En el año litúrgico, la parte comprendida entre el 1º domingo de Adviento y la festividad de Pentecostés es la del Dios-Hombre y se extiende propiamente desde el Nacimiento a la Ascensión. Pentecostés, situada inmediatamente después de la Ascensión, es el lugar del nacimiento de la Iglesia, del hombre redimido, del “hombre en vías de deificación”.
Por tanto, si la primera parte está referida a la Cabeza del “Cuerpo Místico”, la segunda dice relación a los miembros de este mismo Cuerpo. Y así, las fiestas que siguen inmediatamente a Pentecostés, es decir, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi constituyen el germen del “hombre nuevo”, que ha de desarrollarse progresivamente hasta que la humanidad redimida retorne al Padre, al mismo “lugar” en que comenzó el año litúrgico.
Por eso si la primera mitad del ciclo se caracteriza por el movimiento que, comenzando en la Encarnación de Cristo, culmina en su Ascensión, la segunda supone un movimiento que, partiendo del Espíritu enviado por Cristo desde el Padre, da origen a la comunidad de los redimidos, la Iglesia, cuyo crecimiento ha de culminar en la Resurrección universal y la vida eterna.
Gráficamente podríamos representar el ciclo litúrgico mediante un círculo atravesado por dos diámetros, uno vertical y otro horizontal. El vertical es el de la Divinidad; el horizontal, el de la humanidad. El semicírculo izquierdo describe el anonadamiento de Dios en la humanidad de Cristo y la posterior exaltación de ésta, que nunca deja de estar hipostáticamente unida al Verbo, al Hijo. El semicírculo derecho figura el nacimiento de la Iglesia, esto es, de la humanidad redimida, que, a semejanza de Cristo, ha de pasar por la pasión y muerte, que culminarán en la resurrección y ascensión.
En cuanto al eje horizontal, representará, de un lado, la humanidad de Cristo, que es la humanidad perfecta; de otro, la humanidad eclesial. Ambas como los respectivos “sujetos” del movimiento que caracteriza a uno y otro semicírculo.
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