La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

12 Junio 2008

AÑO LITÚRGICO Y ERA CRISTIANA

Supuesto que el año litúrgico es el modo en que la acción salvífica de Cristo se expresa en el tiempo de la Iglesia, ¿cabe hablar del itinerario espiritual de la cristiandad a partir del calendario en cuestión? Es decir, ¿es posible comprender dicho itinerario como el sucesivo despliegue del esquema litúrgico a lo largo de la era cristiana?

En primer lugar, se trata de comprender el avance espiritual de la Iglesia de un ciclo litúrgico a otro. Para ello acudiremos al conocido simbolismo de la Luna llena que antecede a la Pascua, pues es el factor que determina y define las fiestas móviles. Pero ¿en función de qué las define? Evidentemente, habrá que establecer un punto de referencia a partir del cual la Luna llena diferencia a un ciclo de otro. Ese punto de referencia u “origen” no es otro que el equinoccio, pues la Luna llena pascual es justamente la primera después del equinoccio.

¿Qué quiere decir esto? Que el plano sobrenatural y deiforme en que se mueve la liturgia, en sí eterno y no mensurable, se define en relación con el tiempo humano a través del tiempo cósmico, que constituye, pues, el basamento “natural” sobre el que incide el “año de Cristo”.

¿De qué conceptualidad nos serviremos para definir ese fundamento “natural” sobre el que actúa la gracia litúrgica? De una parte, podríamos acudir al simbolismo astrológico, expurgado, claro está, de toda adherencia determinista, tal y como lo hemos desarrollado en numerosos archivos de este blog. De otra, sería posible recurrir al simbolismo numérico, y entonces podríamos asignar el 1 al 1º día que sigue al equinoccio; el 2 al 2º, y así sucesivamente.

En el primer caso se trataría de caracterizar el año litúrgico a partir del simbolismo de aquel grado de Aries en el que cae el Sol (cuya transposición sobrenatural sería el “Sol que nace de lo Alto”) y de su opuesto, en Libra, en el que cae la Luna (símbolo de la Iglesia, la humanidad redimida).

En el segundo, el año litúrgico vendría definido por el simbolismo del número de días transcurrido desde el equinoccio. Y así, 1 se interpretaría como el “origen” o la “realidad indiferenciada”; el 2 como el primer “contraste”; el 3 como la “armonía entre unidad y dualidad”, etc.

Hay que observar que en la Escritura el tiempo se mide mediante el periodo sabático, que se celebra cada 7 años (7=6+1, a imagen de los 6 días de la semana más el domingo, a su vez imagen de los 6 “días de la creación” más el reposo sabático). A un nivel superior se sitúa el periodo jubilar hebreo (50 años=(7x7)+1), a imagen del sabático y que supone una integración a otro nivel del periodo sabático tomado como unidad. La Iglesia no utiliza explícitamente el periodo jubilar, aunque sí tácitamente, puesto que celebra el “Jubileo” cada 25 años, la mitad de 50. Hasta el año 2000 ha habido 25 jubileos ordinarios (el primero fue en 1300) o sea de 25 años, pues comenzaron a celebrarse a principios del siglo XV ; el del año 2000 es el 26º.

-Notemos cómo el periodo jubilar equivale a 4 ciclos Júpiter/Plutón, de manera que dicho ciclo viene a dividir el Jubileo en 4 fases, a imagen de las lunares. Evidentemente, hablamos de la división “natural” de un periodo que, de por sí, se sitúa a otro nivel.

Para trasponer el ritmo jubilar al plano individual, habrá que dividir 25920 años (duración del ciclo precesional y de una humanidad) por los 360 grados del círculo zodiacal. El resultado, 72 años, será la duración media de la vida humana. Y el periodo "jubilar" individual sería entonces de 50 días.

En cuanto a los 6 milenios y, especialmente, los dos últimos, que algunos Padres atribuyen a la humanidad “adámica”, constituirían la fase propiamente espiritual o sobrenatural de la humanidad. En lo que respecta al séptimo milenio, el tiempo o eón al que se refiere no es equiparable a los 6 anteriores: hay que concebirlo por analogía con el séptimo día, el del “reposo”. Eso quiere decir que, propiamente hablando, la “época contemporánea” no formaría parte del tiempo propiamente dicho, sino de un tiempo “sui generis” particularmente abierto a las “estribaciones” de la eternidad.

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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