SOBRE EL SIMBOLISMO DE LA CRUZ

Siempre y por doquier se asocia la cruz a la actividad vivificadora del cielo, a su acción fecundante. El conjunto de las dos rectas perpendiculares que, al intersectarse, dan lugar a la cruz de ramas iguales, es la expresión de una fuerza central cuyo influjo se manifiesta a la vez en las cuatro direcciones. Conviene notar que, en el simbolismo más primitivo, el punto de intersección queda en blanco, es decir, no se representa, justamente para poner de relieve la trascendencia de la fuerza que, apareciendo en el ámbito espacial, permanece exterior a él. Y es que, en realidad, las cuatro ramas, que simbolizan el universo (en varias lenguas antiguas, el término significa literalmente, "las cuatro regiones del cielo" o "los cuatro lados"), se derivan del centro inaccesible y trascendente (la "quintaesencia"). Por eso el signo cruciforme figura las relaciones fundamentales entre la realidad extraespacial y ultrafísica y el cosmos fenoménico.
Así, pues, la cruz es al mismo tiempo signo de revelación y de ocultación. Lo primero, porque las "cuatro regiones" constituyen el despliegue espacial de la energía central; lo segundo, porque dicho despliegue, vinculado a la "caída" en la cárcel del espacio-tiempo, nos coloca a distancia de aquella energía.
Al símbolo de la cruz, vinculado desde siempre a esta experiencia, se le asociaron con posterioridad ideas más complejas. El punto central apareció luego rodeado de ocho figuras (cuatro en los puntos cardinales y otras cuatro en los colaterales, lo que trae inmediatamente a nuestra memoria los trigramas del Yi-King). Se llega así al número 9 (8+1).
En ciertos casos, se agregan a las anteriores otras cuatro figuras, lo que nos lleva al número 13, que, a partir de una cierta fecha, fue para la gran tradición el más importante de los números sagrados (baste pensar que, en la qabalah más antigua, 13 es el valor numérico de "El", Dios; o, también, que el valor del vocablo hebreo "ejad", "uno", es asimismo 13). Dicho número (12+1) surge de la tripartición del espacio, ligada en el ámbito hindú a las guna de la filosofía samkhyâ (sattva o "bondad" es la cualidad del "cielo"; rajas o "pasión", la índole de la "atmósfera"; tamas u "oscuridad", la característica del "mundo subterráneo"). División semejante a la que encontramos en
La astrología tradicional utilizaba la representación cuadrada del "tema astral". Las casas se trazan no sobre el cielo, a la manera de las líneas que separan los signos zodiacales, sino sobre la tierra, alrededor de un punto central, que es el recién nacido o el sujeto: así se expresa mejor el origen del "armazón" zodiacal a partir del signo cruciforme. Pues, como señala Pierre Gordon, la forma cuadrada es la que mejor plasma la condición del ser humano, que, por el hecho de nacer, "lleva su cruz" o, lo que es igual, el peso del mundo fenoménico en el que nos tiene exiliados la "caída" original. Por eso la representación en cuestión expresa la dialéctica revelación-ocultación mejor que la circular, que después se impuso de manera casi universal.
No es de extrañar que, posteriormente, el símbolo cruciforme se haya convertido en el símbolo cristiano por antonomasia. Al sufrir muerte de cruz, "El que descendió de los cielos", el "Hijo del Hombre que está en los cielos" llevó a su plenitud la iniciación primordial y, trazando con su cuerpo el signo de la revelación-ocultación en la prisión del espacio-tiempo, otorgó a la humanidad la Redención, la posibilidad de liberarse definitivamente.
