RECORDANDO ALGUNOS PRINCIPIOS
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-La moral cristiana nos habla del derecho a la legítima defensa, a la vez que propugna el amor a los enemigos. Por lo demás y a título individual, uno puede optar por no defenderse frente al agresor. No le es lícito, en cambio, no defender a quienes tiene a su cargo contra un eventual enemigo.
-Un caso especial y decisivo lo constituye la defensa de la Iglesia contra los enemigos de la fe. A lo largo de la historia, ha habido momentos particularmente difíciles. Hoy sigue siendo una obligación de las personas y de las naciones católicas defender a la Iglesia.
-Distinguir entre la ideología que profesa una persona y la persona misma. El error no tiene derechos; las personas, sí. Caso de ser atacados por quienes profesan una herejía o una ideología anticatólica, los católicos tienen derecho a una defensa legítima y proporcionada. A título individual pueden renunciar a defenderse; no así a título social o si tienen responsabilidades políticas.
-Una cuestión fundamental conectada con lo anterior: el católico debe comprometerse en la vida pública, no solo en el sentido de trabajar por mejorar la sociedad, sino sobre todo en el sentido de defender públicamente los valores y principios en que se asienta su vida.
No vale inhibirse o sentirse concernido únicamente cuando se trata de defender a amigos o conocidos. Ello constituiría una postura de cobardía.
En definitiva, siguen siendo válidas las palabras de Cristo: "Si alguien se avergonzare de mí delante de los hombres, me avergonzaré yo de él delante de mi Padre que está en los cielos".
Y como Cristo es inseparable de la Iglesia, podemos concluir: "Si alguien se avergonzare de la Iglesia delante de los hombres, la Iglesia se avergonzará de él delante de Cristo". Y, por supuesto, Cristo se avergonzará de quien se avergonzare de su Esposa.
-A la inversa, al final del sermón de las Bienaventuranzas Cristo nos dice: "Bienaventurados vosotros cuando os persigan y os calumnien por mi causa. Alegraos...".
