LOS ABUELOS O EL SÉPTIMO DE CABALLERÍA

Cuando uno mira alrededor y ve el espectáculo desolador de tantas familias deshechas, lo que siente en un primer momento es indignación hacia aquellos gobernantes que, con su ceguera o imprevisión (cuesta pensar que se trataba de mala voluntad), contribuyeron a fabricar las condiciones que han engendrado el panorama actual. Tarde y mal, como suelen hacerse tantas cosas en España, llegamos a la democracia. Y buena parte del pueblo, sobre todo la juventud, entendió que la democracia consistía simplemente en hacer cada uno lo que le viniese en gana, sin trabas de ningún tipo y tirando por la borda cuanto perteneciera al pasado. La desafortunada frase "¡A colocarse y al loro!", los ditirambos a la "movida", la idea de que "la vida es una fiesta" y otras consideraciones similares se impusieron con facilidad gracias a la televisión, cuya nefasta influencia sobre las masas tuvimos ocasión de comprobar (del “suma y sigue” a partir de 2004 y de los proyectos de ingeniería social puestos en marcha desde entonces ¿qué vamos a decir?).
En este caldo de cultivo pasaron su juventud buena parte de las parejas que, al separarse, se desentendieron de sus hijos. Una catástrofe social que hubiera podido ser mayor de no mediar la generosidad y el sentido de la responsabilidad de no pocos abuelos, que, a la vista de tanto abandono, suplieron en lo posible a sus hijos en la labor paternal y educadora de la que éstos hicieron dejación. Surge así una figura benéfica en medio de tanta irresponsabilidad y desgracia. No en vano, desde siempre, las deficiencias de la sociedad fueron remediadas o, al menos, paliadas por el esfuerzo suplementario de los mejores. No fue distinto esta vez. Gracias al buen hacer de estas personas, no ocurrió lo peor. Pues, lejos de lamentar "el tiempo que perdieron en su juventud sacrificándose por sus hijos, en lugar de divertirse y pasarlo bien" (¡trágico espectáculo el de un anciano al que unos descerebrados consiguen convencer de que ha "estropeado" su vida y de que todavía puede "recuperar" el tiempo perdido! Dios, ¿por qué tendremos que soportar espectáculo tan miserable?), continuaron sacrificándose, ahora por sus nietos.
Pues bien, por si fuera poco, no tendrán más remedio que arrimar el hombro en otros aspectos de la educación. Por ejemplo, hoy que la función del maestro es tan poco valorada y, en ocasiones, tan combatida por los padres (¡qué suicidio!), los abuelos, que recibieron ellos mismos una educación sólida, basada en principios y valores, y que están acostumbrados a ver la figura del maestro en sus justos términos, podrían utilizar el ascendiente que poseen sobre sus hijos y actuar de puente entre éstos y los docentes. Hace bastantes años, un amigo hablaba humorísticamente de la necesidad de contrarrestar las asociaciones de padres de alumnos con las de padres de profesores. Desde aquí lanzo el S.O.S.: "¡La educación se hunde. Abuelos, acudid a salvarla!"
