DEL BLOGGER (III)
La impresión que causaba en los demás: un muchacho tranquilo y pacífico, algo tímido y, sobre todo, alejado de la sociedad. La tensión iba por dentro: bastante llorón durante los primeros años de la vida, una manifestación asociada a instantes de melancolía, de nostalgia o incluso de vitalidad disminuida o "tensión baja". Más tarde este sentimiento lo asocié a la "Stimmung del Ser" de que habla Heidegger. Después supe que se trataba del sufrimiento por la ocultación de la Trascendencia, otro nombre de Dios. No en vano la posterior lectura de autores como Léon Bloy encontró en mí un poderoso eco, sin hablar de Berdiaev, otro espíritu marginal.
Quizá el rasgo esencial que me define sea una intelectualidad orientada hacia los problemas últimos y radicales. Una intelectualidad basada en poner orden sobre el caos de los sentimientos y las emociones, pero que corre el riesgo de invadirlo todo. Así, por ejemplo, sabedor de la euforia que en mí provocaban determinados fragmentos de música clásica y de la subsiguiente sequedad, sentí siempre la necesidad de lograr un estado de ánimo lo más equilibrado posible, un estado intermedio, pues, entre la carencia y el exceso de emociones. Semejante estado venía caracterizado por una extraordinaria religiosidad, un "sentido de lo sagrado", algo que, incorporando la razón (mi mujer llegó a decir que "mi fe no tenía mérito", pues iba siempre acompañada de los correspondientes argumentos racionales), corregía las tendencias "místicas". Según supe mucho más tarde, el "sentido de lo sagrado" es lo que define a la auténtica intelectualidad, una intelectualidad, en mi caso, excepcionalmente activa en su "pathos" o despliegue.
En cuanto a mi referencia al mundo práctico, no puedo calificarla de nula, pero sí de bastante escasa, como no sea en lo de "hacer papeles", para lo cual estuve siempre bastante dotado, no obstante las muchas molestias que me causaba. Tampoco he sido una persona que aprecie demasiado los deportes y los placeres físicos: el único factor "correctivo" era la afición al fútbol y un buen apetito, que hacía decir a alguno de mis amigos: "tu serás un “místico”, pero no un “asceta".
¿Tendencias patológicas conectadas con mi temperamento? Tensión baja más bien elevada. De ahí la necesidad de interrumpir la actividad cotidiana y de echar una siesta, aunque sea breve, justamente para compensar la insuficiente pasividad diastólica. Me vienen a la mente las palabras con que Unamuno, ya aquejado de hipertensión, se dirigía a una señora que le acusaba de dormir mucho: “Es verdad, señora, pero cuando estoy despierto, lo estoy mucho más que usted.”
Un rasgo importante de mi temperamento ha sido siempre el amor a la simplicidad: no en vano sintonizaba desde pequeño con determinados héroes de la mitología, como Parsifal o Sigfrido y, en general, con todos aquellos a los que se les exige una cierta inocencia o falta de doblez, pues sólo ellos podrán enfrentarse con el "Dragón". Sin hablar del que, en fondo, los imanta a todos: el motivo evangélico del "Haceos como niños si queréis entrar en el Reino de los Cielos".


José Luís Samper dijo
La impresión que causaba en los demás... ¿A quienes? ¿En qué edad? Pues creo que en todos no era misma y en esas impresiones muchas veces más quedaba descrito el perceptor que el percibido. También habría que añadir el atractivo de quien es y se sabe "diferente", lo que puede ser fuente de no pocas dificultades. A veces uno va aclarando su mundo interior a partir de ciertas almas gemelas o mellizas que va encontrando en su caminar. También ciertas teorías... hasta que lo hace desde el encuentro con Dios, con quien el recuerdo se transforma en confesión. Desde luego, tu mujer te caló bien en lo referente a la racionalidad, aunque tal vez se equivocó en la valoración, pues tiene mérito que un temperamento así se mantenga en la fe, aunque tal vez me equivoque yo y eso sea don de Dios.
En cuanto al amor a la simplicidad, ¿óomo, no?... Cuando se es ya tan complicado la doblez es ya un lujo inasequible.
7 Diciembre 2008 | 08:53 AM