
“Todas las fuerzas históricas se confabularon contra Él: Roma y la patria, los pontífices y los escribas, los funcionarios políticos del Imperio universal. Este Aión y los “príncipes de este Aión” (1 Cor, 2, 6.8) crucificaron al Rey de la Gloria. Con ello, precisamente, cavaron su propia tumba. Porque, al matar al hombre Jesús y eliminarlo de la historia, a Él que había tomado libremente sobre sí todo el peso de la temporalidad, destruyeron el peso mismo de la temporalidad. Libre de la carne de pecado, Jesús ascendió glorioso de la Cruz a la eternidad de Dios y tomó asiento a la diestra de la eterna Majestad. Por vez primera, un hombre, esto es, un ser sometido de suyo al tiempo, se sienta en medio de la eternidad de Dios. Es ahora rey de los siglos. Vivit et regnat in saecula saeculorum- “Vive y reina por los siglos de los siglos.”
El poder del tiempo se quebró de esta manera en la Cruz. El Aión de este mundo, el Aión de Satanás, al matar y eliminar a Jesús, se dio muerte a sí mismo. Con la resurrección de Cristo empieza el nuevo Aión eterno, la gloria de Dios. Regni eius non erit finis- “Su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). De este modo, por la Cruz, Jesús es el “nuevo rey de los nuevos Aiones”. La Cruz cruza el frente de la historia terrena y le planta el mojón de la eternidad. Es cierto que la historia terrena sigue todavía su curso. Pero su fuerza ha quedado rota. Es el atardecer del mundo. Vergente mundi vespere…(Himno de Vísperas de Adviento, Brev. Mon.). Le sigue la mañana de la eternidad. El mundo se hunde en el ocaso de los dioses. La historia es sólo un espectro de los demonios; cuanto más se acerca al final, tanto más revela el demonio, el “Dios de este mundo” (2 Cor 4, 4) su poder o, mejor dicho, su impotencia. Y, en cambio, tanto más esplendorosa brilla en la oscuridad la estrella de Cristo; y nosotros la contemplamos, “hasta que luzca el día y el lucero se levante en nuestros corazones” (2 Pe 1, 19).
El Señor nos admite a participar en su victoria sobre el mundo por medio de la fe y de los Misterios. Para eso nos regala el “año de la Iglesia”. No es un año como el año de los hombres; es un año de Dios, es decir, un año que no está ligado al tiempo, sino que es un símbolo vivo de la eternidad, anillo que encierra, de manera misteriosa pero real, la presencia de Dios.”
Odo Casel, Misterio de la Cruz, Madrid, 1964, Guadarrama, 195-196.
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