El contacto con Roma y su simbolismo supuso para mí un gran impacto. No sólo se trataba de la Roma cristiana, sino también de la pagana y de la moderna. Para mí supuso un "nuevo nacimiento", acorde con el tránsito del eje nodal sobre sí mismo. El contacto con la Universidad Gregoriana y con la teología fue en un principio lo que cabía esperar: una enorme ampliación de horizontes, a la vez que una entrada en la juventud. Así el primer año. El segundo, con la inauguración del Vaticano II, aceleró las cosas. Lo vivíamos de cerca (los obispos españoles vivían en el Colegio), con charlas y conferencias de expertos, lectura de documentos...
Y, hacia el otoño de 1963, contactos con un canónigo de Málaga, especialista en Sagrada Escritura y que, a pesar de su breve paso por mi vida, influyó mucho en la radicalización de mis ideas sobre el cristianismo y la Iglesia. Era un hombre creyente que hablaba de la necesidad de "despiizar (de Pío XII) la Iglesia", que valoraba al máximo la figura de Juan XXIII y que hablaba de la Iglesia en términos un tanto políticos: integristas y progresistas, o conservadores y renovadores. Y, como norma de comportamiento, nos animaba a adoptar el "sistema Guadiana", es decir, ocultar nuestras ideas por el momento, para, en la coyuntura favorable, salir a la superficie, una conducta que, por lo demás, no tenía nada de nuevo, pero que, inculcada en mentes jóvenes, podía conducir a una rebeldía apresurada contra la disciplina tradicional y a una autoafirmación no equilibrada. Partidario, como tantos otros, de un diálogo sincero y abierto con el marxismo (más tarde reconocería su fracaso), actuaba como un maestro para el grupo de gente que íbamos a escucharle al Colegio de Montserrat.
El deseo sincero y juvenil de "cambiar la Iglesia" me llevó a ser expulsado del Colegio Español por haber redactado un panfleto particularmente virulento, en el que, con la irreflexión que suele caracterizar a la juventud, criticaba irrespetuosamente el modo, a mi entender, formalista con que era concebida la disciplina en el Colegio. Un acto imprudente, fiel reflejo del vendaval que sacudió los espíritus en aquella época y en cuyo "ojo del huracán" nos hallábamos quienes por entonces nos preparábamos para el sacerdocio en un lugar tan excepcional como Roma.
Se produce en mí un notable cambio en la imagen exterior: de "modelo y ejemplo" para muchos a rebelde y marginal (en mi tema astral, primera cuadratura de Urano consigo mismo); para el rector del Colegio, el acto protagonizado por mí constituyó una verdadera sorpresa, pues sólo conocía de mí la faceta más autocontrolada y prudente (la oposición del planeta con su lugar natal en 1982 coincidiría con una "espantada" semejante en la Universidad).
Eso sí, siempre "he hecho la guerra" a título personal, hasta el punto que mis propios compañeros se extrañaron de una actitud tan radical y tan poco “reflexiva”, bien es verdad que anticipada por ciertos pasquines que, desde meses atrás, aparecían y de los que yo era el autor. Como ha ocurrido en mi vida más de una vez, aquella faceta de mi temperamento que podríamos considerar la más radical y la menos dada a establecer matices, me jugó una mala pasada.
Cuando me pongo a recordar aquellos años del Concilio, me asombra el desarrollo de los acontecimientos. Y la reflexión de algunos autores sobre el particular me ha ayudado mucho a comprender una época que, lógicamente, viví sin reflexionar demasiado. En cualquier caso, fue la atmósfera de optimismo y euforia generales en los eclesiásticos que me rodeaban y en los periódicos que leía lo que me hizo perder la objetividad. Supuesta, como es natural, mi falta de madurez.
Más de un autor, al hacer historia del Concilio y de los años que le siguieron, en particular del Pontificado de Pablo VI, ha subrayado lo siguiente: la convocatoria del Vaticano II por Juan XXIII fue un acto de valentía inspirado por el Espíritu y un asumir riesgos para toda la Iglesia que, desde una perspectiva puramente humana, hubieran asustado a cualquiera. Pero lo que un hombre "angélico" consideraba natural, al caer en cristianos "normales", especialmente los jóvenes, tuvo el efecto de un vendaval, de un verdadero huracán que perturbó las mentes y los corazones, trayendo consigo consecuencias no previstas por la mayoría de los Obispos y sí aprovechadas por algunas mentes "diabólicas" que trabajaban en la sombra, dentro y fuera de la Iglesia. A mi entender, el Concilio ejemplificó de manera privilegiada esa lucha sin cuartel entre "ángeles" y "demonios" que es uno de los distintivos del último tercio del siglo XX.
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4 comentarios
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José Luís Samper dijo
Te agradezco, Emilio, está "confesión" pública de unos años extraños, contradictorios y cuya significación y sentido todavía resulta difícil determinar. La sinceridad, generosidad e irrflexión de bastantes jóvenes se aliaron con motivos más oscuros y tuvieron los efectos que conocemos. También ha servido para una comprensión más profunda de la fe en Cristo y de su Iglesia. Tal vez todo forme parte de ese vivir la vida De Cristo que a su escala tiene que hacer la Iglesia.
27 Septiembre 2008 | 01:03 PM