La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

5 Mayo 2008

A PROPÓSITO DEL ORDEN SOBRENATURAL

1)Tener en cuenta que no sólo el hombre fue elevado al orden sobrenatural, sino también los ángeles. Dicho estado no implica en modo alguno una transformación de hombres y ángeles en la "sustancia" divina o su igualación con Cristo. Consiste en "ser destinado" a un fin sobrenatural, cuyo conocimiento sólo es posible mediante la revelación (en el caso de los ángeles no sabemos de qué revelación se trata: en cualquier caso, de un conocimiento superior al que les pertenece por naturaleza). Este fin es la visión y fruición de Dios. No es posible, por tanto, contemplar a Dios y gozar de él por las propias fuerzas. Y de ahí que sea necesario distinguir entre actos moralmente buenos y actos ajustados al fin sobrenatural. Por lo demás, el fin sobrenatural sirve de perfeccionamiento al natural.

2)Si el primer hombre fue constituído sin pecado y con toda clase de dones preternaturales y sobrenaturales, ¿cómo pudo pecar? A pesar de hallarse en una situación sobrenatural, ello no restaba autonomía a su libre albedrío, que podía optar entre una existencia centrada en Dios o una vida centrada en sí mismo y en las realidades creadas. Su "deificación" no era, pues, obstáculo para ejercer su libertad. Nuestros primeros padres no gozaban, por tanto, de la impecabilidad que caracteriza a los bienaventurados, sino que se comportaban de un modo análogo a las personas que han alcanzado un elevado peldaño en la escala mística, teniendo a su favor, es verdad, la integridad corpórea y el don de la inmortalidad.

3)Sobre la transmisión del pecado original. Si está definido que el pecado original se transmite por generación, es claro que el vehículo es el cuerpo (con todos los aspectos energéticos o psíquicos que comporta), no el espíritu, creado directamente por Dios. Ahora bien, si es el espíritu el que va acompañado del "yo", la participación en el pecado original es consecuencia de la asunción del cuerpo por el "yo". El cuerpo de nuestros primeros padres es también nuestro cuerpo. Las perturbaciones que tuvieron lugar en él son ahora nuestras. Pero la transmisión generativa no parece explicar suficientemente la herencia del pecado original. Sin embargo, la fórmula "hijos de Adán" tiene un significado, no obstante proceder el espíritu directamente de Dios y no de nuestros padres. Ellos nos transmitieron lo que eran capaces de transmitir. Su cuerpo estaba individualizado y personalizado cuando cometieron el pecado. Pero lo que nos transmiten no está personalizado hasta que lo anima el soplo divino. Con todo, el germen del que somos formados lleva en sí la impronta de la caída e incorpora las limitaciones subsiguientes.

El cuerpo no está capacitado para la visión divina. No es un pecado voluntario el original, al menos si tomamos la palabra en su acepción propia; sí lo es en cuanto que se deriva del cometido por los primeros padres.

¿Cuál es la condición del espíritu, del soplo divino que se une al cuerpo y lo convierte en un ser humano? Se trata de un principio dotado de razón y libre albedrío, pero no de dones preternaturales (excepto en algún caso concreto y no exento de ambigüedad) ni sobrenaturales.Dios condicionó estos últimos a la opción de la primera pareja. Nacemos, por tanto, en estado de naturaleza caída, también en cuanto al espíritu. Es decir, nuestro espíritu no nace adornado de tales dones, sino privado de ellos, tal como quedó Adán después de la caída. De ahí su dificultad para controlar las inclinaciones de nuestro cuerpo, él mismo marcado por el pecado. Por eso el momento del nacimiento no es el de la aparición de un cuerpo animal en el mundo, sino de un espíritu encarnado.

Así, pues, el "barro" se transmite directamente, "barro" que, en un principio, había llegado a ser un cuerpo íntegro e inmortal, espiritualizado. Al producirse la caída, empezó la división entre cuerpo y espíritu; el primero, destinado a la muerte física, el segundo, a la "muerte eterna".El espíritu creado por Dios para ser unido al cuerpo es un espíritu destinado, en principio, a la "pena de daño", a la no visión de Dios(como en nuestros primeros padres).Y, en la medida en que sigue al "fomes peccati", cae en el pecado actual, con lo cual su suerte se agrava, pues repite consciente y voluntariamente el proceso iniciado en los primeros progenitores.

¿Cuál fue el pecado de éstos? ¿La búsqueda de "poderes"? Ya disponían de no pocos "poderes". ¿Qué les faltaba entonces? Comer del "árbol de la ciencia del bien y del mal", es decir, "ser como Dios". En cierto modo, fue como si quisieran apropiarse de la condición divina, que sólo poseían "por gracia" o "por participación".

Supuesta esa intención, el espíritu se apartó radicalmente de Dios al querer igualarse a él, en tanto que el cuerpo, perteneciente de por sí al cosmos, acusó con mucha más claridad el impacto del pecado: sumisión a los elementos y no asunción de los mismos en la órbita de la "imagen divina". De ahí que fuese privado de una inmortalidad "prestada" y de todo aquello que provenía de la condición espiritual y deiforme. El "barro de la tierra" no podía quedar afectado de la misma manera que el espíritu, aunque los dos participasen de la condición divina. Al rechazar ésta, el espíritu siguió siendo espíritu, y el cuerpo, cuerpo terrestre.

4)¿Cómo describir la situación desde el punto de vista astrológico? Antes de la caída, ¿estaba el hombre en el tiempo? Para contestar a esta pregunta quizá ayude la consideración de la condición angélica. El estado angélico no implica temporalidad continua, sino duración constituída por una sucesión de actos discretos, lo que se llama "eviternidad", un estado que aúna la condición inmortal del ángel y su elevación al orden sobrenatural. En el caso del hombre, su estado anterior a la caída tuvo que ser, en lo que respecta al espíritu, la continuidad indefinida de una vida inmortal y, en lo que se refiere al cuerpo, una vida indefinida que de por sí no era connatural al mismo, pero de la que disfrutaba de un modo gratuito. Al perder la gracia, dicha vida también se pierde, con lo cual la existencia corpórea deviene limitada y mortal, en tanto que la existencia espiritual queda sentenciada a la "muerte eterna", a la no visión de Dios. Así, pues, en un principio, el hombre fue creado en el tiempo, pero en un tiempo transformado por la acción de la gracia, un tiempo elevado al orden sobrenatural.

¿Qué sentido podía tener entonces el tema astral? Si el hombre fue creado en el tiempo, es claro que se podía establecer su "tema", al menos si entendemos por tal la posición concreta de los astros, que son verdaderos "relojes cósmicos". ¿Servían ellos para medir la existencia humana que, en su situación originaria, era inmortal? Lo que expresaba dicho tema era, en primer lugar,la impronta de la creación del hombre en el tiempo cósmico, la impronta del origen: el hombre tuvo principio, pero no hubiese tenido fin (en cuanto al cuerpo) de no haber pecado. Por consiguiente, los astros sólo podían medir un tiempo indefinido, inacabable, el de la existencia inmortal. Vistas así las cosas, la caída sometió al cuerpo a un tiempo limitado e indirectamente afectó al devenir del espíritu por su conexión con el cuerpo. Por lo tanto, dicho tema podía interpretarse como la manifestación en un punto del tiempo físico de la aparición del hombre, de su creación. La interpretación sería entonces estática, más que referida al tiempo(de por sí inacabable):"Como están los planetas en este momento, así está el hombre en el universo". Tras la caída, esos planetas marcan un tiempo limitado para la existencia corpórea e, indirectamente, para la espiritual.

¿Lleva esto consigo un cambio en la identidad del hombre? En todo caso, se puede hablar de cambios en el hombre, pero no cambios de identidad. La inmortalidad supone la duración indefinida de un "yo" permanente, más allá de las transformaciones que en él acontecen.

Aquí resulta clarificadora la comparación entre la permanencia del “yo” y la de las ideas, su estabilidad. Indudablemente, éstas pertenecen al mundo de la identidad, sin el cual nada puede pensarse. Y es que toda temporalidad o duración exige el contrapolo de la inalterabilidad o permanencia. Es verdad que la permanencia de las ideas no es de la misma índole que la del "yo": una es "ideal", la otra, "existencial". Pero, en cualquier caso, la identidad sólo puede ser constatada y concebida por existencias conscientes de sí mismas, humanas o angélicas. Al igual que en el existir, en el pensar se aúnan dos polos: el que no cambia y el que cambia, la "sustancia" y los "accidentes", el "ser" y el "devenir". Lo cual nos muestra que la estructura del tiempo refleja de algún modo la mismidad plena de la eternidad y resulta inconcebible sin la referencia a ella. Por eso es posible pensar la pura identidad, o la identidad acompañada de diferencia, pero no la pura diferencia. Esta última sería el absurdo mismo, el no-ser, la nada, la cual, en rigor, no es pensable. Por lo demás, el intento consciente de vivir en la pura diferencia, puesto que va necesariamente acompañado de "mala fe", no puede ser sino satánico: paradójicamente, está permanentemente necesitado de una identidad que no reconoce; de ahí su condición vampírica. Por otra parte, tampoco le está permitido a ninguna creatura el afirmarse a sí misma como identidad pura: ello significaría usurpar la condición divina: es la posibilidad luciferina. Dicha identidad tan sólo puede ser vivida como una gracia de Dios.

¿Cómo actuaba la gracia sobre el tema astral de Adán y Eva? Puesto que la gracia implica participación de la eternidad divina, la temporalidad inserta en el tema quedaba transformada y relativizada (Dios no es una perspectiva, como lo es el hombre) y, por consiguiente, las naturales limitaciones no constituían un obstáculo para la deificación. Sin embargo, el hombre quedaba en libertad para elegir: ni la gracia se lo impedía, ni tampoco su "definición" astral o cósmica. Y la elección afectaba a su destino sobrenatural y, por tanto, rebasaba todo ámbito finito. Si el hombre era capaz de recibir la gracia, es claro que su voluntad libre estaba por encima de cualquier condicionamiento cósmico. Desde un principio fue creado como un ser natural abierto a lo sobrenatural; de él dependía la aceptación o no del plan divino. Por lo tanto, desde su creación, el hombre estaba por encima de su tema astral, ya que éste implica condicionamiento, definición, limitación, mientras que el ser "capax Dei" excluye aquellos extremos: el "barro de la tierra" está de por sí sometido a las leyes cósmicas, el espíritu goza de una inmortalidad que puede ser analógicamente descrita por referencia al tiempo cósmico; la elevación al orden divino implica un rebasamiento absoluto de toda condición. Y, en virtud de esta elevación, el ser entero del hombre queda fuera de los límites del tema astral, al menos en su forma prístina. Es decir, aunque el devenir de su cuerpo y de su espíritu sean justiciables en teoría a partir del tema astral, mediante la aplicación del esquema básico, que se temporalizaría indefinidamente, la incorporación al ámbito de la gracia hace imposible esa aplicación. En efecto, esa incorporación supone una voluntad libre, capaz de acoger la condición deiforme o de asumirla una vez recibida. Y la voluntad comporta la posibilidad de decidirse libremente, más allá de toda vinculación a condicionamientos de cualquier especie.

Es en la voluntad en donde fundamentalmente radica la mismidad o identidad, que no puede ser alterada por ninguna cicunstancia, ya que ello implicaría la destrucción del sujeto. Y éste es simple e irrepetible. Por eso la conocida objeción basada en la simultaneidad de dos o más nacimientos no invalida la astrología, si es que ella permanece dentro de sus límites, que son los del campo de despliegue de la individualidad, la cual siempre viene supuesta. En cualquier caso, la proximidad entre dos esquemas astrales puede ser extrema, sin que ello implique en modo alguno una identidad entre las respectivas individualidades. Cada individuo es lo que es y su realidad es irreductible a la de cualquier otro.

5)¿Cómo se traduce la caída en el tema astral de los primeros progenitores? El rechazo de la gracia redundó en perjuicio de la libertad, que quedó vulnerada y, a partir de entonces, experimentó un movimiento de arrastre hacia el ámbito corpóreo, él mismo sometido a la muerte y a los condicionamientos cósmicos más negativos. Al ser arrastrada a la órbita de los ángeles caídos, la naturaleza humana tiende a negarse a sí misma, con lo cual los "aspectos" astrales maléficos o conflictivos tienden a imponerse sobre los armónicos. Esto significa que, aun manteniéndose la libertad de la voluntad, ella propende a elegir el mal antes que el bien, a seguir el camino fácil antes que el difícil. En este sentido, el tema de Adán es aquí representativo del estado en que queda la humanidad tras la caída. La diferencia está en que Adán y Eva fueron creados en estado de justicia y santidad originales, en tanto que sus descendientes ya no nacen en estado de gracia, sino justamente en la condición de naturaleza caída.

6)¿Qué consecuencias tiene el hecho de la caída en cualquier tema astral? En cuanto al cuerpo: los diferentes "aspectos" hay que interpretarlos subrayando los conflictivos antes que los armónicos. En lo que se refiere al espíritu: en su condición de encarnado, el espíritu se ve no poco perturbado por su unión con el cuerpo, incluso en acontecimientos que se relacionan con el entendimiento, que puede verse indirectamente afectado por la sensibilidad o por las emociones. Queda a salvo la voluntad, en donde reside propiamente la autonomía del ser. Y si es cierto que puede dejarse arrastrar por las pasiones, es libre en cada caso de optar en un sentido o en otro.

Esta es la situación en el momento del nacimiento.Cuando la persona recibe el bautismo (también el de deseo), las tendencias armónicas del tema se robustecen, al menos en su raíz.

4)La repercusión del pecado original en el cosmos entero

Puesto que el hombre fue elevado al orden sobrenatural desde el primer momento de su creación, sus actos podían afectar al cosmos desde su propio ámbito, a caballo entre Dios y el universo. Por eso, a pesar de ser creado con posterioridad a los demás seres, su caída pudo alcanzarles a todos. Lo que es ontológicamente superior influye sobre lo inferior, aunque su "caída" en el tiempo sea posterior al nacimiento de los seres inferiores. "Todo ha sido hecho para el hombre". Pudo ser, por tanto, que Adán y Eva, representantes del "hombre acabado", surgiesen en el atardecer de la historia, a pesar de lo cual las consecuencias del pecado se dejaron notar desde el principio en la naturaleza (no en vano el espíritu del hombre está por encima de los hechos, en el mundo de las "Ideas"). Es el acto de la creación del hombre, su animación por el Espíritu divino, lo que le hace quedar sustraído en parte al tiempo y a la sucesión. Será que el espíritu humano, como el angélico, se mueve en un "tiempo discreto", salvatis salvandis? Si el ente humano es a imagen y semejanza de Dios, su espíritu se situará, en cierto modo, en la eternidad, con lo cual sus actos podrán repercutir en el cosmos, situado en la pura temporalidad sucesiva. Así, el hombre aparece en un determinado momento de la historia en cuanto a su cuerpo, pero, por su espíritu, es "coetáneo" de Dios y, por tanto, "intemporal". Y un ser inmortal bien puede influir sobre los mortales, pues, a semejanza de Dios, "está por encima del tiempo". Por la misma razón y "a fortiori", la redención de Cristo, habiendo sido operada al atardecer de la historia, se aplica también a los hombres que vinieron antes de Cristo. Y, por idéntica razón, nuestras oraciones pueden aplicarse por quienes vivieron antes que nosotros(de un modo análogo a como nuestros pecados retrasan u obstaculizan la salvación del mundo). La clave de todo está en que nosotros los humanos, aun situados en el tiempo, somos capaces de entrar en contacto con la eternidad. Y nuestra actitud ante ella y, por consiguiente, ante Dios, influye en el cosmos entero, más allá de la aparente "irreversibilidad" del tiempo. De ahí que la oración y, en general, toda la vida sobrenatural, pueda incidir sobre acontecimientos pasados, vividos de manera frustrante o desgarradora, para recuperarlos e insertarlos en su verdadera dimensión. En esta línea van algunas plegarias bíblicas (sobre todo en los Salmos), que piden a Dios la "absolución de aquello que se me oculta o de culpas o pecados cometidos en la juventud o en la vejez". Se trata, en definitiva, de una apelación al Eterno, de una participación en su ser, a fin de superar las imperfecciones o faltas derivadas de nuestra condición temporal. Lo cual nos lleva a concluir la relación entre las malas actitudes del futuro y las dificultades del pasado (al fin y al cabo, las malas actitudes, como las buenas, nos colocan ante la eternidad).

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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