La Coctelera

¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

1 Octubre 2006

HABLAR DE LA VERDAD HOY

Si hay alguna época de la historia de Occidente especialmente marcada por su menosprecio hacia la cuestión de la verdad, ésa es, sin duda, la nuestra.
En un mundo "pluralista" y nivelador como el nuestro, definido por el esteticismo, en el que no hay más que "opiniones" y en donde a lo sumo se tolera la búsqueda de la verdad (¡que a nadie se le ocurra encontrarla, hasta ahí podríamos llegar!), el cristiano tiene ante sí la urgente e ineludible tarea de mostrarla al mundo, liberándola de los grilletes que le han colocado.
No podemos "lavarnos las manos" ante semejante desafío, ni repetir la superficial pregunta de Pilatos a Jesús ("¿Y qué es la verdad"?), una pregunta frívolamente planteada por alguien que no espera respuesta, pues, al igual que buena parte de la intelectualidad de hoy (justamente autocalificada de "light"), piensa que no la hay.
¿De dónde proviene este estado de cosas? ¿Cuál es su causa? Aquí, como en otros asuntos, el "gran sepulturero" que fue Nietzsche se limitó a levantar el acta de defunción de eso que para Occidente había sido la verdad durante muchos siglos, sin sospechar que el acta no recaía, en rigor, sobre la verdad misma, sino sobre la civilización desarraigada de ella (al menos, sin sospecharlo conscientemente; no entramos ahora en las manifestaciones de su inconsciente, un tema que ha sido objeto de brillantes, aunque no siempre certeros análisis).
Y así, supuesto que "la verdad no existe", se trata de buscarle un sucedáneo, que no es otro que el arte, es decir, la "capacidad de idear fábulas que sean de utilidad para la vida".
A partir de ahora, la "verdad" no será otra cosa que un "error necesario" o un "error útil para la vida". Y desembocamos en el relativismo total y en el nihilismo, cuya pleamar detectó el de Röcken con anticipación y cuyo execrable rostro, el innombrable rostro de la nada se nos muestra hoy con prepotencia.
Por eso hoy a muchos "filósofos" no les interesa la cuestión de la verdad ontológica, es decir, el problema de si el mundo es, en su raíz, inteligible, de si puede encontrársele un sentido al universo, como ya plantearon los griegos y subrayaron las grandes figuras de la filosofía medieval. Su débil pensamiento es incapaz de comprender el "esplendor de la verdad".
Tampoco parecen entender la "adecuación del intelecto con la cosa" de que hablaba Tomás de Aquino, pues la verdad se reduciría a simple "coherencia" o a mera "convención".
Pero la nueva idea de "verdad" causa particulares estragos en el ámbito de la moralidad: el relativismo moral ha ido enseñoreándose progresivamente de la existencia colectiva a partir de los tiempos modernos y hoy se halla poco menos que entronizado "por derecho propio".
Luchar contra él sin admitir previamente la objetividad de los valores morales es tarea condenada al fracaso. Y no vale engañarse diciendo que, desde que el mundo es mundo "todas las épocas fueron iguales" y que lo que distingue a ésta es que "la degradación moral está más a la vista".
No es así: en otros tiempos la corrupción moral se ocultaba justamente porque la sociedad se asentaba sobre unos valores o principios éticos universalmente reconocidos, aunque no practicados por todos.
Por eso se habla cada vez más de nuestra civilización como de una "civilización del mal", contraponiéndola a la Edad Media, en la que estuvo vigente una "civilización del bien".
Por la misma razón, hacer el mal en el mundo medieval constituía una conducta a contracorriente, marginal, a la inversa de lo que sucede hoy en Occidente, en donde la persona de convicciones morales profundas se convierte fácilmente en objeto de escarnio.
Ahora bien, brevemente aludida la ausencia o el enmascaramiento de la verdad en la sociedad actual, parece oportuno indicar algunas pautas para una reorientación.
En primer lugar, hemos de partir de una consideración realista: no pensemos que la verdad con la que contaba y en la que creía la humanidad medieval era algo así como un tesoro hallado por casualidad y que le cupo en suerte sin esfuerzo alguno de su parte.
El descubrimiento de la verdad exigía una ascesis intelectual en la que la humildad ante las cosas ha de ir aparejada a una no manipulación de las mismas, indisociable de un "dejarlas ser lo que son". Y ello no es posible sin el reconocimiento de la condición humana en lo que tiene de herida y de limitada.
Hay que hablar, por tanto, de una auténtica "redención del pensamiento", imposible de concebir al margen de la referencia a Dios y a su encarnación en Cristo, "en quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento".
Es necesaria, pues, una disciplina del pensamiento en consonancia con la búsqueda de la objetividad. La humildad, que santa Teresa identificaba con la verdad, es aquí de rigor. Esto supone desterrar todos los subterfugios, compensaciones y autoengaños con los que enmascaramos nuestros fracasos y frustraciones.
Quien se ajusta a la verdad no tiene por qué preocuparse: es la aplicación práctica del aforismo "La verdad os hará libres"; por el contrario, el mentiroso ha de mentir indefinidamente para sostener la mentira fundamental sobre la que se asienta.
Y no olvidemos que la mentira procede, en definitiva, de una equivocada comprensión de nuestro lugar en el mundo o de un sentimiento de prepotencia.
No en vano la Sagrada Escritura denomina al Adversario "padre de la mentira" y "homicida desde el principio", estableciendo una conexión radical entre el autoengaño del hombre ("seréis como dioses") y la muerte que entra en el mundo tras la caída original.
En efecto, si la mentira es muerte, o sea, caída en la servidumbre del pecado, Cristo, que nos libera de la muerte que es el pecado, ha de ser la Verdad y la Vida, o la Verdad que es Vida.
Lo cual se nos impone con evidencia si consideramos la doctrina nietzscheana, que, partiendo de la negación de la verdad, reivindica contra ésta la vida, enfrentándolas como si de polos contradictorios se tratase.
En adelante, la modernidad deudora de Nietzsche enarbolará el estandarte de la vida en su lucha contra las verdades eternas, que carecerían de relevancia para la existencia humana.
El resultado está a la vista: buena parte de la sociedad moderna, que se áutodefine por el rechazo a la verdad, ha terminado por convertirse en el imperio de la muerte y en la negación de todo camino, transformándose así en la "perpetua repetición de lo mismo", caricatura de la eternidad.
De este modo, al camino que es la Historia de la Salvación, que comienza en Dios, con la creación, y desemboca igualmente en Dios, con la resurrección, se contrapone un supuesto proceso cíclico en el que la humanidad y, con ella, la naturaleza, experimentan la existencia como un juego absurdo y una condición sin esperanza.
Solo desde Cristo es posible alcanzar la verdad en todas sus dimensiones. Solo desde Él cabe armonizar la verdad con la vida y la eternidad con la historia. Solo desde el compromiso con la Verdad cabe encontrar la libertad que nos permite recorrer sin temor el camino de la vida, pues "en Él vivimos, nos movemos y somos".

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

alfonso javier monarrez rios

alfonso javier monarrez rios dijo

excelente; de verdad te felicito. sigue escribiendo. gracias.

3 Noviembre 2006 | 08:25 PM

Emilio

Emilio dijo

Muchas gracias por tu aliento.

4 Noviembre 2006 | 06:13 PM

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Soy un cristiano católico que busca "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.


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