La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

4 Marzo 2008

SOBRE EL SIMBOLISMO DE LA CRUZ

Siempre y por doquier se asocia la cruz a la actividad vivificadora del cielo, a su acción fecundante. El conjunto de las dos rectas perpendiculares que, al intersectarse, dan lugar a la cruz de ramas iguales, es la expresión de una fuerza central cuyo influjo se manifiesta a la vez en las cuatro direcciones. Conviene notar que, en el simbolismo más primitivo, el punto de intersección queda en blanco, es decir, no se representa, justamente para poner de relieve la trascendencia de la fuerza que, apareciendo en el ámbito espacial, permanece exterior a él. Y es que, en realidad, las cuatro ramas, que simbolizan el universo (en varias lenguas antiguas, el término significa literalmente, "las cuatro regiones del cielo" o "los cuatro lados"), se derivan del centro inaccesible y trascendente (la "quintaesencia"). Por eso el signo cruciforme figura las relaciones fundamentales entre la realidad extraespacial y ultrafísica y el cosmos fenoménico.

Así, pues, la cruz es al mismo tiempo signo de revelación y de ocultación. Lo primero, porque las "cuatro regiones" constituyen el despliegue espacial de la energía central; lo segundo, porque dicho despliegue, vinculado a la "caída" en la cárcel del espacio-tiempo, nos coloca a distancia de aquella energía.

Al símbolo de la cruz, vinculado desde siempre a esta experiencia, se le asociaron con posterioridad ideas más complejas. El punto central apareció luego rodeado de ocho figuras (cuatro en los puntos cardinales y otras cuatro en los colaterales, lo que trae inmediatamente a nuestra memoria los trigramas del Yi-King). Se llega así al número 9 (8+1).

En ciertos casos, se agregan a las anteriores otras cuatro figuras, lo que nos lleva al número 13, que, a partir de una cierta fecha, fue para la gran tradición el más importante de los números sagrados (baste pensar que, en la qabalah más antigua, 13 es el valor numérico de "El", Dios; o, también, que el valor del vocablo hebreo "ejad", "uno", es asimismo 13). Dicho número (12+1) surge de la tripartición del espacio, ligada en el ámbito hindú a las guna de la filosofía samkhyâ (sattva o "bondad" es la cualidad del "cielo"; rajas o "pasión", la índole de la "atmósfera"; tamas u "oscuridad", la característica del "mundo subterráneo"). División semejante a la que encontramos en la Roma primitiva: según Dumézil, la tríada Júpiter-Marte-Quirino enlaza con la jerarquía de las funciones sociales (magia-guerra-fecundidad). Cada una de las tres zonas o dimensiones del espacio posee sus cuatro regiones. Y es aquella tripartición del espacio lo que da origen a los 12 signos zodiacales. La importancia del número 12 en la tradición primordial no viene del hecho de que hubiese 12 signos del Zodíaco, sino a la inversa: la estructura zodiacal proviene del simbolismo originario del número 12.


La astrología tradicional utilizaba la representación cuadrada del "tema astral". Las casas se trazan no sobre el cielo, a la manera de las líneas que separan los signos zodiacales, sino sobre la tierra, alrededor de un punto central, que es el recién nacido o el sujeto: así se expresa mejor el origen del "armazón" zodiacal a partir del signo cruciforme. Pues, como señala Pierre Gordon, la forma cuadrada es la que mejor plasma la condición del ser humano, que, por el hecho de nacer, "lleva su cruz" o, lo que es igual, el peso del mundo fenoménico en el que nos tiene exiliados la "caída" original. Por eso la representación en cuestión expresa la dialéctica revelación-ocultación mejor que la circular, que después se impuso de manera casi universal.

No es de extrañar que, posteriormente, el símbolo cruciforme se haya convertido en el símbolo cristiano por antonomasia. Al sufrir muerte de cruz, "El que descendió de los cielos", el "Hijo del Hombre que está en los cielos" llevó a su plenitud la iniciación primordial y, trazando con su cuerpo el signo de la revelación-ocultación en la prisión del espacio-tiempo, otorgó a la humanidad la Redención, la posibilidad de liberarse definitivamente.


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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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