ser, la vida, el sentimiento, el discernimiento y la inteligencia, como el ángel. Todas estas criaturas manifestaron hoy el nacimiento de Jesucristo.

El primer orden, puramente corpóreo, es triple: opaco, o bien transparente y diáfano, o bien luminoso. Y así el nacimiento ha sido manifestado primeramente por las substancias puramente corpóreas y opacas; por ejemplo, por la destrucción del templo de los romanos, como hemos dicho más arriba; o por la caída de diferentes estatuas que se derrumbaron en otros varios lugares. He aquí lo que relata la Historia Escolástica (cap.III, Tobías): “El profeta Jeremías, habiendo viajado a Egipto tras la muerte de Godolías, comunicó a los reyes del país que sus ídolos se derrumbarían el día en que una virgen diera a luz un hijo. Por eso los sacerdotes de esos ídolos habían erigido la imagen de una virgen con un niño en su regazo y la adoraban en un lugar secreto del templo. El rey Ptolomeo les preguntó qué significaba esto. A lo que respondieron que, según una tradición ancestral, se trataba de un misterio revelado a sus antepasados por un santo profeta y que un día se realizaría.”

En segundo lugar, por las substancias puramente corpóreas y transparentes. En efecto, la noche misma del nacimiento del Señor la oscuridad se transformó en una claridad semejante a la del día. En Roma (como lo atestiguan Orosio, libro VI, cap. XX, e Inocencio III, en su 2º sermón de Navidad), el agua de una fuente se transformó en un aceite que corrió abundantemente y llegó hasta el Tíber. Ahora bien, la Sibila había anunciado que el Salvador nacería el día que brotara una fuente de aceite.

En tercer lugar, por las substancias corpóreas luminosas, por ejemplo, los cuerpos celestes. Según un relato del que habla san Juan Crisóstomo, el día del nacimiento del Salvador, los Magos estaban en oración en una montaña y se les apareció una estrella, que tenía la forma de un precioso niño sobre cuya cabeza brillaba una cruz. La estrella intimó a los Magos a ir a Judea, pues allí encontrarían al recién nacido. El mismo día aparecieron en Oriente tres soles, que más tarde se hicieron uno. Era un signo de que la Trinidad y la Unidad de Dios iban a revelarse al mundo, o bien de que el recién nacido reunía en su persona tres substancias: el alma, la carne y la Divinidad. Leemos, sin embargo, en la Historia Escolástica (cap. XVI, Macabeos) que no fue el día del nacimiento del Salvador cuando aparecieron los tres soles, sino bastante antes, a saber, tras la muerte de Julio César, como lo asegura también Eusebio en su crónica.

Dice el papa Inocencio III que el emperador Octavio, tras haber sometido el mundo a la dominación romana, se granjeó hasta tal punto el favor del Senado que éste quiso honrarlo como a un dios. Mas Augusto, lleno de prudencia y que se sabía un hombre como los demás, no consintió en usurpar el honor de la inmortalidad. A instancias del Senado, consultó a la Sibila para conocer, a través de sus oráculos, si algún día nacería en el mundo un mortal que le aventajase en grandeza. Esto ocurría en el día del nacimiento de Nuestro Señor, y como la Sibila, a solas con el emperador en una estancia del palacio, le explicase sus oráculos, he aquí que en mitad del día, un círculo de oro rodea al sol y, en medio del círculo aparece una virgen de maravillosa belleza con un niño en su regazo. Mientras contemplaba extasiado esta visión, el emperador oyó una voz que le decía: “Ésta es el altar del cielo”, y la Sibila añadió: “Este niño es más grande que tú, habrás de adorarlo”. Y este palacio, dedicado más tarde a Santa María, es hoy Santa-María del Ara Coeli. El emperador comprendió, pues, que este niño era más grande que él y le ofreció incienso y, desde este momento, renunció al tratamiento de dios.

He aquí lo que al respecto dice Orosio: “En tiempos de Octavio, hacia la hora de tercia, en un cielo claro, puro y sereno, un círculo en forma de arco iris rodeó el disco solar, cual si hubiese venido al mundo el Creador y Rector del sol y del universo mismo”. Así piensa también Eutropio. Y el historiador Timoteo nos dice que en antiguas historias de los romanos se cuenta que Octavio, el año 35º de su reinado, subió al Capitolio y preguntó con insistencia a los dioses sobre quién sería a su muerte el gobernador de la República, a lo que una voz respondió: “Es un niño celeste, hijo del Dios Vivo, que presto ha de nacer de una virgen sin mancilla, Dios y hombre sin mácula.” Oido lo cual, Octavio mandó erigir un altar en este lugar y colocó en él esta inscripción: “Altar del Hijo de Dios vivo”.

Jacques de Vorágine, “La légende dorée” I, Paris, 1967, Garnier-Flammarion, 68-70. (La traducción es nuestra).

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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