EL NACIMIENTO DE JESUCRISTO: TESTIMONIO DE LAS CRIATURAS PURAMENTE CORPÓREAS
"En segundo término, su nacimiento fue demostrado de muchas maneras. En primer lugar, por todo tipo de criaturas. Ahora bien, hay una especie de criatura que sólo tiene ser, como las que son puramente corpóreas, por ejemplo, las piedras; hay otras que tienen ser y vida, como los vegetales y los árboles; otra especie posee el ser, la vida y el sentimiento, a saber, los animales; otra tiene ser, vida, sentimiento y discernimiento, como el hombre; por último, hay otra que posee el ser, la vida, el sentimiento, el discernimiento y la inteligencia, como el ángel. Todas estas criaturas manifestaron hoy el nacimiento de Jesucristo.
El primer orden, puramente corpóreo, es triple: opaco, o bien transparente y diáfano, o bien luminoso. Y así el nacimiento ha sido manifestado primeramente por las substancias puramente corpóreas y opacas; por ejemplo, por la destrucción del templo de los romanos, como hemos dicho más arriba; o por la caída de diferentes estatuas que se derrumbaron en otros varios lugares. He aquí lo que relata
En segundo lugar, por las substancias puramente corpóreas y transparentes. En efecto, la noche misma del nacimiento del Señor la oscuridad se transformó en una claridad semejante a la del día. En Roma (como lo atestiguan Orosio, libro VI, cap. XX, e Inocencio III, en su 2º sermón de Navidad), el agua de una fuente se transformó en un aceite que corrió abundantemente y llegó hasta el Tíber. Ahora bien,
En tercer lugar, por las substancias corpóreas luminosas, por ejemplo, los cuerpos celestes. Según un relato del que habla san Juan Crisóstomo, el día del nacimiento del Salvador, los Magos estaban en oración en una montaña y se les apareció una estrella, que tenía la forma de un precioso niño sobre cuya cabeza brillaba una cruz. La estrella intimó a los Magos a ir a Judea, pues allí encontrarían al recién nacido. El mismo día aparecieron en Oriente tres soles, que más tarde se hicieron uno. Era un signo de que
Dice el papa Inocencio III que el emperador Octavio, tras haber sometido el mundo a la dominación romana, se granjeó hasta tal punto el favor del Senado que éste quiso honrarlo como a un dios. Mas Augusto, lleno de prudencia y que se sabía un hombre como los demás, no consintió en usurpar el honor de la inmortalidad. A instancias del Senado, consultó a
He aquí lo que al respecto dice Orosio: “En tiempos de Octavio, hacia la hora de tercia, en un cielo claro, puro y sereno, un círculo en forma de arco iris rodeó el disco solar, cual si hubiese venido al mundo el Creador y Rector del sol y del universo mismo”. Así piensa también Eutropio. Y el historiador Timoteo nos dice que en antiguas historias de los romanos se cuenta que Octavio, el año 35º de su reinado, subió al Capitolio y preguntó con insistencia a los dioses sobre quién sería a su muerte el gobernador de
Jacques de Vorágine, “La légende dorée” I, Paris, 1967, Garnier-Flammarion, 68-70. (La traducción es nuestra).
