La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

1 Febrero 2008

A PROPÓSITO DEL JUBILEO DEL AÑO 2000

Todo el mundo oyó hablar en su día de una noticia que, en principio, afectaba únicamente a los católicos y que consistía en la celebración del segundo milenario del nacimiento de Cristo. La verdad es que el acontecimiento merece algunas reflexiones, sobre todo en esta época que llamamos postmoderna, algo más propicia que la moderna para valorar sin prejuicios los ritmos del tiempo.

Para los modernos, el tiempo no pasaba de ser una sucesión uniforme y "mecánica" de instantes, calcada sobre un modelo cuantitativo, en el que el monótono fluir del "tiempo del reloj" excluía cualquier consideración cualitativa. No ocurría así entre los antiguos ni entre los medievales. Muy sensibles ambos al calendario, los primeros ajustaban las fiestas a los ritmos de la naturaleza, marcados a su vez por los movimientos de los astros, mientras que los segundos, sin perder el sentido de su pertenencia al cosmos ("Los astros inclinan, pero no obligan", o "El sabio dominará a los astros", decía santo Tomás de Aquino), se guiaban por la liturgia cristiana, para la cual el "Señor del Tiempo" ya no es Saturno, sino Cristo, el "Sol que nace de lo Alto".

En Él llega también a su plenitud la concepción judía del Jubileo, inspirada en los "7 días de la creación", cuyo ritmo septenario deja su impronta sobre el tiempo, que queda así definido por 3 niveles: la semana de días, el último de los cuales es el "shabat" (palabra que significa "sábado" y "descanso", pues fue el séptimo día cuando Dios "descansó" de su obra creadora); la semana de años (el último de los cuales se llamaba "año sabático", un "descanso" mayor) y la semana de semanas de años (7x7=49), que iba seguida de un año especial (7x7+1=50), el "Año Jubilar" (el año del "Gran Descanso" y de la liberación, que se celebraba cada 50). Es el mismo Cristo el que se atribuye la condición de "Jubileo Definitivo" cuando, leyendo en la sinagoga el pasaje en que se anuncia el "Año de gracia del Señor", afirma que "esta profecía se cumple hoy", pues con Él ha llegado el Libertador.

De las 3 "semanas", la Iglesia, centrada en un principio en la celebración anual de la Pascua, sólo recogió la primera, es decir, la semana de días, pero desplazando la fiesta del sábado al domingo que, de ser para los antiguos el "Día del Sol", se convirtió en el "Día del Señor", como indica la etimología ("domingo" viene de "dominicus", "dominical" o "relativo al Señor"). Posteriormente, en el año 1300, la Iglesia empezó a celebrar el Jubileo cada 25 años, una cifra que introduce un año litúrgico especial y cuya explicación me llevaría lejos, pero que, curiosamente, está en consonancia con el ritmo planetario básico de la Era Cristiana, fuertemente marcada (al menos en el plano más concreto) por el ciclo Júpiter/Plutón, que dura aproximadamente la mitad de un jubileo (la última conjunción tuvo lugar en diciembre pasado).

Hemos de reconocer, pues, las dotes pedagógicas de la Iglesia y su excepcional espíritu de síntesis: aunque con Cristo había llegado ya el "Jubileo Definitivo", la "plenitud de los tiempos", juzgó oportuno tener en cuenta las limitaciones del ser humano y ajustó su liturgia a los ritmos del tiempo. Así, se respetaban los ciclos de la naturaleza, pero también los usos de la religión de Israel, expresados en el Antiguo Testamento. Y si la concepción cristiana del tiempo es lineal, a saber, tiene un principio, el "Génesis", y un fin, el "Apocalipsis", se aceptaba, no obstante, cuanto de cíclico hay en la existencia a través de la repetición anual de los misterios de la vida de Cristo, a la vez que, mediante los Jubileos (cada 25 años), se introducía la novedad del tiempo que progresa hacia el final de la historia.

Hay que decir que, en ocasiones, la Iglesia ha intercalado, dentro de la sucesión normal de los Jubileos cada 25 años, algunos Jubileos extraordinarios por algún motivo especial. El del año 2000 sigue el ritmo normal (el anterior fue en 1975), pero reviste unas características singulares, puesto que su finalidad es la preparación espiritual para entrar debidamente en el tercer milenio de la Era Cristiana.

Como decíamos antes, para el hombre moderno, el tiempo es un fluir monótono y meramente cuantitativo (el 2001 es el año que viene después del 2000, y éste, el que sigue a 1999, y no hay más que hablar!). Como consecuencia, el concepto de "fiesta" para el moderno viene a coincidir con el de "vacación". No así para el hombre antiguo, ni para el medieval, ni para el cristiano (¡como se ve, el moderno es, o era, una "especie rara" en la historia de la humanidad!).

No vamos a entrar ahora en la cuestión del milenio y en los terrores por él provocados. No en vano el "inconsciente colectivo", presente también en quienes no son cristianos, lo asocia a aquel periodo del Apocalipsis pasado el cual "Satanás será liberado de su prisión" (qué curioso, hace unos años sonaba bastante entre los jóvenes una canción cuyo estribillo decía: "Parece que anda suelto Lucifer..."). Simplemente, diremos que, desde el punto de vista del tiempo cualitativo y tomando como medida el Jubileo (25 años), cualquier persona medianamente sensible intuye que, tras 2000 años de cristianismo, nos hallábamos ante un "umbral" particularmente importante. Pues la corriente del tiempo, aparentemente monótona y cuantitativa, tiene "umbrales" de transformación, coincidiendo con los cuales, la historia experimenta una aceleración excepcional, una verdadera "salida del tiempo".

Y, a propósito, ¿no les parece a mis lectores que esto que vivimos ahora ni es tiempo ni es nada? La gente lúcida no hace planes para el futuro. La vida se ha convertido en puro presente, que es justamente, el "tiempo menos temporal", lo que empuja a unos a huir hacia el pasado; a otros, a refugiarse en la mera evasión; los menos contemplan estupefactos el desarrollo de unos acontecimientos que no parecen hechos a la medida de la humanidad "normal"...

Tengo la sospecha de que esa "atmósfera" que mucha gente experimenta es la que llevó a un eslavo (muy sensible, por tanto, a los “vientos de la historia”) como Karol Wojtyla, situado, por lo demás, en un "observatorio" tan privilegiado, a insistir ante la humanidad entera y hasta la extenuación en la actualidad del mensaje de Cristo. Y es lo que, a mi entender, le impulsó a convocar el Jubileo del año 2000, para así galvanizar las fuerzas espirituales, no sólo de los creyentes, sino también de todos los hombres "de buena voluntad", ante el gigantesco cambio espiritual que se aproxima.

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www-espacioblog-com-analog dijo

Gracias a Ericka Sibaja Arcia por su comentario al texto sobre "Fin del los tiempos de las naciones y fin del mundo". Dado que los comentarios a ese artículo están cerrados, le contesto aquí. Como dice el viejo refrán, "Lo cortés no quita lo valiente", es decir, la fe no está reñida con la investigación; cada una se mueve en su propio plano.

2 Febrero 2008 | 12:43 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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