La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

16 Agosto 2008

PARA UNA EIDÉTICA ASTRAL

De la misma manera que un ente concreto, dotado de materialidad, es susceptible de ser analizado en su tema astral, también una idea, doctrina o intuición puede esquematizarse mediante símbolos.Por otra parte, hay que distinguir entre la estructura del universo y su génesis.Por un lado, los símbolos planetarios y zodiacales constituyen el ámbito de las "Ideas", es decir, los factores básicos que nos permiten comprender el mundo y el fundamento de nuestro lenguaje.Los entes que componen el universo no son inteligibles al margen del lenguaje, y el lenguaje supone un alfabeto, ya sea el de las letras, el de los números o el de los símbolos en general.Y es que, por diversos que parezcan, todos ellos desembocan en una serie de "Ideas" elementales, sintéticas.¿De dónde proceden?

Tanto si las consideramos previas a las cosas(como en Platón), como si las entendemos como deducidas de ellas por abstracción(Aristóteles), lo cierto es que están relacionadas con el Intelecto, bien sea en cuanto capaz de intuirlas, bien en cuanto dotado de la facultad de abstraer.Hay que señalar que las "Ideas" a que nos referimos son muy pocas, y esto introduce la noción de "número", inseparable de la descripción del mundo de las "Ideas".En el caso de la astrología, nos encontramos con 12 elementos(si se trata de signos) o con 7(si nos referimos a los planetas tradicionales; 12, si se incluyen también los nuevos); si hablamos de letras, el número no sube, por lo general, de 27 ó 28; en cuanto a los números mismos, tomados como significadores, no suben de 10.Y, en cada caso, el significado global de la "estructura" viene dado por el del cardinal de sus elementos, y el de cada uno de ellos, por su número de orden dentro de la misma.La intuición de los números se hace, pues, indispensable para una comprensión rigurosa del mundo de las "Ideas".Y cada número representa, por así decirlo, un nivel de la intuición.

¿Qué realidad posee dicho mundo y a qué nivel se sitúa? Para contestar a la primera pregunta hay que distinguir varios grados de "realidad".Evidentemente, las "Ideas" no tienen realidad en el mismo sentido que las cosas concretas.Pero la distinción va en el sentido de que aquéllas son "simples" y éstas, "complejas": una cosa no es sino la "síntesis" de muchas "Ideas", desde las más abstractas a las más concretas.Cuando mentamos a Juan, nos referimos a la adición: "ente"+ "viviente"+"animal"+"racional"+"europeo"+etc., en donde cada uno de los predicados del sujeto "Juan" es una "Idea".Y aquí hay que distinguir entre las más elevadas, que corresponden directamente a los símbolos astrológicos, y las que siguen, derivadas de dicho simbolismo en su aplicación a niveles más bajos.A saber, tanto la "idea" de "viviente" como la de "animal" admiten una estructuración o esquematización basada en los símbolos astrológicos.

Pues bien, retrocediendo hasta las "Ideas" primordiales, nos encontraremos con la de "unidad"(el número 1),característica del "ser" en general, y la de "pluralidad"(los demás números),típica de la globalidad de los entes.La idea de "unidad", que se aplica al macrocosmos, tiene su reflejo en la "unicidad" de cada uno de los microcosmos; por su parte, la idea de "pluralidad", que designa la totalidad de los microcosmos que componen el macrocosmos, halla su expresión en la multiplicidad de los predicados que "componen" el sujeto microcósmico.

Ahora bien, hasta ahora nos movemos en el campo de la "eidética", es decir, en el de las idealidades que sirven de modelo a la realidad concreta y la organizan o re-crean por el pensamiento.Pero esta "eidética" postula el ámbito de la "teología" en cuanto origen de este mundo ideal y del concreto.Viene a nuestra memoria el Bien de Platón y su analogía con el Sol del mundo sensible: el acto de ver implica no sólo el ojo que ve y el objeto visto, sino también la luz.Con lo cual el pensamiento platónico, que parecía inspirarse únicamente en los números para concebir las "Ideas", se apoya asimismo en una analogía extraída del mundo sensible, extendiéndola al mundo inteligible. Y esto, aparte de suponer un desdoblamiento entre sujeto y objeto en ambos mundos, da por sentado que los dos términos se mueven en la luz.De manera que la luz aparece como lo que posibilita la visión propiamente dicha en el mundo sensible y la "visión" intelectiva en el mundo de las "Ideas".La luz visible se manifiesta así como una "emanación" del Sol sensible (el cual, en rigor, no es visible directamente), de un modo análogo a como la luz inteligible se muestra como una "emanación" del "Sol" inteligible, es decir, del Bien(el cual tampoco es perceptible en sí mismo).

Pero una cosa es el plano de la visión o de la intelección(análogos) y otra muy distinta, el del ser.Platón señala cómo el Sol es principio no sólo de la visión, sino también de la vida en el mundo sublunar; por lo mismo, su análogo en el mundo suprasensible, el Bien, es la causa por la cual las "Ideas" son y son entendidas. En el plano de la intelección, el razonamiento es claro y nos lleva a la "Idea" del "Uno" o de la "unidad", principio de todas las demás.Más dificultoso es mostrar que esa unidad es la causa del ser de todos los entes.

En efecto, la unidad inteligible no es otra cosa que la unidad del macrocosmos; pero afirmar que esa unidad es causa del ser de todos los microcosmos no es tan evidente, a no ser que concibamos el macrocosmos como algo subsistente por sí mismo y que los entes o microcosmos que lo componen no sean sino otras tantas partes o divisiones del macrocosmos.Lo cual nos lleva a un "Dios" que no trasciende el universo, a un "Dios" que tan sólo constituye la cúspide o cima de aquél.De un modo u otro, desembocamos en el emanacionismo: el paso de la unidad a la multiplicidad se efectúa por división o polarización, de manera que lo que era simple deviene, a otro nivel, compuesto.Es decir, el uno sólo es diferente de lo múltiple en modo ilusorio. No hay, pues, lugar para la creación.

Se comprende que las llamadas "pruebas" de la existencia de Dios sólo pueden surgir en una mentalidad para la que Dios no se identifica con el mundo y, por consiguiente, se hace necesario establecer un puente entre ambos. Para quienes consideran a Dios como una prolongación o culminación del mundo, semejante enlace resulta superfluo.

De las reflexiones anteriores se deduce que las doctrinas emanacionistas comportan siempre una identificación entre el campo de la "eidética" y el de la ontología(y su dimensión más alta, la teológica).Veamos, en primer lugar, la dimensión eidética.Las sucesivas capas de la realidad pueden considerarse como una serie ascendente de planos, en los que el superior es relativamente "simple" respecto del que le sigue y "compuesto" si se lo compara con el que le antecede.A ello apuntan las nociones lógicas de "extensión" y "comprehensión": la primera alude al número de entes a los que se aplica, la segunda, al número de "notas" o características que lo definen.Es sabido que, a mayor extensión menor comprehensión y viceversa.Una cuestión que podríamos conectar con los análisis husserlianos de la "esencia" y sus sucesivos niveles, con resultados sin duda esclarecedores. En efecto, partiendo de los "hechos", el plano más bajo, el análisis fenomenológico va elevándose hacia "esencias" cada vez más integradoras, hasta alcanzar el "Yo trascendental", verdadera "esencia última" o "esencia de las esencias".Llegaríamos así, en el ámbito de la subjetividad trascendental, a una experiencia de la unidad, a algo semejante al Bien de Platón, que es también la "Idea de las Ideas", esta vez en el ámbito universal, verdadero paso al límite de lo que Husserl denominaría la "intersubjetividad trascendental".

En cuanto a la dimensión ontológica y su cúspide, la teología, se estructuran de un modo paralelo al de la eidética. Es decir, el escalón inferior de la serie, el nivel de los "hechos" es un efecto que tiene su causa en la esencia inmediatamente superior; ésta es efecto de la anterior, más simple, y así sucesivamente hasta alcanzar la esencia primera, la unidad.Nos encontraríamos así con una idea de causalidad centrara en la "ejemplaridad".Sin embargo, ¿no es este tipo de causalidad el que predomina en las concepciones emanatistas y en el pensamiento platónico? No en vano al hablar del Demiurgo las interpretaciones oscilan entre una causalidad "eficiente" y una causalidad "formal" o "ejemplar".Y es que, en el fondo, en este tipo de doctrinas ambas maneras de entender la causalidad se confunden.

Se plantea, por otra parte, el problema de si cabe jerarquizar los "hechos" de un modo similar a las "esencias", de manera que el plano más bajo sería aquí el de los hechos "atómicos", la expresión más avanzada de la pluralidad.E inmediatamente viene a nuestra mente la noción tradicional de "materia prima", pura potencialidad situada del lado de lo indefinido, en los antípodas de lo infinito, ámbito propio de la unidad.Por lo demás, los hechos "atómicos" constituyen uno de los temas centrales del pensamiento de Wittgenstein y del positivismo lógico en general, que, en su afán de descubrir los últimos elementos mentados en el lenguaje, no pueden sino desembocar en una fragmentación indefinida del mundo, en un paroxismo de la pluralidad, "contrapolo" de la unidad originaria.Así, pues, para acudir al simbolismo numérico, los extremos serían la unidad y el infinito.Entre ellos discurre la jerarquía de las "esencias" y de los "hechos".

¿Cómo representar astrológicamente la unidad y el infinito? La primera, por el centro del círculo zodiacal; el segundo, por la circunferencia indivisa y, en rigor, divisible indefinidamente.Los números que expresan los períodos de revolución de los planetas significarán otros tantos "umbrales" de diferenciación y de integración de la multiplicidad.Cada planeta sería el símbolo de un nivel de integración de los "hechos" en las "esencias" y, a "hechos" más plurales, "esencias" mejor unificadas; la órbita del planeta representaría así la globalidad de los "hechos" por él abarcados, en tanto que el centro simbolizaría la unidad que los sintetiza.A esta polarización apunta también la teoría de los dos "domicilios" de cada planeta, uno "activo" o "diurno", y otro "pasivo" o "nocturno".¿Qué representaría entonces el círculo zodiacal? El "espacio" en que se mueve el "espíritu", la unidad más elevada y, por tanto, la capacidad de integrar la pluralidad más extrema.Es con relación a ese espacio como se concibe la facultad integradora y diferenciadora de todos los planetas.Y por eso el zodíaco se divide en un número de partes aproximadamente igual al de los días del año; es ese número el que indica el "umbral" del espíritu, aunque-insistimos- el espacio de la multiplicidad sea la circunferencia en cuanto indefinidamente divisible(por tanto, la multiplicidad se halla unificada en la circunferencia).¿Por qué un número determinado de planetas y de signos?.Aparte la significación del 12, es lógico que se trate de un número escaso de símbolos, como ocurre en todos los sistemas de simbolización: al fin y al cabo, el campo a explorar es indefinido en cuanto a extensión, por lo que cualquier "base" puede servir para recorrerlo, a sabiendas de que es inagotable, pues la circunferencia, aun siendo una, admite divisiones sin fin.Y conviene un número escaso de "esencias", las más elevadas, para explorar la multiplicidad, expresando como expresan los niveles más próximos a la unidad.En teoría, el número de signos y, por consiguiente, el de "planetas", podría ser superior o inferior a 12. Por otra parte, cabe establecer una serie de divisiones de acuerdo con el período de revolución de cada planeta:28 casas para la Luna; 88, para Mercurio;225, para Venus; 365, para el Sol; 687, para Marte,etc.Lo cual se halla en perfecta consonancia con la idea de una división indefinida de la circunferencia zodiacal.

Esto nos permite traer a colación el tema de la "materia prima".Así, en una estructura cuyo último elemento es Plutón, la "materia prima" vendrá significada por el número 90727, que marca los días comprendidos en la revolución del planeta; y, por otra parte, dado que la "materia prima" es simbolizada por el aspecto "pasivo" o "nocturno" del planeta, habrá que asociarla a Plutón en Escorpión.¿Cuál sería entonces la "materia prima" solar? La significada por el número 365, al menos si nos referimos al movimiento del Sol; otra cosa sería si considerásemos el movimiento del eje del "Sol negro":7670417, número de días de su revolución; ó 9467443 si tomamos como referencia la precesión de los equinoccios.

Tras estas breves reflexiones sobre el simbolismo astrológico, vemos cómo un determinado "umbral" de la multiplicidad es inteligible desde el inmediatamente superior y, a otro nivel, es efecto suyo, de manera que la unidad equivaldría al "acto" supremo, y la "materia prima", a la "potencia" suprema. Ahora bien, aquí está la diferencia entre la visión aristotélica y la tomista: en la primera, el acto supremo tiene como correlato a la potencia suprema, en tanto que en Tomás de Aquino, el acto puro carece de correlato alguno.

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José Luís Samper

José Luís Samper dijo

Este artículo me sugiere la astrologia como una mathesis universalis, tal como lo que exponía Descartes en su regla IV o V, con la diferencia que no sería de la "explicación", sino de la "interpretación. Una ciencia no concerniente solamente al "orden y medida", sino al significado y sentido de los seres. Pero si voy entendiendo bien el artículo, aquí se me presenta una dificultad: para establecer el tema astral de una idea, ¿no sería preciso conocer también su "nacimiento"? Las ideas y los hechos no solamente difieren en el sentido de lo simple y lo compuesto, sino también en que las ideas son atemporales, eternas. ¿No son ellas las que hacen posible la construcción de un sistema simbólico como la astrología? ¿O Tal vez estamos diciendo que son los símbolos la "expresión" que más y mejor nos acerca a la "comprensión" del mundo y sus representaciones? No sé, pero encuentro muy interesante este artículo.

20 Agosto 2008 | 08:56 AM

www-espacioblog-com-analog

www-espacioblog-com-analog dijo

Efectivamente, las ideas son atemporales, eternas. Pero los símbolos son la expresión que más y mejor nos acerca a la comprensión del mundo y sus representaciones. Y habría dos maneras de representar una idea. La primera, estática, haciendo uso del "alfabeto" astral y de sus "letras". La segunda, relacionándola con su génesis en una mente, lo cual supondría evidentemente su "tema de nacimiento". Así, por ejemplo, puede uno imaginar lo que aportaría un análisis de las configuraciones astrales bajo las que Kant concibió la "Crítica de la razón pura", lo cual nos ayudaría a precisar su teoría del conocimiento y a relacionarla con las doctrinas de otros filósofos. Naturalmente, "Astra inclinant, sed non necessitant", pero a partir del condicionamiento corpóreo que comportan se comprenden mejor las creaciones libres del espíritu.

23 Agosto 2008 | 01:16 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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