"EL PESCADO EMPIEZA A PUDRIRSE POR LA CABEZA"
Un conocido refrán que bien puede aplicarse a nuestra sociedad. Se habla muchas veces del estado de descomposición en que se encuentra la civilización y la cultura occidentales. Se hace referencia a la pérdida de principios y valores que gobiernen la vida, de la desorientación en que nos movemos, del contraste profundo entre el progreso material y tecnológico, de un lado, y el enanismo o el raquitismo moral, de otro. En buena parte de la humanidad "desarrollada" se cumple con rigor el clásico "Et propter vitam vivendi perdere causas" ("Afanados en vivir la vida, hemos perdido los motivos para vivir").
Pero, ¿qué polvos trajeron estos lodos? ¿Cómo se ha llegado a la presente situación? ¿Cuál es la cabeza por la que empezó a descomponerse todo?
Hay que remontarse bastante lejos. Fue la mentalidad moderna la que, lejos de conformarse con denunciar en la cristiandad los abusos de la autoridad y el inmovilismo de la "tradición", decidió romper todo vínculo con la religión y rechazar toda moral que no fuese la puramente humana.
Surge así un sucedáneo de la fe, la razón autónoma y todopoderosa, que, cual nuevo dios, exige culto incondicional. La Ilustración, algunos de cuyos promotores mantuvieron un cierto equilibrio entre fe y razón, derivó con celeridad hacia una confianza ilimitada en la cultura como remedio de todos los males y debeladora de la mentalidad anterior, a la que se "ejecuta" con el simple calificativo de "oscurantista".
Por otra parte, la razón filosófica pierde rápidamente terreno ante la razón científica, lo que, inevitablemente, lleva a sustituir la búsqueda del saber por la del poder.
Ello engendra en la sociedad un sentimiento de embriaguez y de autosatisfacción. La humanidad moderna empieza a estimarse superior y a considerar que la historia solo ha sido un rodeo para llegar a la modernidad.
En el siglo XIX y en los primeros albores del XX la borrachera se sube a la cabeza y la civilización pierde el norte: no se percata de que la ciencia y, sobre todo, la técnica son armas de doble filo y de que los hallazgos que hacen más cómoda y fácil la vida van casi ineludiblemente acompañados de otros tantos inventos que ponen en peligro la existencia.
Cierto que la Primera Guerra Mundial fue un temible aldabonazo que, en teoría, podría haber sacado a la humanidad de su sopor y de su euforia. Pero el grado de embriaguez es tan grande que ni siquiera la siguiente guerra consiguió despertarla.
La carrera de armamentos, el equilibrio del terror nuclear, los desastres ecológicos cada vez mayores inculcaron en la humanidad cierta dosis de realismo.
Pero la inclinación beata ante la técnica y la veneración sin límites de la tecnología en sus diversas formas, sobre todo de la biotecnología, nos han llevado de nuevo por el camino del "aprendiz de brujo".
La soberbia de la filosofía moderna todavía se movía dentro de unos límites: la arrogancia de la ciencia y de la tecnología ya no parece tenerlos. Y, lo que es peor, la tecnología jaleada por una masa parásita y necia que nunca ha inventado ni inventará nada y que solo sabe aprovecharse de los hallazgos de unas pocas mentes privilegiadas y mirar "por encima del hombro" a las generaciones pasadas.
A quienes piensen que no hay motivo para alarmarse, les recordaré una conocida y certera sentencia: "Dios perdona siempre; el hombre, algunas veces; la naturaleza, nunca".
