La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

26 Septiembre 2008

ROMA EN EL RECUERDO


El contacto con Roma y su simbolismo supuso para mí un gran impacto. No sólo se trataba de la Roma cristiana, sino también de la pagana y de la moderna. Para mí supuso un "nuevo nacimiento", acorde con el tránsito del eje nodal sobre sí mismo. El contacto con la Universidad Gregoriana y con la teología fue en un principio lo que cabía esperar: una enorme ampliación de horizontes, a la vez que una entrada en la juventud. Así el primer año. El segundo, con la inauguración del Vaticano II, aceleró las cosas. Lo vivíamos de cerca (los obispos españoles vivían en el Colegio), con charlas y conferencias de expertos, lectura de documentos...

Y, hacia el otoño de 1963, contactos con un canónigo de Málaga, especialista en Sagrada Escritura y que, a pesar de su breve paso por mi vida, influyó mucho en la radicalización de mis ideas sobre el cristianismo y la Iglesia. Era un hombre creyente que hablaba de la necesidad de "despiizar (de Pío XII) la Iglesia", que valoraba al máximo la figura de Juan XXIII y que hablaba de la Iglesia en términos un tanto políticos: integristas y progresistas, o conservadores y renovadores. Y, como norma de comportamiento, nos animaba a adoptar el "sistema Guadiana", es decir, ocultar nuestras ideas por el momento, para, en la coyuntura favorable, salir a la superficie, una conducta que, por lo demás, no tenía nada de nuevo, pero que, inculcada en mentes jóvenes, podía conducir a una rebeldía apresurada contra la disciplina tradicional y a una autoafirmación no equilibrada. Partidario, como tantos otros, de un diálogo sincero y abierto con el marxismo (más tarde reconocería su fracaso), actuaba como un maestro para el grupo de gente que íbamos a escucharle al Colegio de Montserrat.

El deseo sincero y juvenil de "cambiar la Iglesia" me llevó a ser expulsado del Colegio Español por haber redactado un panfleto particularmente virulento, en el que, con la irreflexión que suele caracterizar a la juventud, criticaba irrespetuosamente el modo, a mi entender, formalista con que era concebida la disciplina en el Colegio. Un acto imprudente, fiel reflejo del vendaval que sacudió los espíritus en aquella época y en cuyo "ojo del huracán" nos hallábamos quienes por entonces nos preparábamos para el sacerdocio en un lugar tan excepcional como Roma.

Se produce en mí un notable cambio en la imagen exterior: de "modelo y ejemplo" para muchos a rebelde y marginal (en mi tema astral, primera cuadratura de Urano consigo mismo); para el rector del Colegio, el acto protagonizado por mí constituyó una verdadera sorpresa, pues sólo conocía de mí la faceta más autocontrolada y prudente (la oposición del planeta con su lugar natal en 1982 coincidiría con una "espantada" semejante en la Universidad).

Eso sí, siempre "he hecho la guerra" a título personal, hasta el punto que mis propios compañeros se extrañaron de una actitud tan radical y tan poco “reflexiva”, bien es verdad que anticipada por ciertos pasquines que, desde meses atrás, aparecían y de los que yo era el autor. Como ha ocurrido en mi vida más de una vez, aquella faceta de mi temperamento que podríamos considerar la más radical y la menos dada a establecer matices, me jugó una mala pasada.

Cuando me pongo a recordar aquellos años del Concilio, me asombra el desarrollo de los acontecimientos. Y la reflexión de algunos autores sobre el particular me ha ayudado mucho a comprender una época que, lógicamente, viví sin reflexionar demasiado. En cualquier caso, fue la atmósfera de optimismo y euforia generales en los eclesiásticos que me rodeaban y en los periódicos que leía lo que me hizo perder la objetividad. Supuesta, como es natural, mi falta de madurez.

Más de un autor, al hacer historia del Concilio y de los años que le siguieron, en particular del Pontificado de Pablo VI, ha subrayado lo siguiente: la convocatoria del Vaticano II por Juan XXIII fue un acto de valentía inspirado por el Espíritu y un asumir riesgos para toda la Iglesia que, desde una perspectiva puramente humana, hubieran asustado a cualquiera. Pero lo que un hombre "angélico" consideraba natural, al caer en cristianos "normales", especialmente los jóvenes, tuvo el efecto de un vendaval, de un verdadero huracán que perturbó las mentes y los corazones, trayendo consigo consecuencias no previstas por la mayoría de los Obispos y sí aprovechadas por algunas mentes "diabólicas" que trabajaban en la sombra, dentro y fuera de la Iglesia. A mi entender, el Concilio ejemplificó de manera privilegiada esa lucha sin cuartel entre "ángeles" y "demonios" que es uno de los distintivos del último tercio del siglo XX.


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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

José Luís Samper

José Luís Samper dijo

Te agradezco, Emilio, está "confesión" pública de unos años extraños, contradictorios y cuya significación y sentido todavía resulta difícil determinar. La sinceridad, generosidad e irrflexión de bastantes jóvenes se aliaron con motivos más oscuros y tuvieron los efectos que conocemos. También ha servido para una comprensión más profunda de la fe en Cristo y de su Iglesia. Tal vez todo forme parte de ese vivir la vida De Cristo que a su escala tiene que hacer la Iglesia.

27 Septiembre 2008 | 01:03 PM

Emilio

Emilio dijo

Gracias, José Luis, por acoger mis reflexiones. Ya ves que el recuerdo de Roma y el de mi juventud van tan unidos que me resulta difícil separarlos. Y, todavía hoy, siento una vibración especial al oír el nombre de la "Ciudad Eterna". Como también al escuchar el Concierto para violín y orquesta Opus 64 de Mendelsohn, que, por "sincronicidad", asocio a aquella época.
Como bien dices, resulta difícil determinar el sentido de aquellos años que marcaron al mundo de un modo especial y que, a mi entender, anticiparon los acontecimientos que hemos vivido después y cuyo desenlace final no parece lejano.
Por lo demás, no voy a comentar ahora el estrecho vínculo entre el cristianismo y Roma, al que alude el Apocalipsis y que merecería un amplio estudio astral. ¿Y qué diremos del impresionante texto de san Malaquías sobre Petrus Romanus: " qui pascet oves in magnis tribulationibus, quibus transactis Urbs septicollis diruetur et Rex tremendus iudicabit mundum" ("que apacentará el rebaño en medio de grandes tribulaciones, pasadas las cuales la Ciudad de las Siete Colinas será destruida y el Rey tremendo juzgará al mundo")?

29 Septiembre 2008 | 01:45 PM

Paco Boehmiano

Paco Boehmiano dijo

Yo también te agradezco mucho estas reflexiones autobiográficas. Para los que pasamos más tarde (y fugazmente, en un par de ocasiones señaladas: una de ellas casi vísperas de la muerte de Pablo VI) por la Ciudad eterna también resultan de gran ayuda.
Yo, que casi vivo entre dos fuegos la tensión actual (por amigos y conocidos, y por mi propia sensibilidad), temo incluso la posibnilidad de un cisma dentro del catolicismo, por el enfrentamiento entre teólogos, corrientes más o menos cristianas (o que creen serlo), pueblo de a pie y jerarquía eclesiástica.
Estoy seguro de que existe la posibilidad de una visión justa, que lime o matice las asperezas, intransigencias, rencillas, resentimientos, diálogos de sordos, etc. Pero no me parece fácil la conciliación.
La clave, Cristo y su evangelio. Vividos, al margen de componendas, deformaciones, modas o formalismos heredados sin más vida. Y más allá de la mera política. El Espíritu de Verdad, que es ciertamente Uno y Universal (sin fáciles eclecticismos).
¿No te parece, Emilio, que una mirada clara, transparente, contemplativa (esto es amorosa y desinteresada, activa y pasiva a la vez) es loque necesitamos para no perder la unidad con la Cabeza, en estos tiempos de paradojas e incertidumbres?

4 Octubre 2008 | 09:04 PM

Emilio

Emilio dijo

Efectivamente, hay riesgo de cisma. Y si no lo hubo ya, demos gracias al Espíritu Santo. De todos modos, dicho riesgo queda, en parte, equilibrado por las conversiones, cualquiera que sea su procedencia (y vienen de muchos horizontes, cristianos, laicos e incluso islámicos).
En asuntos doctrinales, hay un criterio claro (que, tras el Vaticano II quedó enturbiado un tanto, quizá por el excesivo protagonismo que se otorgó a los teólogos y "peritos" en un Concilio que, en principio, se planteaba como puramente pastoral y, en ningún caso, doctrinal): jamás pueden ponerse al mismo nivel las teorías de los teólogos y los dictámenes del Magisterio. En cuanto a otros motivos, los relativos al testimonio o, mejor, a la falta de testimonio de la Jerarquía en algunos momentos, podrán aducirse para separarse de la Iglesia, pero nunca justificarán semejante decisión. A Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Pío de Pietrelcina y tantos otros no les arredró la situación de la Jerarquía en sus respectivas épocas, ni la consideraron motivo para separarse de la Iglesia.
En cuanto al modo de superar tantas dificultades, me parece que no es otro que dirigir la mirada a Cristo y confesarlo delante de la Humanidad, recordando siempre aquellas terribles palabras: "Si alguien se avergonzare de Mí delante de los hombres, me avergonzaré Yo de él delante de mi Padre".
El tema más peliagudo, el de confesar a la Iglesia ante la Humanidad, ha de plantearse, por supuesto, más allá de todo condicionamiento político. Claro que, por restringirnos a España, aquí ya no es cuestión de política, sino más bien de religión o irreligión.

9 Octubre 2008 | 12:57 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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