
Según las tradiciones más antiguas que han llegado hasta nosotros, el centro ritual primordial, es decir, aquel sector del mundo físico en el que los seres aparecen como inmersos en la energía trascendente y como manifestación de la "sobrenaturaleza", fue una "tierra pura en medio de las aguas", una Isla Santa cuyos efluvios se comunicaban al resto de la tierra a través de las olas del océano. Es lo que, según Pierre Gordon, encontramos en la civilización de Kronos y de Urano y que luego fue transmitido a la de Poseidón. Es la noción occidental por excelencia, la de la Thule primordial, de cuya localización boreal no cabe la menor duda: como precisa Homero en la Odisea al hablar de "Ogygia", está situada en la vertical de la Osa Mayor, que jamás se pone en aquellas latitudes. Por otra parte, nos habla Plutarco de un viajero que residió durante treinta años en la Isla Santa y que, al volver de su viaje, dijo haber visto allí a Kronos sumergido en un sueño perpetuo y rodeado de una multitud de "demonios", que se comportaban como sus servidores, una alusión a la "prisión" en la que Zeus habría confinado a su "padre". Todo parece indicar que nos encontramos ante una descripción exacta de la realidad, cuyo significado comprendemos fácilmente a poco que estemos informados de los prodigios de catalepsia que se operan todavía hoy en algunos monasterios de Asia central. En la organización teocrática antigua, Kronos era el título del gran teurgo, y está fuera de toda duda que este eminente dignatario residía en una isla noroccidental. Más tarde, nos encontramos con Hades o Plutón, su doble en la organización teocrática más reciente, que residía probablemente en la península itálica (apenas es necesario referirse a la riqueza de este aspecto diacrónico de la teogonía en sus diferentes estadios, sin hablar de sus conexiones con el simbolismo astrológico).
De esta Isla Santa, en la que se manifiesta la "sobrenaturaleza", vinieron los dioses, cuya labor civilizadora se extendió por todos los continentes. Por lo demás, la historia hace referencia a particularizaciones de la Thule primordial, por ejemplo, la Atlántida.
Al final del neolítico y en conexión con la liturgia diluviana, la segunda teocracia, la que se remonta a Noé propaga una concepción ritual más reciente, la de la Gran Montaña o Montaña Santa. Así aparece en las distintas tradiciones: el Albordj en la tradición iraniana; la montaña de Caf, en la musulmana; el Meru, entre los hindúes y tibetanos; la montaña de los Profetas, en la tradición abrahámica; el Olimpo de los helenos; el Ararat bíblico, etc. El centro de irradiación de la Gran Montaña fue la región armenio-caucasiana; no en vano es el escenario en el que Zeus vence a los Titanes y castiga a Prometeo y en donde se sitúa una de las antiguas iniciaciones, la del Cordero o Carnero (el Vellocino de Oro que Jasón va a conquistar a Cólquide no es otra cosa que el trofeo que se otorgaba al vencedor en las pruebas iniciáticas). Por lo demás, es la zona en la que se efectúa una importante localización del mundo subterráneo (inseparable de la Montaña y de la Isla y que, en relación con ésta viene sustituído por una corriente, un vado o un estrecho) y de la que parte el impulso colonizador de los hijos de Noé, cuya equivalencia con la tríada Zeus-Plutón-Neptuno o la tríada del "Agartha" Brahatma-Mahanga-Mahatma no es difícil de documentar (por otra parte, se ha aludido en algunas ocasiones al episodio evangélico de los Magos, representantes o embajadores en su época de esta jerarquía).
Como en el caso de la Isla, existen centros secundarios en distintos lugares de la tierra, pero todos se remiten a la Montaña primordial, la cual es, en el interior de un continente, algo así como una analogía de la isla en medio del océano. De todos modos, la anterioridad ritual de la Isla sobre la Montaña es clara si tenemos en cuenta que la primera es puesta en relación con el número del signo cruciforme, 4 ("La Isla de los Cuatro Maestros"), más antiguo que el 12, con el que guarda afinidad la Montaña y cuyos vestigios detectamos, por ejemplo, en el Colegio de los 12 Salianos, instituido por Numa, en los 12 Hermanos Arvales, en las 12 tribus de Israel, en las 12 piedras con las que el profeta Elías construye el altar sobre el que haría descender el fuego del cielo.
En todos los pueblos, la Montaña fue un emplazamiento sacrosanto en el que el pensamiento humano se sustraía al mundo fenoménico y accedía al mundo divino. Así, en el Rig Veda se habla del pico Mujâvant, en el que crece el soma, traído del cielo por un águila. En Irán, Feridum, que ha de librar al país del usurpador Zohak, es ocultado por su madre en un bosque, en la cima de la Montaña Santa, y allí es alimentado por una vaca sagrada. Zal, el padre de Roustem, es igualmente expuesto sobre la Montaña sagrada, lejos de la muchedumbre, y el Simurg, ave gigantesca, lo transporta a su nido y lo nutre con ternura. Nos encontramos aquí con símbolos iniciáticos absolutamente transparentes, que nos revelan su sentido pleno cuando pensamos en El-Shaddaï bíblico, en este Dios de la Montaña al que dieron culto, bajo diferentes nombres, las generaciones humanas civilizadas por la teocracia surgida de Noé.
En cuanto al "mundo subterráneo", decíamos más arriba que, en los orígenes, fue inseparable, como concepción ritual, de la idea de montaña. No era otra cosa, en efecto, que la caverna o excavación que se hundía en el interior de la montaña. Allí se pasaba el tiempo de ascesis, el período iniciático de muerte, gracias al cual el pensamiento se liberaba del mundo fenoménico (no es extraño que en La República, el mito de la caverna ocupe un lugar central, ininteligible para quien desconozca las verdaderas fuentes en que se inspira el pensamiento de Platón). Originariamente, la expresión "los infiernos" (como el "Hades" griego o el "Sheol" bíblico) no designaba, pues, el reino de los muertos", sino el reino de los que "han muerto al mundo", al universo de los fenómenos. A la larga, el término se aplicó también a amplias ámbitos al aire libre, que eran considerados como espacios sagrados y pertenecientes al "más allá". Allí se desarrollaban actividades semejantes a las del mundo profano, pero realizadas con un espíritu muy diferente. Por otro lado, las concepciones primordiales relativas a la Isla Santa alteraron paulatinamente la imagen del "mundo subterráneo". Por eso en todos los pueblos nos encontramos con extensiones de agua que hay que franquear para alcanzar el país de los Bienaventurados. Tales ríos o lagos, alojados en las profundidades del suelo, son un vestigio del estrecho que primitivamente había que atravesar en la "barca de la salvación" para llegar a la "Tierra pura en medio del océano". Más aún, el himno órfico a Pan hace referencia a los cuatro ríos del mundo subterráneo. Aquí es fácil ver una extensión, al mundo ritual subterráneo, de las concepciones fundamentales inherentes a la Isla de los Cuatro Maestros, basadas en la división cuatripartita del espacio que expresa el signo de la cruz. Por la misma razón, el capítulo segundo del Génesis nos habla de los cuatro ríos del Paraíso.
En la época de la teocracia neolítica, las tres nociones rituales(Isla, Montaña y Mundo subterráneo (o "infiernos") aparecen estrechamente unidas: el descenso al mundo subterráneo o el viaje a los infiernos se encontraba en conexión con la ascensión de la Montaña y la travesía hacia la Isla. Se trataba siempre de pasar de la condición de hombre (sometida al imperio de lo sensible) a la del superhombre primordial (inmerso en el mundo de la sobrenaturaleza).
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