DEL TIEMPO A LA ETERNIDAD: "SUPREMA IDENTIDAD" Y UNIÓN HIPOSTÁTICA

Decía santo Tomás de Aquino que no es posible predecir desde el tiempo el fin del tiempo. Por consiguiente, ningún saber "natural" predictivo es capaz de anunciar el fin del tiempo.
Lo único que cabe hacer -añadimos nosotros- es anticipar una transformación decisiva, una especie de "muerte" o "crisis" radical.
El tiempo no es, pues, ilusorio, como si el paso a la eternidad fuese mero resultado de una operación "gnóstica". Según ésta, el tiempo nunca dejará de ser; pero el conocimiento puede hacernos trascender el tiempo. Naturalmente, el auténtico trascender ha de venir antes de la muerte, de manera que ésta última apenas suponga nada para el "iniciado", por lo cual tampoco hay ninguna resurrección. Para el cristianismo, la muerte va seguida de la resurrección. La plenitud del "kairós" es, por tanto, el signo de que el día de la resurrección se aproxima.
Y, a propósito de esto, ¿por qué tanta insistencia por parte de algunas doctrinas en la índole cíclica del tiempo? Es verdad que ese carácter es lo que mejor parece reflejar la eternidad, cuya "imagen móvil" es, al decir de Platón. Pues la "interminabilis vitae tota simul ac perfecta possessio", la "posesión perfecta y simultánea de una vida interminable" que encuentra su representación en una figura cerrada, sin principio ni fin, como es la circunferencia, se refleja en una espiral de revolución, que nunca consigue cerrarse, abierta como está a un movimiento sin fin.
Sin embargo, se acepta comúnmente que todas las cosas tienen un fin, pues la experiencia de la muerte es universal. Pero unos intentan superarla a través de la doctrina de la reencarnación, y otros mediante la experiencia del "advaita" (o "no-dualidad"), en el caso de quienes alcanzan la liberación. Flaco consuelo el de la reencarnación, y la prueba es que un día habrá de desembocar en el "advaita".
Ahora bien, éste último es un acto del espíritu por el que reconoce su no-dualidad con el Absoluto, no un acto del cuerpo, que "se da por perdido" en la muerte. Es verdad que en todas las tradiciones se habla de una transformación del cuerpo paralela a la experiencia de la "Suprema Identidad" (o "no-dualidad"), pero en ningún caso se habla de una resurrección como la de Cristo.
No en vano el rechazo del cuerpo es concomitante al espiritualismo, en especial el de origen luciferino que, según las religiones del Libro, tiene su origen en el desprecio de la materia por parte de los ángeles caídos; no es de extrañar, pues, la conexión de la gnosis espúrea con éstos últimos. La única doctrina lógica es, pues, la que dota al tiempo de un principio y de un fin.
En el plano individual, el principio esel nacimientodel ser, y el fin, su muerte física, tras la cual y dejando a un lado la suerte de los que alcanzan inmediatamente la vida o la muerte eternas, viene para la mayoría de los casos el Purgatorio, que concluye con la entrada en la eternidad divina.
En el plano colectivo se habla del "fin del mundo", que sólo se entiende con propiedad si lo referimos a la totalidad de la humanidad, pues el fin individual tiene un carácter todavía provisional, incluso en los casos en que la persona alcanza inmediatamente tras el óbito su suerte definiva: la resurrección tiene un carácter universal y sólo ocurre al fin del mundo.
¿Qué añade entonces el cumplimiento del "kairós", la proximidad del Reino de Dios, al decurso normal del tiempo? Lo mismo que la encarnación de Dios en Jesús añade al más alto grado "inmanente" de la presencia divina, el Avatar: frente a la "Identidad Suprema" de Dios en Jesús de Nazareth manifestada en el espacio-tiempo, la aparición de uno de sus atributos en un hombre "deiforme". Y, dado que "nadie puede subir al cielo sino el que ha bajado del cielo, el Hijo del Hombre que está en los cielos", está claro que las tentativas de las demás religiones e iniciaciones por ascender al cielo sólo hallan legitimidad en la realidad plena del Hijo.
¿Quiere eso decir que el cristianismo sería sobrenatural, a diferencia de las demás religiones, que serían naturales? Lo correcto es decir que todas las religiones son sobrenaturales en cuanto que se fundan en Cristo y remiten a él, por más que no sean conscientes de ello.
La persona divina del Hijo asumiendo, pues, un ser humano, nacido en un lugar y en una época determinada de la historia, asume la entera naturaleza humana.
Como encarnación de Dios, el Mesías es el concepto límite de la experiencia humana de
