
Hoy que lo filosóficamente correcto es "reflexionar", "pensar" o "debatir" sobre la no-realidad, resulta infrecuente encontrarse con un libro como éste, escrito a la vez con rigor y apasionamiento y en el que, sin ningún tipo de contemplaciones, el autor nos introduce de golpe en pleno corazón de la filosofía y del pensamiento en general. ¿Cuántos pugnan hoy por acercarse a los grandes temas y a las cuestiones cruciales de la vida? Aquí estamos en pleno desierto. Más frecuente es ver a liliputienses jaleados como gigantes por otros liliputienses.
Comienza el autor por afirmar que la parodia es lo obvio. Parodia no puede ser únicamente "la imitación burlesca o irónica de una obra de literatura". Este tipo de parodias, aunque sirvan para caracterizar algunos aspectos de la Cultura, no es aquí el fundamental.
Toda la Historia de la Humanidad ha consistido en una continua creación de parodias a todos los niveles. Y, puesto que lo que importa es el "cómo" y no el "por qué" de los fenómenos, se trata ante todo de saber cómo funciona la Gran Parodia, no de conocer qué es. Por eso el único problema crítico consiste en desvelar cómo la parodia abstracta construye relaciones concretas.
En la descripción histórica de la Gran Parodia, el autor sigue con bastante aproximación el esquema tradicional de las "cuatro edades", a través de las cuales la humanidad va degenerando progresivamente, y distingue cuatro momentos: la parodia religiosa, la jurídico-estatal, la parodia como teatralización y la parodia como espectáculo.
La parodia religiosa se presenta como una totalización construida por los hombres y por la que intentan explicar la situación del hombre en el mundo. El homo religiosus es un sumiso que debe su existencia y su destino a una abstracción que se llama dios o los dioses, el destino o la fortuna. En el origen de las religiones jugó un papel principal el miedo del hombre, que, funcional al principio, se transformó luego en terror moral, que culpabiliza al hombre hasta el extremo. A partir de esta conciencia culpable, la parodia religiosa manipula al creyente y lo destruye. Y así el más acá es escamoteado en provecho del más allá. Siguiendo a Feuerbach, el autor considera que la religión es un despojo y una sustitución. Pero lo verdaderamente importante para él es estudiar la parodia religiosa como función, que se resume en convertir al hombre en una mercancía moral. La parodia religiosa engendró la Teología, que es la sublimación del discurso paródico religioso, en el que está ausente todo referente intersubjetivo y toda posibilidad de control lógico de sus enunciados. No en vano dijo Feuerbach que el secreto de la Teología reside en la Antropología.
Pero la parodia religiosa no era suficiente, dado que la realidad concreta tendía a escaparse de la generalidad abstracta que le acompañaba. Por eso surgió el estado, más próximo a dicha realidad. Si la norma religiosa no es lo suficientemente flexible para adaptarse a los cambios económicos y sociales, la jurídica, en cambio, va ajustándose a las situaciones siempre nuevas. Por eso, al igual que la parodia religiosa dió origen a la Teología, la parodia jurídico-estatal engendró el Derecho. Y, de la misma manera que la primera se perpetúa a través de la liturgia, en la que deviene presente la divinidad, la segunda lo hace mediante un ceremonial de significaciones que extraen su fuerza del dios del Estado, de la llamada Justicia. Pues, como decía Hegel, "El Estado es la vida moral realizada que existe en realidad". En definitiva, el homo religiosus va transformándose así en súbdito, es decir, en patriota. Y por eso la triple negación anarquista "Ni dios, ni césar, ni tribuno" es una triple redundancia, como también lo es la afirmación contraria, "Dios, patria, rey". Y, del mismo modo que la parodia religiosa hacía del hombre una mercancía moral, su legítima y un poco acomplejada sucesora, la parodia jurídico-estatal, lo transforma en mercancía estatal.
Para comprender el tercer momento de la Gran Parodia, el "Gran Teatro del Mundo", hay que partir de una constatación: tanto la parodia religiosa como su sucesora engendraron cultura, cada una a su manera. Pero ahora es la Cultura misma la que va a engendrar parodia. Si la parodia religiosa supone el despojo abstracto del hombre, y la parodia jurídico-estatal, su despojo generalizado, el Gran Teatro del Mundo marcará su despojo cultural. El hombre del Barroco siente la necesidad de inventar un mundo, pero conserva, al menos durante un tiempo, la conciencia de que es un invento: al fin y al cabo, el problema que se plantea el Barroco es negar el mundo sin negar la vida. La solución hubiera consistido quizá en transformar el mundo en nombre de la vida. Sin embargo, se optó por negar la vida para salvar al mundo. Nace así la sobrevida, que es lo que resta de la vida cuando no es posible vivirla: los espectadores se limitan a identificarse con los actores del escenario. La vida es sueño, desengaño, un tema en el que resuena el motivo prístino de la Gran Ilusión cósmica. Por eso la parodia religiosa se manifestará de nuevo mediante un tiempo y colaborará con el Gran Teatro. La parodia barroca es la base de la Cultura en la cual vivimos o sobrevivimos: ella fijó una norma cultural a imitación de la jurídica, un "canon". Y, a semejanza de las dos primeras parodias, transformó al hombre en mercancía, esta vez cultural.
Llegamos así al cuarto momento, la Sociedad del Espectáculo, que es la culminación del Barroco. Aquí ya no existe ninguna diferencia entre actores y espectadores; el mundo entero se ha convertido en escenario. Ya no hay códigos morales, tan sólo se le pide a cada actor que funcione al nivel que se le ha atribuido. Todo radica en construir una serie de simulacros paródicos a través de los cuales el mundo funcione. De este modo, la realidad se aleja del hombre, para ser sustituida por una imagen espectacular de la misma. Esto produce una alienación nueva: la conciencia del hombre actual se convierte en mero espejo, en conciencia separada de la realidad. Si las abstracciones y generalizaciones concomitantes a las anteriores parodias dejaban todavía al hombre la posibilidad de referirse a la existencia, en la Sociedad del Espectáculo apenas queda ya referencia alguna (en un contexto muy diferente, esta vez bíblico, encontramos esta frase tremenda: "Os embriagaré y bajaréis como ovejas al matadero"). Para colmo, semejante impresión de irrealidad encanta a ciertos posmodernos, verdadera hez de la época: la ausencia de referentes les habilita para decir lo que se les ocurra. Parece, pues, que la Sociedad del Espectáculo es capaz de englobar las demás parodias, convirtiéndolas en espectáculo, y de hacer del hombre un objeto espectacular.
¿Se trata de un proceso de deshumanización irreversible? El autor, apoyándose en Marx y en Guy Debord, considera que todavía queda alguna esperanza. ¿Cómo salir de semejante situación? No a través de la parodia negativa, que consiste en negar el objeto parodiado sin lograr destruirlo. Sí mediante la parodia auténtica, que, negando el objeto parodiado, lo destruye al destruirse a sí misma. Y es que la primera se limita a distanciarnos del objeto, en tanto que la segunda viene a abolir el distanciamiento.
Se trata entonces de aplicar la parodia auténtica al mundo de hoy. Y así nuestro autor, cual nuevo Quijote, emprende su lucha contra "magos y encantadores". He aquí una lista de los temas abordados: "la historia de un mundo sin historia", "la sobrevida cotidiana", "la burocratización del mundo como afirmación de la ausencia", "el nivel de vida", "niveles paródicos del discurso" y, por último, "el único discurso que nunca pudo ser paródico". Se refiere al de la Ciencia, que, amén de exigir una disciplina y un lenguaje rigurosos a quienes la cultivan, algo de lo que suelen carecer los farsantes y filosofantes del Simulacro, es la expresión de relaciones reales y se presenta siempre como la totalización más totalizada hasta el momento, nunca como la Totalidad Suprema; de ahí su imparable progreso.
La lectura del libro nos coloca, pues, ante un tema decisivo y extraordinariamente sugerente. En un primer momento, resulta fácil reconocer los ecos de Feuerbach, Marx, Bakunin, Proudhon, los situacionistas (especialmente Guy Debord), Wittgenstein, Kolakovski, E.Fromm, Baudrillard y otros, por restringirnos al ámbito de los filósofos y ensayistas. Por momentos, la lectura de la parte más crítica del libro nos traía a la mente una cierta atmósfera semejante a la de "La Grande Beuverie", de René Daumal.
Pero podríamos remontarnos mucho más atrás y rastrear el tema de la Gran Parodia en sus mismos orígenes iniciáticos, religiosos y metafísicos, ya sea que la entendamos en el sentido estricto que le da el autor, ya la pongamos en relación con conceptos afines, como el "velo de Mâyâ" del hinduismo, el "Samsâra" budista, la esfera de la "Opinión" de Parménides, la "Caverna" platónica y, en general, el ámbito "fenoménico" de la Metafísica, sin hablar del heideggeriano "Olvido del Ser". En otro contexto diferente podríamos aludir a la figura del "Gran Simio" o "Gran Mentiroso" ("homicida desde el principio") de la tradición judeo-cristiana (hay que decir, sin embargo, que, entre las secuelas de la "caída original", la teología cristiana ha dado más relevancia a la concupiscencia que a la "vulneración del entendimiento", un punto a corregir, por más que santo Tomás hable de la necesidad de la revelación divina justamente a causa de la dificultad, para la mayoría de las personas, de conocer siquiera las verdades "naturales").
Es verdad que tales "categorías" funcionan en sentido opuesto al que les otorga Ferreras, es decir, como una caída en la dualidad o en la multiplicidad, como una "fisura" en la No-dualidad o en el Uno. Si, en las concepciones religiosas, el mundo no está "alienado" desde el principio, sino que ha empezado a estarlo a raíz de una "catástrofe", una "ilusión" primordial o una "caída" originaria, algo similar, aunque de signo inverso, ocurre con la Gran Parodia. Por eso el modo de salir de ella es contrario al del homo religiosus. Para éste último se trata de llegar a Dios o, mejor, de volver a él; en la Parodia, el asunto es salir del ámbito divino, dejando atrás la Unidad como fuente de todo enajenamiento. Detectamos asimismo el paralelismo siguiente: si el "samsâra" es la existencia sometida al conjunto de los condicionamientos cósmicos (y aquí resultaría apasionante abordar el sistema simbólico que mejor se hace cargo de esos condicionamientos, el astrológico, una de las formas en que se expresa el postulado de la interdependencia universal), y el "nirvâna", la liberación o superación de tales trabas, en el otro extremo, la Gran Parodia es el "sistema" de enmascaramientos y desfiguraciones de lo real, al que sólo podemos destruir o neutralizar mediante la práctica continuada de la parodia auténtica.
De este modo, si en un plano se habla de la experiencia del "Absoluto", del "Uno" o de "Dios", en el otro se alude a la deconstrucción de la Gran Parodia. Desde el punto de vista formal, la "Unidad" de las religiones es el homólogo de la liberación de la Gran Parodia, pues en ambos casos nos las habemos no con un ente separado, sino con un estado de no-dualidad. De hecho, el concepto de "Identidad Suprema" comporta la supresión de la individualidad humana (mucho más matizado y equilibrado resulta el cristianismo, en donde la "identificación" del hombre con Dios en que consiste la Redención no llega a suprimir la diferencia entre los ámbitos divino y humano), como también la abolición de la Gran Parodia supone el fin de la conciencia "especular" o "separada".
Mención aparte merece el método de la parodia auténtica, de extraordinaria eficacia en el desenmascaramiento de tantos aspectos de la vida contemporánea y que nos trae reminiscencias, bien formales, bien de contenido con métodos de la más variada índole (religiosa, metafísica, dialéctica, fenomenológica...): se trata siempre de dos "momentos" o "movimientos" que, en definitiva, expresan la tensión identidad-diferencia.
Otro punto a destacar y a matizar es el del carácter no paródico de la ciencia (en su acepción más genuina, preservada de toda identificación con la técnica), en donde resuenan ecos de Hume, pero también de Russell y Wittgenstein. Es verdad que hay una filosofía al margen de la ciencia, que adolece de generalidad o de falta de comprensión del quehacer científico, cuando no de ignorancia culpable. Pero hay otra filosofía que no sólo se hace eco del magnífico rigor y de los enormes logros de la ciencia, sino que va más lejos y se enfrenta con sus fundamentos mismos (véase, por ejemplo, Husserl, en su obra "La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental"). Conviene hacer constar, además, un hecho: altísimas figuras de la ciencia tienden a hacerla culminar en la filosofía, en la teología e incluso en la mística (cf. Heisenberg, "Diálogos sobre la física atómica", o "Cuestiones místicas", por Einstein, Heisenberg y otros).
¿Qué pensar, en último extremo, de la parodia auténtica y de su campo de aplicación? Reconocida la gran labor crítica que desarrolla, especialmente sobre la oprimente "Sociedad del Espectáculo", quizá se echa en falta una tradición más amplia de autores que, por entre las fisuras de la Gran Parodia, hayan introducido la parodia auténtica. ¿No es tan universal la Parodia como la "tradición" o la "comunidad de los despiertos", de aquéllos que han aprendido a conjurarla en las distintas épocas? De otro modo, la capacidad de aniquilar la Parodia corre el riesgo de perderse, de manera que casi condenamos a la parodia auténtica a brotar por "generación espontánea". ¿No deberíamos, por el contrario, sostener que la verdadera Historia comenzó hace mucho tiempo, más aún, que es contemporánea de la Gran Parodia? Y, por mucho que queramos evitar la "estructura" en provecho de la función, ello nos llevaría más o menos a esta conclusión: "desde el principio" hay una lucha "arquetípica" entre dos polos, un conflicto universal entre una religión auténtica y otra inauténtica, entre un arte paródico y un arte debelador de la ilusión, y así sucesivamente. La sombra de la "Horrible Fortaleza", que parece inacabable, ¿no ha ofrecido siempre resquicios por donde entraba un rayo de luz? ¿No supone todo despertar de la ilusión un "tutor" que lo hace posible y lo conduce? ¿Cómo negar a figuras tan señeras como los iniciadores de las grandes tradiciones espirituales (que se han mostrado como "cifras" particularmente elevadas de la Divinidad) la capacidad de abolir en sí mismos la Gran Parodia? ¿Cabe negar lucidez a una "cadena" primordial cuyos eslabones, según el texto bíblico, llegan hasta Melquisedec y culminan en Cristo? Y, por último, ¿cómo no atribuir a la "marginalidad" espiritual de todas las épocas un parentesco con el profeta Elías, animada como está por un fuego semejante? ¿No le es fácil a nuestro autor reconocer en muchas de sus intuiciones, como también en su praxis, la influencia de la espiritualidad más auténtica, vigente en todas las épocas?
Como apreciará el lector, no son precisamente baladíes las cuestiones que suscita la lectura de este libro.
*Reflexiones a propósito del libro de Juan Ignacio Ferreras, “La Gran Parodia”, Madrid, 2000, Endymión.
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