La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

3 Febrero 2008

DEL TIEMPO A LA ETERNIDAD: "SUPREMA IDENTIDAD" Y UNIÓN HIPOSTÁTICA

Decía santo Tomás de Aquino que no es posible pre­de­cir des­de el tiempo el fin del ti­em­po. Por consiguiente, ningún sa­ber "natural" predictivo es capaz de anun­ciar el fin del tiempo.

Lo único que cabe hacer -añadimos no­sotros- es antici­par una transfor­mación decisiva, una especie de "muer­te" o "crisis" radical.

El tiempo no es, pues, ilu­sorio, como si el paso a la eterni­dad fuese mero re­sultado de una operación "gnósti­ca"­. Según ésta, el ti­empo nunca deja­rá de ser; pero el cono­ci­mien­to puede ha­cernos tras­cender el tiempo. Natu­ralmen­te, el au­ténti­co tra­scender ha de venir an­tes de la muerte, de manera que ésta última apenas suponga nada para el "iniciado", por lo cual tam­po­co hay nin­gu­na resu­rrección. Para el cristia­nismo, la muerte va seguida de la resurrección. La pleni­tud del "kairós" es, por tanto, el signo de que el día de la re­surrección se apro­xima.

Y, a propósito de esto, ¿por qué tanta insis­tencia­ por parte de algunas doctrinas en la índole cíclica del tiem­po? Es verdad que ese ca­rác­ter es lo que mejor parece re­flejar la eternidad, cuya "ima­gen mó­vil" es, al decir de Pla­tón. Pues la "intermi­nabilis vi­tae tota simul ac perfecta pos­ses­sio", la "posesión perfecta y simultánea de una vida in­terminable" que encuen­tra su repre­sen­tación en una figura ce­rra­da, sin principio ni fin, como es la cir­cunferen­cia, se refle­ja en una espiral de revo­lución, que nun­ca consi­gue ce­rrarse, abierta como está a un movimiento sin fin.

Sin embar­go, se acepta comúnmente que todas las cosas tienen un fin, pues la expe­riencia de la muer­te es universal. Pero unos in­tentan superarla a través de la doc­trina de la reencar­nación, y otros mediante la expe­riencia del "ad­vaita" (o "no-dualidad"), en el caso de quie­nes al­canzan la libe­ración. Flaco consuelo el de la reen­carna­ción, y la prueba es que un día habrá de desembo­car en el "ad­vaita".

Ahora bien, éste úl­timo es un acto del espíritu por el que reconoce su no-duali­dad con el Absoluto, no un acto del cuer­po, que "se da por perdido" en la muerte. Es verdad que en todas las tradi­ciones se habla de una trans­formación del cuer­po paralela a la expe­riencia de la "Suprema Identidad" (o "no-dualidad"), pero en ningún caso se ha­bla de una resu­rrección como la de Cristo.

No en vano el re­chazo del cuerpo es con­co­mi­tante al es­piritua­lismo, en espe­cial el de origen lucife­rino que, según las re­ligiones del Libro, tiene su origen en el desprecio de la ma­teria por parte de los ánge­les caídos; no es de extrañar, pues, la cone­xión de la gnosis espúrea con éstos últi­mos. La única doctrina lógica es, pues, la que dota al tiempo de un princi­pio y de un fin.

En el plano individual, el principio esel nacimientodel ser, y el fin, su muerte físi­ca, tras la cual y dejando a un lado la suerte de los que al­canzan inme­diatamente la vida o la mu­erte eternas, viene para la mayo­ría de los casos el Pur­gato­rio, que con­cluye con la entrada en la eternidad divina.

En el plano colectivo se habla del "fin del mundo", que sólo se en­tiende con propiedad si lo referimos a la totalidad de la hu­manidad, pues el fin indivi­du­al tiene un carácter to­davía pro­visional, inclu­so en los casos en que la persona al­canza inme­diatamente tras el óbito su suerte de­fini­va: la re­surrec­ción tiene un carácter univer­sal y sólo ocurre al fin del mun­do.

¿Qué añade en­ton­ces el cumplimiento del "kai­rós­", la pro­ximi­dad del Rei­no de Dios, al de­cur­so nor­mal del tiempo? Lo mismo que la encarnación de Dios en Jesús añade al más alto grado "inmanente" de la presencia divina, el Avatar: frente a la "Identidad Suprema" de Dios en Jesús de Nazareth manifes­tada en el espacio-tiempo, la aparición de uno de sus atribu­tos en un hombre "deiforme". Y, dado que "na­die puede subir al cielo sino el que ha bajado del cie­lo, el Hijo del Hombre que está en los cie­los", está claro que las tentativas de las de­más religio­nes e iniciacio­nes por as­cender al cielo sólo ha­llan legitimidad en la reali­dad plena del Hijo.

¿Quiere eso decir que el cristianismo sería sobrenatural, a di­fe­rencia de las demás religiones, que se­rían naturales? Lo co­rrecto es decir que todas las religiones son sobre­naturales en cu­anto que se fundan en Cristo y remiten a él, por más que no sean cons­cien­tes de ello.

La persona divi­na del Hijo asumiendo, pues, un ser huma­no, nacido en un lu­gar y en una época deter­minada de la histo­ria, asume la en­tera natura­leza humana.

Como encarnación de Dios, el Mesías es el concepto lími­te de la expe­riencia humana de la Divinidad: no hay un más allá. Por tanto, no es posible "deducir" (otra cosa es consta­tar la pla­usibilidad) de una cir­cunstancia astral concreta la venida del Mesías en el sentido en que lo entien­de el cris­tia­nismo, a saber, como la encarna­ción de la Divini­dad en la Humanidad a través de la unión hi­postática, es de­cir, en la Per­sona del Verbo, la expresión máxima que de la "no-dualidad" sea posible conce­bir y en la que ambas naturalezas, la divina y la humana se hallan "unidas, pero no confundi­das".

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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