La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

14 Noviembre 2008

SOBRE LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES EN SAN AGUSTÍN

En su Sermón 93 sobre los Sinópticos, san Agustín desarrolla brevemente una serie de cuestiones de suma actualidad, hoy que tanta confusión existe en torno a la relación entre fe y obras, por un lado, y entre caridad y beneficencia, por otro.

Empieza por decirnos que la parábola en cuestión se dirige absolutamente a toda la Iglesia y no sólo a quienes están al frente de ella. Precisando un poco más, afirma que se trata de no cualesquiera almas, sino de las que poseen la fe católica y parecen realizar buenas obras.

¿Por qué se habla de cinco y por qué se las llama vírgenes? Porque toda alma que vive en un cuerpo se sirve de los cinco sentidos. Por ello se denomina virgen a quien se abstiene de ver, oír, oler, gustar o tocar lo que es ilícito.

Pero no basta con ser virgen, pues cinco son admitidas y cinco rechazadas. Por eso se introduce también el requisito de las lámparas, que son las buenas obras. No en vano se dice a los discípulos: “Estén vuestros lomos ceñidos y vuestras lámparas encendidas”(Lc 12,35). Con los primeros se alude a la virginidad; con las segundas, a las buenas obras.

Por otra parte, nos dice el de Hipona que la virginidad aquí mentada se refiere a toda la Iglesia, a la que designa con el nombre de virgen y que abarca a hombres y mujeres, vírgenes y casados). Y, para demostrarlo, aduce una cita de san Pablo: “Os he desposado con un único varón para mostraros a Cristo como virgen casta. Temo, sin embargo, que, como la serpiente sedujo a Eva con su astucia, así vuestros sentidos se corrompan, perdiendo la castidad de Cristo” (2 Cor 11,2-3).

Se trata, pues, de una virginidad del corazón.

Ahora bien, si todas son vírgenes y todas llevan lámparas, ¿por qué se admite a unas y se rechaza a otras? ¿Cómo discernir las prudentes de las necias? Por el aceite. ¿Y qué simboliza el aceite? La caridad, pues, al igual que el aceite es el más ligero de todos los líquidos, de manera que, echado sobre agua, siempre queda encima, “La caridad jamás decae”(1 Cor 13,8). Es lo que hace decir a san Pablo: “Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como el bronce que suena o como el címbalo que retiñe”(1 Cor 13,1).

¿Y qué significa ir al encuentro del esposo? Esperar su venida con el corazón anhelante. Pero, ante el retraso del esposo, todas se durmieron, necias y prudentes. ¿Qué sueño es éste? Puesto que afecta a ambas por igual, no puede confundirse con el “enfriamiento de la caridad, al rebosar la iniquidad”, pues se entiende que las prudentes perseveran hasta el final. En cambio, existe un sueño del que nadie puede evadirse: es la muerte.

Pero he aquí que cuando ya no espera, “a medianoche”, viene el esposo, pues como dice el mismo Señor, “No os corresponde a vosotros conocer los tiempos, cosa que el Padre ha reservado a su poder” (Hech 1,17), y el Apóstol: “El día del Señor vendrá como un ladrón en la noche” (1 Tes 5,2).

El esposo viene precedido de un clamor a medianoche. ¿Qué clamor es éste? Aquel del que habla el Apóstol: “En un abrir y cerrar de ojos, al sonido de la última trompeta. Sonará la trompeta; los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados” (1 Cor 15,52) y, como dice el apóstol san Juan: “Llegará el momento en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán” (5,28-29).

Entonces las vírgenes prudentes, las que tomaron consigo aceite en sus vasijas, se levantaron con sus lámparas encendidas al encuentro del esposo, mientras que las necias, las que no tomaron consigo aceite, al ver que sus lámparas se apagaban, se volvieron a las prudentes para pedirles de su aceite.

Las vírgenes prudentes contestan: “Por si acaso no bastase para vosotras y nosotras, id más bien a quienes lo venden y compradlo” (Mt 25,9). San Agustín hace notar el tono de burla que con que son pronunciadas estas palabras y que no supone ningún desprecio, sino que es más bien la expresión de un sentimiento de humildad ante el juicio de Dios. La caridad que les acompaña y que les hace tener la conciencia tranquila no les impide temblar ante el día del juicio. Por eso la alusión a los “vendedores de aceite” se refiere más bien a los aduladores, a los que venden alabanzas a las vírgenes necias, en lugar de ayudarles a obtener el aceite de la caridad, conforme al Salmo: “El justo me reprenderá y me argüirá con misericordia, pero el aceite del impío no ungirá mi cabeza” (Sal 140,5).

Así, cuando viene el esposo (y con él, la esposa, la Iglesia glorificada ya con Cristo), las necias no son admitidas a las bodas. Llaman a la puerta, pero ya es tarde, pues el “llamad y se os abrirá” es para el tiempo de la misericordia, no para el tiempo del juicio.

Por eso el relato evangélico concluye así: “Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25,13).

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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