La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

17 Octubre 2007

"DIOS, QUE TE CREÓ SIN TÍ, NO TE SALVARÁ SIN TÍ": ALGUNAS APLICACIONES

-En la conocida frase, la primera parte alude a la "naturaleza", la cual nos fue dada sin nuestro consentimiento. A la "naturaleza" se añadió simultáneamente la elevación al orden sobrenatural, otorgada a toda la humanidad en nuestros primeros padres.

-La segunda se refiere a la necesaria respuesta del hombre a la gracia, sin la cual no es posible la salvación. Dicha respuesta fue negativa en Adán (caída) y positiva en Cristo (redención).

-Por eso se habla del "primer Adán" y del "segundo Adán", pues Cristo inaugura la "nueva" creación.

-Cristo hace posible la rectificación de la "vieja" creación, de manera que no nos limitemos a secundar a Adán, el cual, lejos de tomar su vida entera como un don de Dios, decidió apropiársela y "seguir su propio camino". De ahí que reivindicase su "naturaleza" frente a quien se la había otorgado, haciéndose reo de culpa. De no haber existido elevación al orden sobrenatural, la creatura racional que es el primer hombre, aun obligado a agradecer a su creador el don de la vida, no hubiese destruido con su actitud rebelde las posibilidades de deificación, entonces inexistentes. Pero, dada la elevación al orden sobrenatural, la rebelión llevaba consigo consecuencias irreparables para la humanidad.

-¿Cuál será entonces la actitud correcta? Tomar la "naturaleza" como un don que hace posible la participación en la vida de la Trinidad, de manera que nuestras capacidades las consideremos como el mejor don que Dios podía hacernos dada nuestra vocación, y nuestras realizaciones positivas, como inseparables de la gracia.

-De ahí que Cristo nos deje con frecuencia de su mano para que aprendamos que sin él somos "sarmientos secos".

ALGUNAS APLICACIONES

1) A la vista de lo anterior, cualquier aspecto astral de nuestro tema, por conflictivo que sea, hay que tomarlo como "el mejor posible" para el desarrollo de la tarea a la que hemos sido llamados. Así, pues, hemos de dar gracias a Dios por él.

Cuando esto ocurre, puede coincidir con un aspecto astral excelente (en cuyo caso hay peligro de que vaya mezclado de complacencia ante el buen desarrollo de los acontecimientos) o con un aspecto "aciago" (y aquí se dan las condiciones para un agradecimiento desinteresado y para un desapego auténtico). En cualquier caso, se trata de ver la desmesura del regalo divino si se compara con nuestras posibilidades y méritos reales.

Por lo tanto, la única disposición correcta es sentirse como el "siervo inútil" del Evangelio. Hay que reconocer que "todo es gracia", tanto el apoyo divino en todas nuestras acciones, como la posibilidad misma de colaborar (que se identifica con nuestra "naturaleza"), ésa que, según san Agustín, nos otorgó Dios sin contar con nosotros.

2) De ahí la necesidad de corregir la visión puramente analítica de los aspectos astrales, no sólo para lograr una síntesis de los mismos, sino también para comprender ciertas dimensiones de la propia vocación que, de otro modo, pasarían desapercibidas.

3) Por eso no hay aspecto astral insoluble, sino mala disposición en el sujeto, que desperdicia el don divino de su "naturaleza" en lugar de ponerlo al servicio de Dios y de su gracia. No en vano decía san Pablo: "Virtus in infirmitate perficitur". Allí donde somos débiles, podemos ser fortificados por la ayuda del Señor. Y esto puede aplicarse, bien en el sentido más obvio, es decir, en todos los asuntos que suponen dificultad para nosotros, bien en aquellos otros que, por ofrecer excesiva facilidad, pueden resultar menos permeables a la acción del Espíritu. De aquí se deriva una clasificación de las situaciones de la vida semejante a lo que Teilhard de Chardin llamaba las "actividades" y las "pasividades". Las primeras, a fuerza de resultarnos fáciles, tendemos a atribuirlas a nuestros propios méritos; las segundas, en las que más bien fracasamos, nos colocan ante nuestros límites y, por consiguiente, propenden a abrirnos a lo que nos trasciende. Desde esta óptica hay que ver como "desfavorables" los siguientes factores: planetas en trono o exaltación, aspectos astrales de la fase creciente (ya sea la Luna o cualquier planeta en su relación con los demás), nodo ascendente, nacimiento diurno, etc. Y, por el contrario, serán "favorables": planetas en destierro o caída, fase decreciente, nodo descendente, nacimiento nocturno, etc.

Y, para ver las cosas más profundamente: cada uno de los aspectos o circunstancias anteriores viene completado por su "contrario", conforme a los 28 "tiempos" del Eclesiastés: "Hay tiempo de sufrir y tiempo de gozar; tiempo de sembrar y tiempo de recoger; tiempo de guerra y tiempo de paz, etc. Así, pues, lo "favorable" para el yo es "desfavorable" para las cosas de Dios, y viceversa. Pues "el que ama su alma, la perderá; en cambio, el que la odia, la ganará". Claro está, existe el riesgo de que el "desgraciado" según el yo sienta envidia hacia el "afortunado", cumpliéndose así el célebre proverbio "El rico lleva un demonio dentro; el pobre, dos". Por eso el "complejo de inferioridad" en un determinado ámbito suele compensarse por uno de superioridad en otro, quizá para que todos conozcamos de algún modo los dos vicios.

4) ¿Y desde la perspectiva fenomenológica, cuál es la fase "desfavorable" en orden a la apertura a la trascendencia y cuál la "favorable"? La primera será la de reducción o distanciamiento; la segunda, la de aproximación o integración. La primera se parece a la fase creciente de un ciclo y a todas las circunstancias que antes denominábamos "desfavorables"; la segunda se asemeja a la fase decreciente y a las circunstancias "favorables". "Reducción" es, pues, sinónimo de "afirmación del yo", rasgo definitorio de la fase creciente; en tanto que "integración" es sinónimo de "relativización del yo", característica de la fase decreciente. Ahora bien, los conceptos "desfavorable" y "favorable" hay que entenderlos con todos sus matices: puesto que hay distinción entre la persona humana y Dios, será necesaria la primera fase del ciclo para que aquella se desarrolle; y también lo será la segunda para, sin negar la primera, retornar al principio.

Eso sí, se trata de aplicar el esquema fenomenológico a todo ciclo, por pequeño que sea, más todavía, a todo instante existencial, pues, en definitiva, en el instante están contenidos las dos fases del proceso respiratorio: la inspiración, por la que aspiramos el aire que nos rodea y sin el cual no podemos vivir; y la espiración, por la que lo devolvemos al exterior, una vez transformado. Por la primera nos afirmamos frente al mundo; por la segunda, devolvemos al mundo lo que habíamos tomado. Hay, pues, correspondencia entre inspiración, fase creciente y "reducción"; y entre espiración, fase decreciente e "integración".

Quizá también podría hacerse del fenómeno la interpretación inversa, es decir, la que identifica inspiración con contracción y espiración con expansión, con lo cual llegaríamos a hacer corresponder espiración con fase creciente y con reducción, e inspiración con fase decreciente e "integración". En cualquier caso, lo importante es percatarse de que la afirmación del yo frente a Dios ha de venir compensada por la afirmación de Dios frente al yo, a sabiendas de que el yo y Dios no son la misma cosa, pero tampoco dos cosas radicalmente separadas. Por otra parte, la sucesión de la fase de separación y la de identificación no puede ser mecánica, sino que supone una rectificación consciente y voluntaria.

5) Sepamos, por último, que, por mucho que alguien se oponga a ello, "todo redunda a mayor gloria de Dios". Adoptemos, pues, la perspectiva divina si queremos lograr una comprensión acabada de la realidad.

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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