AÑO LITÚRGICO Y ERA CRISTIANA

Supuesto que el año litúrgico es el modo en que la acción salvífica de Cristo se expresa en el tiempo de
En primer lugar, se trata de comprender el avance espiritual de
¿Qué quiere decir esto? Que el plano sobrenatural y deiforme en que se mueve la liturgia, en sí eterno y no mensurable, se define en relación con el tiempo humano a través del tiempo cósmico, que constituye, pues, el basamento “natural” sobre el que incide el “año de Cristo”.
¿De qué conceptualidad nos serviremos para definir ese fundamento “natural” sobre el que actúa la gracia litúrgica? De una parte, podríamos acudir al simbolismo astrológico, expurgado, claro está, de toda adherencia determinista, tal y como lo hemos desarrollado en numerosos archivos de este blog. De otra, sería posible recurrir al simbolismo numérico, y entonces podríamos asignar el 1 al 1º día que sigue al equinoccio; el 2 al 2º, y así sucesivamente.
En el primer caso se trataría de caracterizar el año litúrgico a partir del simbolismo de aquel grado de Aries en el que cae el Sol (cuya transposición sobrenatural sería el “Sol que nace de lo Alto”) y de su opuesto, en Libra, en el que cae
En el segundo, el año litúrgico vendría definido por el simbolismo del número de días transcurrido desde el equinoccio. Y así, 1 se interpretaría como el “origen” o la “realidad indiferenciada”; el 2 como el primer “contraste”; el 3 como la “armonía entre unidad y dualidad”, etc.
Hay que observar que en
-Notemos cómo el periodo jubilar equivale a 4 ciclos Júpiter/Plutón, de manera que dicho ciclo viene a dividir el Jubileo en 4 fases, a imagen de las lunares. Evidentemente, hablamos de la división “natural” de un periodo que, de por sí, se sitúa a otro nivel.
Para trasponer el ritmo jubilar al plano individual, habrá que dividir 25920 años (duración del ciclo precesional y de una humanidad) por los 360 grados del círculo zodiacal. El resultado, 72 años, será la duración media de la vida humana. Y el periodo "jubilar" individual sería entonces de 50 días.
En cuanto a los 6 milenios y, especialmente, los dos últimos, que algunos Padres atribuyen a la humanidad “adámica”, constituirían la fase propiamente espiritual o sobrenatural de la humanidad. En lo que respecta al séptimo milenio, el tiempo o eón al que se refiere no es equiparable a los 6 anteriores: hay que concebirlo por analogía con el séptimo día, el del “reposo”. Eso quiere decir que, propiamente hablando, la “época contemporánea” no formaría parte del tiempo propiamente dicho, sino de un tiempo “sui generis” particularmente abierto a las “estribaciones” de la eternidad.
