La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

18 Febrero 2008

LA ESCALA DE JACOB

“Así, pues, hermanos, cantemos este salmo de subida los que hemos de subir en el corazón, pues para que subamos bajó a nosotros (Cristo). Jacob vio la escala y en ella se le mostraron ángeles que subían y bajaban. Ambas cosas vio. Podemos suponer que a quienes vio simbolizaban a los que aprovechan, y a quienes vio bajar a los que desfallecen, porque, sin duda, encontramos esto en el pueblo de Dios, pues unos aprovechan y otros desfallecen. La escala podía simbolizar esto; pero quizás más bien se entiende que son los buenos los que suben y bajan por la escalera, pues con razón se dijo que bajan, no que caen. Gran diferencia existe entre bajar y caer. Porque cayó Adán bajó Cristo: el primero cayó, el segundo descendió; aquél cayó por la soberbia, éste bajó por misericordia. Sin embargo, no sólo baja Él. Del cielo ciertamente sólo baja Él; pero muchos santos, imitándole, bajan y bajaron a nosotros, pues el Apóstol moraba en cierta altura del corazón cuando decía: Ya salgamos con la mente para Dios. Lo que había sobrepasado con la mente, para Dios lo había hecho. Sobrepasando con la mente toda la fragilidad humana, todo lo temporal del siglo, todas las cosas que de cualquier modo que sean desaparecen naciendo y muriendo, traspasando todas estas cosas pasajeras, hablaba con el corazón en cuanto podía, en cierta inefable contemplación, de la cual dice que oyó palabras inefables que no es dado expresar al hombre. Ciertamente no pudo expresártelas a ti; sin embargo, él pudo ver de cualquier modo las cosas que no pudo expresarte. Si siempre hubiera querido permanecer en la visión que no podía declarar, no te hubiera levantado a donde puedas verla tú. ¿Qué hizo, pues? Descendió, porque allí dice: Ya salgamos con la mente para Dios, ya nos acomodemos a vosotros. ¿Qué quiere decir ya nos acomodemos? Hablamos de tal modo que podáis entender. También Cristo se hizo tal naciendo y padeciendo para que los hombres pudieran hablar de Él, ya que el hombre con facilidad habla del hombre, mas de Dios, ¿cuándo habla el hombre del modo que Dios es? Sin embargo, del hombre habla el hombre fácilmente. Luego para que los grandes descendiesen a los párvulos y, con todo, sólo les hablasen cosas grandes, el que era grande se hizo pequeñito para que los grandes hablasen de Él a los pequeños. Cuando se leía al Apóstol, oísteis lo que acabo de decir ahora. Si os fijásteis, dijo esto: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales. Luego a los espirituales habla desde las alturas; sin embargo, para hablar a los carnales baja. Para que sepáis que cuando desciende habla de Aquél que descendió, oíd a Juan, que, permaneciendo en Él, habla de este modo: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Éste existía en el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho. Entiéndelo si puedes; apodérate de ello; es alimento. Quizás has de decirme: “Él es alimento, yo soy niño; debo ser amamantado para hacerme capaz de comer el alimento.” Como tú debes ser alimentado con leche y Él es manjar sólido, por eso este manjar pasó a tus fauces mediante la carne. Del modo que la madre come el manjar para dárselo al infante hecho leche mediante la carne, así el Señor, pan de los ángeles, hecho carne, se hizo leche. De aquí que dice el Apóstol: Leche os di a beber, no manjar, porque todavía no érais capaces, ni aun ahora lo sois. Luego, dando leche, bajó a los niños; y porque descendió, dio bajando. Y así dice: ¿Acaso me propuse saber algo entre vosotros fuera de conocer a Cristo, y a éste crucificado? Si hubiera dicho solamente: Fuera de conocer a Cristo, se hubiera entendido también por Jesucristo en cuanto a la divinidad, en cuanto a que era Verbo en Dios, en cuanto a que Jesucristo era Hijo de Dios; pero dicho de este modo no lo comprenden los pequeños. ¿Cómo lo comprenden los que toman leche? Diciendo: A Jesucristo, y a éste crucificado. Mama lo que se hizo para ti y crecerás hasta llegar a ser lo que es Él. Hay quienes suben y quienes bajan. En aquellas escalas, unos suben y otros bajan. ¿Quiénes suben? Los que progresan hasta llegar al conocimiento espiritual. ¿Quiénes bajan? Los que, en cuanto pueden siendo hombres, aun cuando se gocen con el conocimiento de las cosas espirituales, descienden, sin embargo, hasta los párvulos para enseñarles las cosas que pueden percibir; y así, alimentados con leche, puedan hacerse capaces y fuertes para tomar el alimento espiritual. También Isaías, hermanos, fue para nosotros de los que descienden, puesto que aparecen en él los mismos grados del que desciende, ya que, al hablar del Espíritu santo, dice: Reposarán sobre Él (sobre Cristo) el espíritu de sabiduría, y de entendimiento, el espíritu de consejo y de fortaleza, el espíritu de ciencia y de piedad, el espíritu de temor del Señor. Comienza por la sabiduría y desciende hasta el temor. Como descendió desde la sabiduría hasta el temor el que enseñaba, tú que aprendes, si aprovechas, sube del temor a la sabiduría, pues se escribió: El comienzo de la sabiduría es el temor de Dios. Luego oíd ya el salmo. Pongamos ante nuestra mirada al hombre que ha de subir. ¿En dónde ha de subir? En el corazón. ¿De dónde ha de subir? De la humildad, es decir, desde el valle de lágrimas. ¿Adónde ha de subir? A lo inefable, a lo que, no pudiendo ser expresado, se denominó, al lugar que estableció.

San Agustín, “Enarraciones sobre los Salmos”, 4º, Madrid, 1967, B.A.C., 206-208.

Una exposición breve, pero de gran alcance, la que hace san Agustín en la Enarración al Salmo 119, 2 y que es fundamental para entender un tema clave en la espiritualidad, como es el de las ascensiones y descensos del alma. Y no ya en lo que se refiere a la definición “ad extra” de la verdadera mística (la que parte de la encarnación de Cristo, frente a todas las tentativas puramente “ascendentes” o “prometeicas”), sino también en la clarificación “ad intra” de las distintas fases del itinerario espiritual, descripción que, a veces, olvida este aspecto, limitándose a hablar de una serie de etapas consideradas, sin más, como ascendentes.

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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