Categoría: liturgia
13 Diciembre 2011
En la ley vieja había siete solemnidades de duración limitada y una continua, como se puede colegir de Núm 28 y 29 (cf. Lev 23). Consistía la fiesta continua en la inmolación del cordero por la mañana y por la tarde todos los días. Este sacrificio perpetuo significaba la perpetuidad de divina bienaventuranza.
De las solemnidades de duración limitada, la primera era la del sábado, que se celebraba cada semana en memoria de la creación del mundo, según queda dicho (q.100 a.5). Otra solemnidad que se repite cada mes, era la fiesta de la luna nueva, que se celebraba para conmemorar la obra del gobierno divino, pues las cosas inferiores principalmente se mudan según el movimiento de la luna, y así se celebraba esta fiesta en el novilunio y no en la luna llena, para evitar el culto de los idólatras. Que en tal tiempo solían sacrificar a la luna. Estos dos beneficios son comunes a todo el género humano, y por eso se celebraban con más frecuencia.
Las otras cinco festividades no se celebraban más que una vez al año, y en ellas se recordaban beneficios particulares concedidos a aquel pueblo. Pues la Pascua se celebraba el primer mes, para conmemorar el beneficio de la liberación de Egipto. A los cincuenta días se celebraba la fiesta de Pentecostés, para recordar el beneficio de la promulgación de la ley. Las otras tres fiestas se celebraban al mes séptimo, que casi todo era para los hebreos solemne como el día séptimo. El día primero de este mes era la fiesta de las Trompetas, en recuerdo de la liberación de Isaac cuando Abraham encontró el carnero enredado por los cuernos, a quien representaban los cuernos de que estaban hechas las trompetas. Era esta fiesta como una invitación a prepararse para la siguiente, celebrada el día el día décimo, la fiesta de la Expiación, en memoria del beneficio que Dios había concedido, perdonándole, a ruegos de Moisés, el pecado de la adoración del becerro. A ésta seguía la fiesta de los Tabernáculos, durante siete dias, para recordar el beneficio de la protección divina y la conducción por el desierto, donde habitaban en tiendas. Por esto en tal fiesta debían tener frutos de los más hermosos árboles, frondosos, esto es, de mirto y otros odoríferos, de ramas de palmera y sauces de los torrentes, que por mucho tiempo conservan su verdor, cosas todas que se hallan en la tierra de promisión. Con esto significaban que Dios los había conducido por la tierra árida del desierto a una tierra deliciosa. El día octavo se celebraba otra fiesta, a saber, la de la Asamblea o de la Colecta, en la cual recogían del pueblo lo necesario para los gastos del culto divino. Esta significaba la reunión del pueblo y la paz otorgada en la tierra de promisión.
La razón figurativa de estas fiestas era: la del sacrificio perpetuo del cordaro, la perpetuidad de Cristo, que es el Cordero de Dios (Jn 1,36), según lo que se dice en la epístola a los Hebreos, capítulo último (v.8): Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. La del sábado, el descanso espiritual que nos concedió Cristo, según Heb 4,6 ss. Por el novilunio, que es el comienzo de la nueva lunación, se significa la iluminación de la primitiva iglesia por Cristo, mediante su predicación y sus milagros. La fiesta de Pentecostés significa la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La de las Trompetas, la predicación de éstos. La de la Expiación, la purificación del pueblo cristiano de sus pecados. Por la fiesta de los Tabernáculos se significaba la peregrinación de los fieles por este mundo, en que caminan adelantando en las virtudes. La fiesta de la Asamblea y de la Colecta figura la congregación de los fieles en el reino de los cielos; por lo cual se llamaba la fiesta santísima. Estas tres fiestas se sucedían, porque deben los purificados progresar en las virtudes hasta llegar a la visión de Dios, como se dice en Sal 83,8.
Santo Tomás de Aquino, SUMA DE TEOLOGÍA, Prima Secundae, c.102, a.4, ad 10, Madrid, 1989, B.A.C.
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8 Diciembre 2011
El Verbo indescriptible estuvo en las regiones inferiores sin abandonar los cielos, pues su descenso fue divino, su paso (en la carne) se efectuó sin ruptura (de la carne) por la Virgen divinamente elegida que le dio a luz, y que nos oye clamar:
Ave, tabernáculo del Dios inconmensurable,
Ave, puerta del misterio sagrado,
Ave, confusión de los infieles,
Ave, gloria reconocida por los fieles,
Ave, trono sagrado del que se asienta sobre los Querubines,
Ave, casa gloriosa del que se asienta sobre los Serafines,
Ave, Tú que unes lo que estaba opuesto,
Ave, Tú que unes la virginidad y la maternidad,
Ave, Tú que desatas las ligaduras de la falta,
Ave, Tú que abres el paraíso,
Ave, llave del reino de Cristo,
Ave, esperanza de los bienes eternos,
Ave, Esposa inmaculada.
HIMNO AKATISTOS, Eikos VIII.
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9 Marzo 2011
"Según una leyenda antigua, de profundo sentido, la tumba de Adán estaba en el Gólgota. Su calavera estaba allí donde andando el tiempo se levantaría la Cruz de Cristo; y cuando la sangre del Salvador corrió de la Cruz abajo, cayó sobre el cráneo pelado de Adán, tal como lo representa con frecuencia el arte cristiano oriental.
En la Cuaresma de nuestra vida, nosotros debemos recorrer también el camino del primer Adán. Nos hallamos bajo el azote del pecado y seguiremos estándolo durante nuestra existencia terrena, aun cuando nuestro Pneuma haya sido redimido. Porque somos hijos de Adán, vástagos del Adán terreno, de peccato procreati, engendrados del pecado, es decir, del pecado que de Adán, por medio de la concupiscencia, pasa a todos nosotros. Por eso también nosotros tenemos que arrastrar la carga de Adán. ¡Entendamos siempre de esta manera nuestra vida y llevemos el peso con el mismo espíritu que Adán, es decir, con sentimientos de penitencia! No tratemos de evadir el castigo por medios externos de tipo humano. Todo lo que en la tierra es duro y áspero- dolor, enfermedad, sufrimientos, servidumbre, persecución, hambre, flaqueza, angustia y muerte_, es para nosotros un medio de penitencia, iluminado por la esperanza, y es, por consiguiente, un camino hacia Dios, un retorno a la salvación."
Casel, Odo, "Misterio de la Cruz", Madrid, 1964, Guadarrama, 223-224.
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12 Marzo 2010
En otro artículo me he referido a las distintas "categorías" que nos permiten comprender la dimensión cualitativa del tiempo a diferentes niveles. Y son los textos litúrgicos los que posibilitan una vivencia radical del tiempo. Aquí intervienen, como es lógico, los diversos sentidos tradicionalmente asociados a la Escritura, como también el derivado de la clave numerológica aludida en muchos "posts".
Así, el 3º domingo de Cuaresma, ciclo C, nos propone un texto de san Lucas en el que Cristo alude a la dureza con que el gobernador Pilatos sofocó una revuelta de zelotes y al derrumbamiento de la torre de Siloé, en el que perecieron dieciocho personas. "¿Pensáis que vosotros sois menos culpables que los que murieron en uno y otro episodios? Os digo que no, pero si no os convertís, todos pereceréis". Y concluye aludiendo a la higuera que, después de tres años, no da fruto y a cómo el dueño, decidido en un primer momento a cortarla, se aviene, a ruegos del viñador, a dejarla vivir un año más.
Apenas es necesario subrayar la pertinencia del texto de san Lucas a la hora de juzgar no ya al aumento exponencial de conflictos humanos y catástrofes en los últimos años, sino al último "crescendo" de terremotos en los primeros meses de 2010.
Pues bien, es curioso constatar que el valor numérico de la expresión "Cortar higuera" es 144, un número que comporta la idea de "elección" (cf. los 144000 elegidos del Apocalipsis), pero que aquí adquiere el sentido inverso, el de "rechazo", lo que confirma una vez más la no raras veces comprobada ambivalencia de los números.
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31 Diciembre 2009
La experiencia del tiempo es inseparable de la comprensión del mismo. Por eso hay acontecimientos que marcan el devenir de la humanidad de un modo decisivo. Pero hay uno, la venida de Cristo en carne, que tiene lugar "en la plenitud de los tiempos", en su etapa última, en la que se manifiesta su "contigüidad" con la eternidad.
Todo lo ocurrido anteriormente adquiere sentido, pues, mediante la encarnación de Cristo. El "en el principio" con que comienza el libro del Génesis, el de los orígenes no sólo indica que la creación tuvo lugar en el tiempo, sino también el Principio y Fundamento en el que todo ha sido creado, es decir, Cristo.
El simbolismo del tiempo originario es esencialmente, "capital", puesto que alude al que todo lo "encabeza". Pero el Apocalipsis dice también que "Yo soy el alfa y la omega", recapitulando así por el final la acción del Verbo.
Ahora bien, el círculo del Año que es el tiempo, comprendido entre el principio y el fin siempre ha sido también el símbolo de Cristo. De entender el tiempo como una espiral de revolución, su verdadero ser nos escaparía, como también si lo comprendiésemos como eterno retorno.
Por eso el tiempo litúrgico comporta, de un lado, la culminación y "clausura" del tiempo cósmico, lo que supone la "eternización" de éste, pero no al modo de la repetición indefinida, sino asumiéndolo desde la eternidad que lo deja ser.
¿Qué significa entonces la encarnación de Cristo? La manifestación de la "unidad hipostática" eternidad-tiempo en la historia: "Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas, últimamente, en estos días (es decir, en la plenitud de los tiempos), nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos, que siendo la irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb 1, 1-3)."
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23 Diciembre 2009
La liturgia del tiempo de Adviento, expresión fiel de la proximidad del Señor en la historia de la humanidad y en la individual, va graduando esa proximidad. De la antífona "Al Rey que viene, al Señor que se acerca", a "El Señor está cerca" y al "Cielos, lloved al Justo", y de ahí al "Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor", para culminar en el "Hoy sabréis que viene el Señor y mañana veréis su gloria".
Entre la venida de Belén y la parusía, la venida al fin del mundo, la celebración anual de la Navidad señala la progresiva encarnación de Dios en la humanidad y en las personas concretas. Más allá de la simple rememoración, dicha celebración nos muestra el ritmo cósmico sobre el que su Poderosa Palabra, "en mitad de la carrera de la noche desciende de su trono real", como hace más de dos mil años.
"Vocatus vel non vocatus, Deus semper aderit": "Lo llamemos o no, Dios siempre vendrá". Y su encarnación sobreviene a cada tiempo e interpela a cada generación. Acoger la Buena Nueva nos inserta en el reino de la Vida y de la Misericordia; rechazarla supone el extravío en el reino de la Muerte y del Rigor.
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25 Septiembre 2009
Domingo 25º tiempo ordinario (ciclo B)-20-09-2009
1ª lectura: Sab 2, 17-20
2ª lectura: Sant 3,16-4,3
Evangelio: Mc 9, 29-36
Si los textos evangélicos marcan el "leit-motiv", las primeras lecturas señalan una anticipación ("Novum Testamentum in Vetere latet"), mientras que las segundas suponen más bien una reflexión sobre el Evangelio.
Los ciclos A, B y C, sacados respectivamente de Mateo, Marcos y Lucas, pretenden ofrecernos tres pautas para la vida espiritual. Dejando a un lado los tiempos fuertes, que constituyen el núcleo del Año litúrgico y cuya estructura es algo diferente, las tres formas en que se presenta el tiempo ordinario no son otra cosa que los episodios de la vida de Cristo, así como sus enseñanzas, que han de servirnos de arquetipo para nuestra existencia. Pero no se trata de un arquetipo tomado de manera genérica, sino ajustado a la situación cósmica, determinada anualmente por la Luna pascual. Es decir, en la liturgia, la Palabra de Dios no sólo nos enseña a comportarnos en cualquier situación existencial, sino que, domingo a domingo, semana a semana, describe la situación en que se encontrará la Iglesia Universal en el presente "kairós", enseña cómo afrontarla, impulsa a tomar las decisiones adecuadas y hace posible el adoptarlas, contando siempre con la libertad humana. Y, puesto que la Palabra reúne en sí diferentes dimensiones: profética, sapiencial, espiritual, mística..., capacita a la Iglesia para comprender la historia de la salvación en sus diferentes etapas y para orientarse en ella.
Así, por ejemplo, en la semana que comienza el 20-09-2009 se leen los siguientes textos:
Sab 2,17-20: Los impíos ponen trampas al justo y se proponen causarle ultrajes e infligirle tormentos, a fin de probar su moderación y paciencia. Le condenan a una muerte afrentosa, pues, según sus palabras, hay quien vele por él. Pero, cegados por su maldad, se equivocan.
Por consiguiente, hablamos de la situación real en que se encuentra hoy, en el presente "kairós", el hombre justo y, evidentemente, todo el que quiera emularlo. En el ámbito de la Iglesia universal se actualiza de un modo especial el acorralamiento del justo de que nos habla el texto.
Mc 9,29-36: Tras expulsar al demonio del "epiléptico" y explicar a los discípulos por qué no pudieron hacerlo ellos ("esta especie no puede ser expulsada por ningún medio si no es por la oración"), Jesús enseña en secreto a sus discípulos sobre cómo cumplirá su misión el Hijo del Hombre ("Será entregado en manos de los hombres y le darán muerte, y muerto, resucitará al tercer día"). Pero los discípulos no entendían esto y temían preguntarle. Luego, en el camino a Cafarnaúm, discuten entre ellos quién sería el mayor. Jesús les dice: "El que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos". Luego toma a un niño, le abraza y lo pone en medio de ellos, diciendo: "Quien recibe a uno de estos en mi nombre a mí me recibe, y quien me recibe, recibe al que me ha enviado".
El texto ofrece a cuantos componen la Iglesia y particularmente a la jerarquía una enseñanza concreta sobre cómo cumplir su misión. Lejos de toda búsqueda del poder y de la notoriedad, el discípulo de Jesús debe cultivar, por encima de todo, el espíritu de servicio y la humildad, asemejándose a los niños. Y abrirse a las distintas dimensiones de la Palabra desde el "kairós".
Apenas es preciso señalar que, sobre los condicionamientos cósmicos, marcados por las configuraciones astrales simultáneas (que describen las inclinaciones del "hombre exterior") y estructurados por los arquetipos numéricos (por ejemplo, el 20-09-2009 es el domingo 43º del año litúrgico; si agrupamos los domingos en series de 7, el 43º será el 1º de la serie 7ª, semejante al 7º día de la semana el sábado, pero a otro nivel), los textos litúrgicos describen y conforman el orden de la gracia y nos muestran la verdadera índole del "kairós" que nos interpela y que reclama nuestra decisión.
Sant 3,16-4,3: Donde hay envidias y rencillas la sabiduría que viene de arriba está ausente, pues la verdadera sabiduría es pura, pacífica, indulgente, misericordiosa, dócil, sin hipocresía, y su fruto es la paz. ¿de dónde proceden tantas guerras y contiendas entre vosotros? ¿No proceden de vuestros malos deseos? Codiciáis y no tenéis, matáis, ardéis de envidia; os combatís y os hacéis la guerra, y no tenéis porque no pedís; pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones. Pues quien pretende ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.
La reflexión que sobre el tema abordado en el Evangelio nos ofrece la carta de Santiago se centra en la índole de la verdadera sabiduría, la que viene de arriba y hace posible la paz y la amistad con Dios, dejando atrás todo "espíritu mundano". Y, una vez más, el conocimiento de las inclinaciones "naturales" y del "hombre exterior" nos muestra el terreno sobre el que ha de operar la gracia descrita e impulsada por la Palabra: la casi simultaneidad del domingo aludido con una oposición planetaria Saturno/Urano activada por la Luna Nueva nos da a entender que la "materia prima" sobre la que trabajar en el actual "kairós" es un tremendo conflicto entre "lo antiguo" y "lo nuevo" y la especial urgencia de resolverlo.
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22 Septiembre 2009
-El esquema de cada año litúrgico depende, en lo que se refiere a las fiestas móviles, de la Luna llena de Pascua. Por consiguiente, hay una relación entre el año sideral y el litúrgico. Es lo que otorga a éste, que se mueve en el ámbito de la temporalidad salvífica, su inserción en el tiempo cósmico.
-Estructura septenaria del año litúrgico (52x7=26x14=13x28=364). Y 28=triangular de 7. Es curioso constatar que el triangular de 26 es 351, número de días de 12 meses lunares siderales (por lo demás, 351 es el inverso de 153, éste último triangular de 17. Ahora bien, 17 es el valor de la letra Phe "normal", mientras que la Phe "final" vale 26, coordenadas respectivas del Hijo y del Espíritu Santo establecidas por Bardet, mientras que la del Padre sería 8. Por su parte, el triangular de 13 es 91, que corresponde a la cuarta parte del año de 364 días. Y, dado que 28 es el triangular de 7, se comprende la importancia del septenario, que marca el ritmo del año litúrgico.
-Lo importante es constatar que el ciclo de 364 días se construye a partir del septenario y de los números divinos 13, 26 y 52. Así:
364=7x52=7x(2.26)=7x(4.13), o bien:
364=7x52=14x26=28x13, es decir,
52 septenarios=26 dobles septenarios=13 cuádruples septenarios.
Convendrá añadir la "ecuación" 364=(7x50)+1+13.
-En cuanto a la "ecuación" (7x50)+1+14=365, está referida a la duración del año solar.
-Los días de la semana no son de índole planetaria, aunque desde la óptica astrológica tengan su fuerza y puedan ser objeto de interpretación. ¿En qué simbolismo encuadrarlos? En el de los "días de la creación" y, en general, del septenario, clave en el A.T., en el que aparece una jerarquía de septenarios: semana de días, semana de años (año sabático), semana de años sabáticos (año jubilar).
-Por lo mismo, la Luna llena pascual no tiene carácter astrológico (aunque sea susceptible de interpretación en ese sentido), sino que es un instrumento para medir el tiempo. Ahora bien, el simbolismo de Luna y Sol es utilizado en el calendario judío, aunque a otro nivel.
-Año solar (365, 25..), año lunar (354= 12 meses de 29,5 días), día de 24 horas como medidas del tiempo. Es la forma en que el tiempo litúrgico se inserta en el cósmico: por la Redención, la humanidad entra en una nueva temporalidad, la del "octavo día", la de la eternidad. Y así la semana cristiana comienza con el domingo de Resurrección y, de domingo en domingo, va elevándose hasta el día de la Resurrección universal (y, antes, hasta el día de la muerte de cada persona). Esto es algo que se olvida con frecuencia, como si el tiempo permaneciese igual a sí mismo a lo largo de la semana y tan sólo retornase a la eternidad de domingo en domingo. Aquí viene bien recordar el paulino "de gloria en gloria", que sirve también para describir el avance del año litúrgico.
-Por lo demás, semejante avance se expresa bien mediante el simbolismo numérico, más preciso que el astrológico, aparte su índole "sobrenatural": 1ª semana-2ª-3ª....52ª. O bien: 7-14-21-28-35....364; o bien por cuadrantes: 91-182-273-364.
-Son los textos litúrgicos los que acompañan a este simbolismo numérico y lo van llenando de contenido, textos con los que la Iglesia expresa su experiencia espiritual.
-Hasta el Vaticano II sólo había una serie de textos litúrgicos que se repetía todos los años, aunque, evidentemente no en las mismas fechas, en virtud de la variabilidad de las fiestas móviles, ligadas a la fecha de la Pascua. Tras el Vaticano II se establecieron 3 series, para así enriquecer el tesoro de la Escritura empleado en la liturgia.
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