La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

11 Julio 2008

ESPIRITUALIDAD Y "DIRECCIONES" ASTRALES

La descripción de la vida espiritual bien puede hacerse utilizando símbolos astrológicos, directamente en lo que afecta al cuerpo, e indirectamente en lo referente al alma y al espíritu. Por ejemplo, la esfera local con sus casas puede referirse al cuerpo, de un modo análogo a como el Zodíaco es el cuerpo macrocósmico. En cuanto al espíritu que se encarna, también puede ser simbolizado por el "armazón" de las casas referido al Zodíaco, es decir, la relación casa/signo equivale a parcial/global en ambos casos. Pero también puede tomarse como cuerpo/espíritu, ya que una se entiende a partir de la Tierra, y la otra, a partir del Sol(la rotación expresa mismidad; la traslación, alteridad referida al Sol, espíritu). Nada que objetar: también los planetas pueden simbolizar estados espirituales; pero cada cosa ha de entenderse a su peculiar nivel; el cuerpo, a partir del tiempo; el espíritu, de manera atemporal.

En lo que respecta a tránsitos y progresiones, se procederá del modo siguiente: las influencias "positivas" y las "negativas" determinarán un cuadro en el que intervendrá la gracia, que, respetando la naturaleza, la transformará de un modo para nosotros imprevisible. Y semejante "respeto" afecta no sólo al tema astral, sino también a las direcciones y tránsitos. Sin embargo, sub specie aeternitatis quizá el tema expresa la suerte final de una persona, pero la ciencia del astrólogo no es ni puede ser tan grande. Incluso bajo inspiración divina, sólo conocería el futuro de manera parcial.

¿CABE MODIFICAR LOS ASPECTOS QUE UNO EXPERIMENTA EN UN DETERMINADO MOMENTO?

1) Todo ente es un ser uno desplegado en una pluralidad de "notas". ¿Cuál es la raíz última de semejante estado de cosas? En el caso del hombre, creado a imagen de Dios, la estructura misma del Dios Uno y Trino. Una concepción que muestra la insuficiencia del concepto de advaita (“no-dualidad”) para explicar el dinamismo de lo real.

2) Y así la voluntad libre podrá modificar la situación existencial o el condicionante que la acompaña, ya sea en bien o en mal. Todo individuo humano está compuesto de los mismos elementos, llámense planetas, signos, casas y demás factores astrológicos: es su dimensión esencial. Pero tal composición se define de un modo u otro de acuerdo con el espacio-tiempo.

Es la encarnación lo que otorga concreción a aquel esquema intemporal, la que lo existencializa. A diferencia de Dios, en quien esencia y existencia se identifican, el ente humano (y cualquier otro) se caracteriza por la distinción entre ambas. Es el tiempo y, por consiguiente, el espacio, el supuesto de la existencialización, de manera que no podemos participar del ámbito de la Divinidad sin pasar antes por ambas condiciones.

3) La segunda nos confiere nuestra permanente identidad; la primera nos otorga la diferencia, y esto hace posible que seamos a la vez el mismo y el otro.

4) No obstante, la identidad viene de la confluencia tiempo-espacio, en el sentido de que una determinada disposición de los factores móviles en el espacio va necesariamente ligada al movimiento, por más que represente una "congelación" del mismo (el tema astral). Y, de no haber movimiento, tampoco se daría el tiempo ("la medida del movimiento..., lo llamaba Aristóteles).

5) Con todo, "el tiempo es la imagen móvil de la eternidad", como dijo Platón, de manera que el desarrollo de un ser viene ya implicado en su definición esencial.

6) ¿En qué se concreta esto? En el tema astral, constituido por las posiciones de los factores móviles en el zodíaco. Dentro de la historia del cosmos, cada ser comienza en un instante y acaba en otro. Y son las posiciones de los factores móviles los que, por consiguiente, definirán su existencia.

7) Los ángulos planetarios de una época están subordinados a los natales. Si se modifican éstos, con mayor facilidad se alterarán aquéllos.

8) Pero ¿cabe semejante modificación? El "astra inclinant, non necessitant" (“Los astros inclinan, pero no obligan”) no supone que un aspecto pueda ser alterado, sino que nos lo presenta como un condicionamiento del que podemos liberarnos actuando desde nuestro ser profundo, es decir, desde nuestra voluntad libre.

9) Ahora bien, ¿implica esto la posibilidad de moverse fuera del ámbito designado por los planetas o factores que forman el aspecto? No lo parece, puesto que las fuerzas zodiacales o planetarias son verdaderos constitutivos del ser del hombre. Es decir, si Marte está en cuadratura con Júpiter, nuestra voluntad puede hacer que la tendencia al "despilfarro de energías" quede superada, pero no anulará en modo alguno la realidad de las "energías" y el "impulso marciano".

10) A la pregunta con que comenzábamos estas reflexiones podemos responder, pues: a) que es posible modificar la tendencia marcada por un determinado ángulo (o, mejor, la interpretación habitual, parcial o provisional del mismo) ; b) que carece de sentido alterar la estructura existencial del ente humano, definida por tales y cuales posiciones astrales. (¿Está esto en contradicción con lo anterior? No, si se considera que el esquema en cuestión no refleja un estado de cosas inamovible, sino más bien el modo en que la "imagen divina" que lo preside, es decir, su verdadera identidad, se hace presente en el mundo; podemos conectar esto con la idea de sincronicidad tal como aparece en Jung, aunque corrigiendo lo que hay en ella de determinismo; en efecto, el tiempo astral sólo es análogo al tiempo humano; si el primero es el desarrollo de las posibilidades del cosmos dirigido desde el "Alma del mundo", el segundo supone un control por parte de la conciencia humana, hecha a imagen y semejanza de Dios; evidentemente, lo que acabamos de decir se refiere al caso de una conciencia despierta: "sapiens dominabitur astris" o "astra inclinant, sed non necessitant"); c) que, desde la perspectiva espiritual radical, cabe integrar cualquier disposición existencial bajo la influencia de la gracia ("Gratia non destruit naturam...").

11) Ahora bien, la participación de la ciencia divina no es algo de lo que podamos disponer, sino un don gratuito. Por eso los intentos de construir una astrología estructuralista o metafísica (véase Abellio, Carteret...), en sí muy loables, puesto que apelan a un "Yo interior" o "Yo trascendental" que relativizaría los aspectos parciales y otorgaría su verdadero alcance al tema astral, olvidan que semejante "Yo trascendental" no es otro que la participación gratuita del ser de Dios de que habla, por ejemplo, san Juan de la Cruz. No podía ser de otro modo si tenemos en cuenta el célebre adagio: "Inter Creatorem et creaturam non potest tanta similitudo notari quin maior sit dissimilitudo notanda" (“Por grande que sea la semejanza entre la criatura y el Creador, siempre habrá una desemejanza mayor”). Entre un yo encerrado en su inmanencia y un yo que se disuelve en la "Suprema Identidad", tan sólo cabe un yo que, sin dejar de ser el que es, se abre a la trascendencia, en espera de que ésta le colme y le haga participar de su ciencia. O, dicho de otra manera: la "naturaleza" no es algo enclaustrado en sí mismo, lo que le desarraigaría del ser, sino algo abierto a la fuente de todo ser y, por consiguiente, capaz de recibir en sí la participación gratuita del ser divino.

12) Desde el centro, indefinible y no cualificado, símbolo de la identidad del ser, la voluntad libre podrá disponer de todos sus recursos y energías, figuradas por aquellos dos puntos anteriores. Evidentemente, el poder en cuestión no es genérico, sino que está referido a aquellas posiciones concretas: es lo que diferencia a un ser de otro.

13)Otra cuestión sería la de los ámbitos a que afecta los aspectos planetarios: una cosa es el plano de la forma, otra el plano informal. Es muy distinta la acción de un aspecto astral sobre el plano físico que sus efectos sobre el psíquico o el espiritual. En el primer caso, un determinado aspecto podrá dar un cuerpo obeso o demasiado delgado; en el segundo, su influencia sobre una característica psíquica será menos clara, de manera que el temperamento podrá modificarse algo con el tiempo y a medida que madura la persona; en el tercero, la expresión espiritual apenas podrá "fijarse" en esquemas o moldes, de manera que más bien revelará diferentes formas de ser libres o distintos atributos o dimensiones del ser. Así, Marte en ángulo conflictivo con Júpiter causará problemas de hígado y tenderá a alterar el número normal de hematíes; otorgará un temperamento despilfarrador y arrogante; creará, en el plano espiritual una tensión entre "fuerza" y "benevolencia" o "expansividad". Del control de este último conflicto dependerán los otros dos. Es decir, en la medida en que se cumpla el "sapiens dominabitur astris" (“El sabio dominará a sus astros”) en el plano espiritual y superior, se dulcificará o incluso llegará a desaparecer el conflicto en los otros dos ámbitos. Y semejante control supondrá el previo conocimiento del mismo y la decisión consiguiente de la voluntad, siempre ayudada por la gracia. En este sentido, ningún ángulo podrá calificarse propiamente de "maléfico", puesto que en todo momento será posible integrarlo desde el centro(ver punto anterior). De ahí la importancia del punto-síntesis. Sin embargo, en el estado de la humanidad caída y redimida, semejante integración es difícil y, en cualquier caso, imposible sin la gracia: lo que en teoría es fácil, a saber, la superación de cualquier ángulo o figura desde el centro, en la realidad existencial concreta se revela tarea ardua, puesto que, si todos "los rayos llevan al centro", la caída original tuvo justamente como consecuencia la interrupción de dicho acceso: la pérdida de unión con la realidad divina se traduce en una desintegración interior del ser humano, que, de ser un organismo cuyos elementos conspiran a la unidad del conjunto, se transforma en una entidad cuyos constitutivos, animados por un movimiento centrífugo, tienden a una dispersión cada vez mayor.

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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