PERCEPCIÓN E INTUICIÓN EN RAYMOND ABELLIO (I)
I.Introducción
A pesar de la radicalidad de sus planteamientos y de su incidencia en casi todos los ámbitos del pensar filosófico, la figura de Raymond Abellio(1) continúa siendo marginal dentro del movimiento fenomenológico. Su insistencia en el enorme alcance de la revolución husserliana (a la que reconoce un vigor pocas veces igualado en la historia del pensamiento y una capacidad indudable de superar todo esquema puramente conceptualista) no ha encontrado todavía suficiente eco en una época en la que, agotados, en buena parte, los recursos del pensamiento moderno, parece indispensable abrir nuevas vías más allá de cualquier estancamiento esteticista o "postmoderno".
Para nuestro autor, Husserl aparece justamente en el momento en que las categorías lineales de la ciencia "cartesiana" entran en crisis y en el que la exigencia de "enumeración completa" de las variables deviene insostenible. Husserl invierte a Descartes y, manteniendo como él, el proyecto de una fundamentación radical de la ciencia, reintroduce el mundo en la conciencia.Por eso la fenomenología trascendental abre en Occidente una nueva era, cuya importancia apenas sospechan muchos filósofos y científicos.Y es que, más allá de las categorías de la lógica formal, el Yo trascendental, a diferencia del ego banal, no es una especie de afirmación distraída del yo, sino la toma de conciencia de la conciencia misma, un poder vivido, cuya asunción reclama una ascesis intelectual peculiar, algo que ciertos fenomenólogos ya hicieron constar en su momento y que desemboca en una vía menos demostrativa que intuitiva.De ahí que, en un sujeto dado, la emergencia de dicho poder tenga poco que ver con el saber científico acumulado: para utilizar la terminología heideggeriana, pertenecería al orden de lo ontológico, no de lo óntico(2).
Abellio pretende desarrollar los postulados fenomenológicos de racionalidad, llevando a sus últimas consecuencias el desideratum husserliano (que aparece sobre todo en las Meditaciones cartesianas y en las Ideas), a saber, el de "una plena, íntegra y universal toma de conciencia de sí mismo, monádica primero, intermonádica después".Ello requiere la puesta en marcha de una fenomenología genética(a la que, por lo demás, alude Husserl en algunos pasajes, sin llegar a tematizarla debidamente), cuyo primer hito es justamente el análisis de la percepción.De ello nos ocupamos en las páginas que siguen.
II.Génesis del Yo y estructura de la percepción
1.La proporción como rebasamiento de la relación
Entre el momento de la concepción y el del nacimiento, yo no soy aún ser-en-el-mundo, sino ser-antes-del-mundo, formo parte de lo que podríamos llamar la "indiferenciación" premundana.¿Cuál es el yo que habla aquí y qué tiene de común con el que es antes del mundo? R.Abellio pone de manifiesto la ilusión de toda explicación genética, que nunca puede ser radical, pues se apoya siempre sobre el saber actual de aquello que la génesis debería explicar.El yo que habla dirige su mirada objetivante sobre el embrión que fue y, por consiguiente, sólo podemos aceptar su visión con reservas.Una visión imperfecta y doblemente ingenua: objetivamente, porque contempla "mi" embrión desde fuera y, desde el punto de vista subjetivo, porque adopta una perspectiva localizada y, en cualquier caso, limitada de este embrión.Todo discurso radical sobre mi génesis, es decir, sobre la plena constitución en mí del tiempo y de la historia no puede ser sino una tentativa de superación de la visión ingenua.Cabe incluso pensar que la necesidad insoslayable que tenemos de establecer por doquier estructuras invariantes no hace más que expresar mi confianza en la posibilidad de semejante superación.Pero continuemos con la descripción de la génesis del yo.
Es mi nacimiento el que constituye la segunda etapa de esta génesis.Al aparecer en el mundo, se crea la primera distancia, el primer Mit-sein(Abellio utiliza aquí la terminología heideggeriana de un modo genérico y sin comprometerse demasiado), aunque yo no sea todavía consciente de él: una trascendencia se ha abierto a los ojos de todos, una trascendencia que "me" constituye en ser autónomo sin yo saberlo.Será a lo largo de la infancia cuando el poder distanciador de mis sentidos alejará paulatinamente al mundo de mí o, para decirlo con más exactitud, intensificará esta trascendencia.Y llamaremos "bautismo" al instante en que me hago cargo, por así decirlo, de mis sentidos y percibo conscientemente una relación entre el mundo y yo.En ese mismo momento, yo llego a ser sujeto y él aparece como mundo de objetos.
Queda todavía otra etapa, que denominaremos "comunión" y que es una intensificación del "bautismo".Accedemos a ella cuando alcanzamos la conciencia de ser sujetos en un mundo de sujetos(3).
Se nos objetará-señala Abellio- que, al hablar de "bautismo" y "comunión" como de instantes tan claramente determinados en su génesis como los de la concepción y el nacimiento, simplificamos las cosas, sustituyendo el comportamiento efectivamente vivido por una descripción tematizada del mismo.El argumento sería válido si quisiéramos hablar del "bautismo en sí" y de la "comunión en sí" aisladamente.Pero lo que nos importa captar aquí es la relación entre ambos, el movimiento vital de flujo y reflujo que va de uno a otro.
Para nuestro autor, el "bautismo" es el umbral previamente al cual vivimos en estado de dualidad prerreflexiva con el mundo.Ahora bien, toda dualidad, de cualquier índole que sea, es siempre un estadio dialéctico inestable o, mejor, pseudo-estable, que implica siempre una génesis y reclama una superación: entre dos polos jamás puede existir un equilibrio propiamente dicho.Una relación no es más que la emergencia visible de una "proporción", es decir, de un ciclo de relaciones que comporta la multiplicación, intensificación y transmutación de los polos en presencia, una cuestión en la que no basta con rebasar (a la manera de Lévi-Strauss) el "ámbito de los términos";también es necesario elevarse a la noción de "proporción", que exige la "clausura sobre sí" de un agrupamiento de relaciones y de transmutaciones de sus términos.
Todo el problema está en comprender bien el sentido de este doble tránsito: del término a la relación como "emparejamiento de términos", y de la relación a la proporción como "emparejamiento de relaciones".Llegamos así al primer "teorema" de la fenomenología genética:"La percepción de relaciones pertenece al modo de visión de la conciencia «empírica», mientras que la percepción de proporciones forma parte del modo de visión de la conciencia «trascendental»"(4).
Ahora bien, la demostración de este teorema exige la previa definición o, al menos, la ilustración de una serie de nociones, como aparecerá con claridad en el análisis de la percepción.
En la visión natural o empírica, yo me veo en estado de dualidad simple: el objeto está frente a mí, yo lo percibo.Pero si procedemos a "percibir esta percepción", como diría Husserl, veríamos cómo el objeto percibido se eleva sobre un fondo que no puede ser tematizado como tal, que no cae bajo una percepción efectiva, pero que, sin embargo, hace efectiva toda percepción.Pero, además, surge otra dualidad del lado del percipiente: en la medida en que mis ojos, por ejemplo, perciben el objeto, se levantan sobre otro "fondo", el de la totalidad de mi cuerpo, que permanece pasiva y, no obstante, hace posible la visión.
El objeto considerado y mis ojos no son, pues, sino emergencias locales de una realidad global en la que se arraigan.Cualquier otro modo de ver las cosas resultaría alienante.Nos encontramos, por tanto, con la proporción:
objeto:mundo::sentido:cuerpo
Ahora bien, ésta es una visión sincrónica.¿Cómo introducir aquí la diacronía? Para Abellio, la cuestión de si lo primordial es el mundo o el cuerpo carece de sentido dentro del "sistema" de la interdependencia universal. Así, por ejemplo, podemos ver las cosas como si, en un primer momento, el mundo, por esencia activo(+), activase para mí un objeto hasta entonces pasivo(-); en un segundo momento, el objeto activado(+) se impone a uno de los órganos de los sentidos, que entonces aparecerá como pasivo(-); el tercer momento asiste a la activación de este órgano(+), que actúa sobre la totalidad del cuerpo, hasta ahora pasivo(-), y lo "impresiona"; finalmente, en el cuarto momento, el cuerpo a su vez activado(+) se vuelve hacia el mundo, que ahora es pasivo(-), cerrando así el ciclo.O bien, podemos considerar que el punto de origen está en la globalidad de mi cuerpo, que se muestra activo(+) y se vuelve hacia el mundo, por el momento pasivo(-), iniciando así su particular ciclo perceptivo.Lo importante, según nuestro autor, es percatarse del carácter circular de la proporción en su despliegue diacrónico.
Mis sentidos, a través de su poder diferenciador, tienen como misión reducir los objetos del mundo, en tanto que mi cuerpo, por su poder integrador, posee la facultad de reintegrar en él los objetos separados, abriéndose así a un nuevo modo del mundo.Por tanto, si, desde una perspectiva, el mundo se encarna en nosotros, desde otra somos nosotros quienes espiritualizamos o transfiguramos el mundo.
El proceso puede representarse gráficamente mediante una esfera, cuyo ecuador asiste al afrontamiento yo-mundo, figurado por dos diámetros que se cortan, determinando cuatro polos(los de la proporción), que, en sus relaciones, engendran dos sentidos de giro inversos(del mundo al yo y viceversa); y cuyos hemisferios representan el doble movimiento("encarnación" y "espiritualización") derivado del encuentro yo-mundo.Es el modelo universal de la "estructura absoluta", que, según Abellio, es susceptible de ser aplicado a otros niveles: el de las intuiciones eidéticas, el de la emergencia del Yo trascendental, etc.
En cuanto a los cuatro "umbrales" que aparecen en el proceso de la percepción, Abellio los denomina de la siguiente manera: el tránsito del mundo activo al objeto aún pasivo es la "concepción" de mi percepción, de la que, en rigor, yo estoy "ausente"; el paso del objeto activo a mis ojos aún pasivos es el "nacimiento" de mi percepción: yo todavía estoy "ausente", pero, a través de la apertura de mis ojos, yo vengo al mundo a los ojos del mundo; al movimiento que va de mis ojos activos a mi cuerpo pasivo, que empieza a despertar para reconocer el objeto percibido y transformarlo en "instrumento" que acrecienta su poder, lo denominamos "bautismo" y, a través de él, yo hago finalmente "acto de presencia"; por último, el tránsito de mi cuerpo activo al mundo pasivo comporta la utilización del "instrumento" con vistas a una nueva relación con el mundo(lo que equivale a una universalización del mismo): es lo que llamamos "comunión" de mi percepción(5).
Si consideramos los cuatro "umbrales"(opuestos dos a dos y que se sitúan en el ecuador de la esfera que nos sirve de representación gráfica) y las dos direcciones polares(la ascendente y la descendente), tendremos seis direcciones anisótropas, que, junto con el centro, en donde todo confluye, determinan el "senario-septenario" de la "estructura absoluta", un modelo capaz de superar, en opinión de nuestro autor, toda visión lineal o puramente empírica.En efecto, sólo la visión de la proporción subyacente a toda relación hace posible la perspectiva "esférica", la única totalizadora.Y Abellio subraya que la "díada", en la medida en que se retrotrae a una visión por simple yuxtaposición y, por consiguiente, cuantitativa, participa de algún modo del estado infantil o "prebautismal".De lo cual se sigue que la llamada ciencia objetiva, que sólo estudia relaciones entre objetos, permanece, en este sentido, "prebautismal", pues no rebasa la alienación inherente a la noción de "relación".Y esta alienación, que es de esencia "óntica"(en el sentido heideggeriano), resulta indisociable de la "utilidad", de la tendencia a "instrumentalizar" el mundo.
No obstante, lejos de destruir la relación, la proporción la integra.Si representamos la primera por la superposición de dos signos literales o numéricos, por ejemplo, a/b, observamos que la relación no es simplemente dual, sino trina:la línea que une o separa a ambos signos no es otra cosa que el símbolo del intelecto que los contempla, en su doble función disociadora y reintegradora.La separación, reducción o disociación crea la distancia en el mundo, o, dicho en términos lógicos, amplitud o "extensión", de índole cuantitativa.En cuanto a la segunda función, integradora, retoma esta amplitud para otorgarle una propiedad nueva: en esta separación establece una jerarquía, a través de la cual trasciende aquella distancia o trascendencia y, en cierto sentido, la suprime, introduciendo así la cualidad en el mundo.La relación a/b o a:b oculta, pues, otra riqueza, la cual viene dada por el hecho de que uno de los términos se coloca sobre el otro.¿Qué significa esto? Que toda relación crea un sentido, una intensificación de la amplitud y añade a la extensión un suplemento de comprehensión.Si digo, por ejemplo, A es mayor que B, establezco una relación entre ambos términos, pero la aproximación instaurada entre ellos agrega a la totalidad que forman un valor cualitativo que ninguno de ellos poseía antes.La relación citada oculta así la proporción "A es a B como la grandeza es a la pequeñez".¿No pertenecerá esta segunda relación,"La grandeza es a la pequeñez"(de mayor extensión que la primera, aunque de menor comprehensión) al ámbito de aquellas intuiciones abisales o "síntesis pasivas" de que habla Husserl y que son el sostén originario de toda existencia?.Lo esencial aquí es reconocer que el descubrimiento de la proporción oculta o implícita en toda relación viene a intensificar esta misma relación.Por eso, si la amplitud, ligada a la separación, a la reducción, era de esencia cuantitativa, la intensidad, vinculada a la integración, a la reunificación, es de índole cualitativa.La primera tiende a abrir el espacio, la segunda es indisociable de la abolición del tiempo(6).

José Luís Samper dijo
¿Cómo afectaría a este análisis de la percepción si se tomara como referencia no la visión, sino el oído?. Creo que todo toma otra dimensión... Y es como la conciencia se abre a la palabra que viene "de lo alto".
21 Abril 2008 | 08:58 AM