"LO QUE SE SABE HACER, SE HACE; LO QUE NO SE SABE, SE ENSEÑA"

-Gran parte de la vida la solemos dedicar a aprender cómo hacer y a enseñar a otros lo aprendido. El "discipulado" va transformándose progresivamente en "maestría". Pero, en un sentido radical, hay un "hacer" que supera toda "enseñanza".
-¿Cuáles este "hacer"? La oración, mediante la cual ponemos en juego la única fuerza capaz de transformar el mundo. Hasta ahora nos hemos limitado a describirlo o a interpretarlo. A partir de ahora nos percatamos de que es preciso convertirse en canal de la Divinidad.
-Para ello es necesario no sólo dirigirse a Dios y expresarle nuestras peticiones, sino también escuchar. Pues el escuchar nos permitirá hacernos una justa idea de lo que hemos de pedir.
-Por otra parte, hay que distinguir entre los actos de oración y el hábito de oración. Y entendemos por hábito la oración continua o "casi continua". En el primer caso, se trata de permanecer a la escucha en un momento concreto; en el segundo, durante toda la jornada (no en vano los "mensajes" o los "toques sustanciales" pueden venir en cualquier instante).
-Supuesta la diferencia entre "hacer" y "enseñar" arriba señalada, ¿cabe clarificar para sí mismo y para los demás el proceso o camino por el que se llega al "hacer"? Sería la última "enseñanza", la que apenas puede calificarse ya de tal ("oral" como el Verbo; "escrita", como el Espíritu; "mental", a la manera del Padre).
--"Hacer" natural y "hacer" sobrenatural (en el que no se incluye sólo la oración; "Marta" y "María").
-Los dos aspectos del "hacer sobrenatural": "acción" y "contemplación". ¿Por qué ésta última es superior a aquélla? Porque incluye la autoconciencia y la conciencia de Dios o, mejor, la conciencia de sí en cuanto que, poco a poco, va transformándose en aquélla por la acción de la gracia, es decir, en palabras de san Juan de la Cruz, deviene"Dios por participación". En definitiva, se trata de percibir, en lo posible, cómo todos los actos humanos se transforman en actos de Dios.
-Lo fundamental: percatarse de la aparición de Dios en el propio horizonte, no como objeto de conocimiento (lo que lo mantendría a distancia, una fase ya recorrida), sino como objeto con el cual identificarse por el amor. Nos las habemos, no con el Dios término de un razonamiento, sino con el Dios de
