
“En Navidad y Epifanía vemos efectivamente la gloria de Dios, la luz eterna; porque vemos la gloria a través de la humildad de la fe y, por tanto, a través de la humildad de la carne. “El Logos se hizo carne”. La Encarnación del Logos fue para el mundo el único camino para la contemplación de la gloria. “Toda carne es como hierba, y toda su gloria como flor del campo”, dice el Profeta. “pero el Logos del Señor permanece por siempre” (Is 40, 6 y 8). Mas porque toda carne, no obstante su caducidad, se rebeló contra el Señor y se enorgulleció de sí misma, Dios se manifestó en la bajeza de la “carne de pecado” (Rom 8, 3); portó nuestra carga y nuestra debilidad; mostró en su misma persona la debilidad de la carne. Del mal sacó bien. A causa del pecado sobrevinieron a la carne debilidad, enfermedad y muerte. Por eso Dios, en su amor, envió a su Hijo “en carne semejante a la del pecado” (Rom 8, 3), cargado con el peso del pecado y de la muerte. El que ahora confiesa que precisamente este hombre pobre y agobiado, el hombre de la debilidad, el hombre que lleva la Cruz, es el Kyrios: “Kyrios Jesús” (Rom 10, 9; 1 Cor 12, 3; Flp 2, 11), tiene ojos divinos que contemplan la gloria de la Cruz. Esta es la paradoja del cristianismo: gloria de la ignominia, vida de la muerte, luz de tinieblas. Porque la verdadera gloria es el Ágape. La esencia más íntima de Dios es el Ágape; y su poder, su sabiduría, su realeza –toda su gloria- no tiene sentido ni base más que en el Ágape. Por consiguiente, la razón más profunda de por qué reveló su gloria a través de la humildad es su esencia, esto es, el Ágape. ¡Su Ágape es su Doxa, su gloria! Por esta razón el Rey de la Gloria se llama también el “Hijo del Ágape”” (Col 1, 13).
No es pues, que contemplemos inmediatamente la gloria de Dios; la contemplamos a través de su manifestación en la carne. Esta carne es por ahora como un velo, como una cortina; pero la cortina da paso al Sancta Sanctorum: “Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el santuario que Él nos abrió, como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de su carne…(Heb 10, 19 s.). San Juan nos dice cómo esta cortina nos descubre el Sancta Sanctorum: “A Dios nadie le vio jamás; Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). La carne de Jesucristo, su Humanidad, es el paso necesario para el Padre. Su pesebre y su Cruz conducen a la gloria. Cuanto más nos abracemos en la fe a su humildad, tanto más transparente se hará, y dejará traslucir su gloria, hasta que llegue al fin la plena revelación de su luz, cuando la humildad quede transformada en gloria, la carne en Logos, en Kyrios, en Pneuma. El que rechaza la carne de Cristo, rechaza también su gloria; el que desprecia la Humanidad de Cristo, desprecia también su divinidad. En cambio, el que se inclina humildemente ante la Humanidad de Jesús y toma sobre sí su humillación, contempla el Logos en la carne de Jesús. Entonces la carne deja de ser medio y camino –se hace vida y realidad.
Es, pues, verdad que en el Niño débil del pesebre contemplamos ya la gloria de Cristo y, en Él, la luz de Dios. Por eso dice san Ambrosio hablando de los pastores de Belén: “Se dan prisa a contemplar al Logos; porque cuando se ve la carne del Señor, se contempla al Logos, que es el Hijo”.
Odo Casel, Misterio de la Cruz, Madrid, 1964, Guadarrama, 204-206.
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