EROS: DE LA DEGRADACIÓN ACTUAL A LA SACRALIDAD ORIGINARIA *

1. Preliminares sobre el eros
Como en otros ámbitos, resulta evocadora aquí la frase del Tao-Tê-King: "Después del reino del Tao, vino el de la virtud; luego, el de la justicia; por último, el del rito". En un principio, el eros se presentaba como una privilegiada vía de acceso a la esfera sacral o transfenoménica, como el símbolo de la unión de "lo mismo" y de "lo otro", como la integración de "identidad" y "diferencia". Es lo que expresan el mito del Andrógino primordial, tal como aparece en diferentes tradiciones y que ha encontrado, por ejemplo, una profunda exégesis en la obra de Platón. En prevención de la amenaza que para los dioses podría suponer la "hybris" de los andróginos, Zeus decide dividirlos por la mitad. Y aquí está el origen de la atracción entre las mitades que buscar reconstituir la unidad originaria. Y Platón, en un pasaje que luego será muy comentado por quienes como J.Evola, quieren delimitar con claridad la diferencia entre el eros "vulgar", orientado a la reproducción (reino de Afrodita Pandemia), y el eros "auténtico" (reino de Afrodita Urania), pone de manifiesto que el impulso erótico es el gran reconciliador. Hijo de Poros, la abundancia, y de Penía, la escasez, es el puente entre la ignorancia y la sabiduría y el reconstructor de la unidad dispersa, conocedor como es de "lo mismo" y de "lo otro", de la "identidad" y de la "diferencia". Por eso es inseparable de la filosofía, que, mal que les pese a tantas interpretaciones reductoras y "universitarias", conserva en Platón su dimensión sacral y no puramente objetivadora o distanciadora. Porque, ¿cuál es la función de la filosofía? En primer lugar, nos lleva a experimentar el encadenamiento y la oscuridad de la "Caverna", es decir, la existencia sumida en las tinieblas de la "imagen" y de las "cosas", en el reino de la división, el desamparo y la ignorancia, para luego abordar el mundo inteligible, primero a través de los "números" y, después, de las "Ideas", para vislumbrar, por último la "Idea del Bien". De un modo análogo, el eros, partiendo de un cuerpo sometido a los instintos y de un alma desgarrada entre emociones y sentimientos contrapuestos, nos conduce a la visión y a la experiencia de la "armonía de los contrarios" y, más allá de ésta, a la re-unión de los mismos.
Es verdad que el eros platónico nos saca del tiempo ("imagen móvil de la eternidad") y, a través de la contemplación de
2. Principales hitos históricos
En la teología, la relación entre los dos planos pasará por varias fases. En un primer momento habrá un conflicto entre ellos, que podemos ilustrar con el "Credo quia absurdum" de Tertuliano y que supondrá un rechazo de la filosofía griega (como "puramente humana"), en nombre de
Una nueva fase se inicia con Ockham y sus seguidores, que protestan contra la creciente confianza en la razón. Por eso, frente a la identificación del lógos griego con el del cuarto Evangelio, reivindican el misterio divino: Dios se ha adaptado al principio de no-contradicción porque así lo ha querido, pues Él es, ante todo, el misterio de la libertad. De este modo, la razón empieza a ser valorada como la esfera propia del hombre, con lo cual quedará expedito el camino hacia la autonomía. Seguirá el rechazo de la fe y la máxima confianza de la razón y del eros autónomos en sí mismos, bajo capa de una vuelta a los griegos, no tan sincera como imposible. En efecto, la sustitución del horizonte de la "totalidad" griega por el del "infinito" cristiano vuelve imposible aquel retorno. Y es la asunción del infinito por la razón lo que está en la base de la escisión del conocimiento en "razón" y "experiencia", división hasta ahora inédita y que inaugura la separación entre filosofía y ciencia. En lo sucesivo, filosofía y ciencia seguirán trayectorias divergentes. La primera quedará imantada por el racionalismo, que desembocará más tarde en el idealismo. Y si es verdad que el empirismo continuará siendo una corriente filosófica de cierta importancia, no tardará en girar en torno a la ciencia, cuyo reconocimiento como la disciplina por excelencia no tardará mucho en llegar: al destronamiento de la teología por la filosofía sucederá pronto la caída de ésta bajo el impulso imparable de la ciencia, que aparecerá así como un descenso pendular de la razón por debajo del nivel que le es propio y que no es otro que el intermedio, como ya decía Platón al hablar de la filosofía y del eros. La brecha abierta en la totalidad griega por el infinito hebreo-cristiano no era de por sí un campo para ser explorado por la razón, sino la apertura de una trascendencia sin límites, que rebasaba absolutamente la de los griegos, la "sofía" que sólo poseían los "dioses". La nueva "sofía" no es otra que la de
No es de extrañar que, a finales del XVIII, surja una nueva concepción del eros, que coincide aproximadamente con
La inversión de la mentalidad anterior comienza a mediados del XIX. Es el auge del socialismo utópico, que se define a su vez por el intento de colocar en la colectividad el referente último. Y así, a diferencia de la concepción liberal del eros, que reivindica lo que éste tiene de autónomo y de no sometido a ningún principio extraindividual, el modo de pensar socialista y utópico pone el énfasis en la búsqueda del "amor universal" y en la valoración del encuentro amoroso como una posibilidad de acceso a lo que está más allá del individuo, no en el sentido de una tradición o autoridad supraindividual, sino en el de una mística social que situará a la humanidad toda ante un umbral superior. Por lo demás, el "nuevo orden amoroso" de un Fourier, por ejemplo, en la medida en que parte de tales supuestos, no deja de ofrecer la impresión engañosa de una confluencia con formas tradicionales de entender la sexualidad, un dato curioso que nos habla más bien de la necesidad de superar el puro individualismo: en éste como en otros ámbitos, el lema revolucionario "Libertad, igualdad, fraternidad" distó mucho de cumplir lo que prometía. Por otra parte, si el siglo XVIII nos muestra una imagen más teórica o "etérea" del eros, el XIX nos lo presentará bajo un prisma "acuático" y vitalista.
Pero todavía queda por recorrer una etapa para el pensamiento de Occidente y, por tanto, para el eros. A la vista del desarrollo de los acontecimientos, no es de extrañar que Comte levantara acta de la inversión fáctica del esquema teología-filosofía-ciencia, en el que la ciencia ocupaba el peldaño inferior, y hablase de la teoría de los tres "estadios", en donde el estadio científico señalaba la madurez de la historia humana. Lo cierto es que ésta será pronto dominada por el impulso fáustico, cuya desesperada búsqueda del poder y del dominio sobre la naturaleza dibujará bien el arquetipo conductor de la nueva mentalidad cientificista. Un impulso que participa a la vez de la "hybris" del idealismo absoluto, cuya ilusorio deseo de unificación mimetiza, y de su inversión feuerbachiana, que pone el énfasis en la multiplicidad sin fin de los "objetos" y de las "especialidades".
Paralelamente y desde finales del XIX, las dos concepciones modernas del eros coexisten y se superponen, para entrar, ya en nuestro siglo, en un conflicto radical, fiel reflejo del existente entre la conciencia individualista y la colectivista. Y así surge el desgarramiento entre la desmesura romántica del amor "puro" y la sexualidad experimentalista y separada del "ideal", un desgarramiento que hace de la "mística de la transgresión" su estandarte.
Lo que se ha denominado la sexualización excesiva de la humanidad en nuestro siglo y, especialmente, en nuestra época, no es sino el resultado de esta tensión, que, comparada con la conciencia vigente hasta finales del XVIII, se presenta como originada en el "inconsciente". Un término que utilizamos aquí en un sentido genérico, independiente de cualquier acepción psicoanalítica precisa y que alude a los nuevos valores que, asimilados paulatinamente por la humanidad, deberían llevarla a otros niveles de conciencia. Justamente se llaman "inconscientes" porque, en la actual situación, la humanidad se comporta pasivamente frente a ellos. En realidad, su verdadera índole es "supraconsciente" y reclama un esfuerzo suplementario por ajustarse a sus exigencias.
3. Más allá de la trivialización del eros: el retorno a la sacralidad primordial
Así llegamos a la época contemporánea, caracterizada por una fragmentación paroxística de la realidad y por una trivialización del saber en aras del poder y de la urgente manipulación de la naturaleza.
Por eso, una característica fundamental de la época quizá sea la trivialización de todo lo relativo al eros, a la vez que su escisión en sexualidad, por un lado, y amor, por otro. Escisión que se constata incluso en la mujer, cuando, dentro de unos límites y al decir de Ortega, era hasta ahora privativa del varón. Como aprenden los niños hebreos desde muy pronto, las palabras "isch", el varón, e "ischah", la mujer, se convierten en "esch" ("fuego") cuando se las priva respectivamente de
Se ha establecido, además, la separación entre eros y cerebralidad, como si de esferas yuxtapuestas se tratase. Y es que todo nos remite, en último extremo, a la fragmentación del ser humano, a la pérdida de una simbólica capaz de poner en comunicación, a la manera de la letra Vau (símbolo del "Verbo" en el Tetragrama), los diferentes niveles de la realidad. Por eso el destino de nuestra época es el de ser desgarrada por una "diabólica" división ("Flectere si nequeo Superos, Acheronta movebo": "Ya que no puedo doblegar a los de Arriba, conmoveré los Abismos") que tiende a atomizarlo todo, y no para después recomponerlo, como a Dioniso Zagreo, sino conforme a las leyes inexorables del Arcano XV del Tarot, que sólo desembocan en una recomposición caricaturesca e invertida (sabido es que, cuando se expulsa a la "naturaleza" por la puerta, retorna por la ventana...Curiosamente, VauVauVau., equivalente a www. ó 666., es la abreviatura misma de la "Red de redes").
Entre una razón desarraigada, acomplejada e incapaz de sobreponerse a una crisis jamás vista, y un cientificismo que lleva a la sociedad a la autodestrucción, ¿queda alguna salida? Perdido el logos como instrumento integral y banalizada la fuerza imantadora de los arquetipos religiosos (hemos dilapidado no sólo nuestra herencia materna, el logos, sino también la paterna, la "sofía" cristiana) parece que lo único razonable es el retorno al origen. Un retorno que nos llevará a las fuentes mismas de nuestra existencia a través de una apertura a aquello que la intuición de san Agustín llamó el "cristianismo que existió desde siempre entre los antiguos", investigado con profundidad por autores como Pierre Gordon y que, a mi entender, está en el origen de todas las tradiciones espirituales. Retorno que pasa por la superación de la "hybris" y la recuperación de la razón simbólica, degradada o perdida en la época moderna y la única que puede reconstituir la sacralidad y "reunir lo disperso".
Análogamente, sólo desde la refundación del eros primordial se podrá restablecer el contacto entre "lo mismo" y "lo otro". De este modo, el "espíritu" y el "alma", superada la pretensión de ambos a la autarquía, realizarán la "coniunctio oppositorum". ¿Cómo llegar si no a una experiencia correcta del eros? El para-sí masculino es incompleto, pues subraya unilateralmente la distancia; el para-sí femenino también lo es, pues destaca la fusión. Así, la feminidad hallará en la virilidad la trascendencia que le falta, manifestación del "Tremendum"; y la virilidad encontrará en la feminidad la inmanencia del "Fascinosum". Bien es verdad que la feminidad habrá de sortear la tentación de la separatividad que, en terminología astrológica, asociamos a la "Luna negra". Y que la virilidad habrá de evitar aquella negación de la distancia que, como peligro, acompaña al "Sol negro". El análisis de los conflictos engendrados por tales deformaciones nos llevaría muy lejos.
Así, por ejemplo, uno de ellos, quizá el más manifiesto, es la creciente violencia desencadenada en nuestra sociedad. Enclaustrados en la esfera de "lo mismo", cada uno de los polos entre los que ha de circular la corriente del eros deviene incapaz de dejar ser al otro. De esta manera, el homocentrismo marca la pauta en todos los órdenes e invade el entero campo social. Aquí está la verdadera raíz de la violencia.
Otro ejemplo es la inversión del pensamiento: como el genuino eros, el auténtico pensar supone no sólo la "volatilización de lo fijo", el poder abstractivo llevado a su más elevado nivel, sino también la "fijación de lo volátil", la capacidad para dar vida al arquetipo. Pues toda "ascensión" ha de ir acompañada de una "encarnación".
No por casualidad la mayor parte de la filosofía y de la literatura actuales se sitúan en un mundo "intermediario": incapaces de ascender hasta la "esencia", tampoco llegan a trabar contacto con la "existencia". Así oscilan entre la descripción de "esencias" vacías de contenido y la enumeración de "hechos" puramente anecdóticos, entre la impostura de los "ideales" y la parodia de la "actualidad". De ahí el carácter híbrido de la mayoría de las producciones culturales. Y no hablemos de la improvisación que las habita: como diría René Daumal, el "creador" empieza a elaborar su "obra" con la vana esperanza de descubrir lo que hubiera debido conocer antes de comenzarla.
NOTAS
1) En la misma línea, el entero planteamiento de Benedicto XVI en la encíclica "Dios es Amor" aportaconsideraciones de enorme trascendencia filósofica y teológica.
*Al texto original, publicado en 1996 en la revista "Heterodoxia", se le han incorporado leves modificaciones.


copero dijo
Un diagnóstico certero...sabe quien estaba en la misma guía, Holderlin ya hace 200 años, eso si, el presentía la llegada de lo que venía, y justamente como usted lo dice hay que volver la mirada hacia el origen "volver a mirar". Se agradece.
10 Octubre 2007 | 05:45 PM