Categoría: Eucaristía
14 Diciembre 2007

¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche!
Aquella eterna fonte está escondida,
¡qué bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche!
En esta noche oscura desta vida,
qué bien sé yo por fe la fonte frida,
aunque es de noche!
Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della,
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede,
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
Bien sé que tres en sola una agua viva
residen, y una de otra se deriva,
aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
CANTAR DEL ALMA QUE SE HUELGA DE CONOSCER A DIOS POR FE
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1 Noviembre 2007

-El acontecimiento que es Cristo tuvo lugar una sola vez, pero es válido para todas las épocas.
-Por otra parte, la liturgia nos habla de la diaria celebración de aquel acontecimiento en la Eucaristía, a la vez que insiste en que allí está presente Cristo sacramentalmente. Y esto supone que el acontecimiento en cuestión no es accesible a nosotros más que a través de la liturgia, por más que sus méritos puedan llegar a la humanidad de otras maneras que sólo Dios conoce, aunque siempre referidas a la Iglesia y a la memoria que ésta hace de la entera humanidad en la Eucaristía.
-¿Puede la oración hacer presente a Cristo sacramentalmente? No, y de hecho se habla de "comunión espiritual" o de deseo, para diferenciarla de la real. Eso sí, la oración dirigida a Cristo predispone a ésta última.
-¿Por qué instituyó la Iglesia el año litúrgico? Para "integrar" a un nivel más elevado la Eucaristía diaria, lo cual hizo a través de la mediación de la semana. Se trata, pues, de pasar de la maduración espiritual diaria a la semanal y, de ésta, a la anual. Siempre es la misma Eucaristía, pero contextualizada de diferente modo (y aquí vale la sucesión acto-hábito-carácter-destino). Perder de vista esto equivale a despreciar el tiempo como factor de maduración espiritual y a encerrarse en una concepción simultaneísta que escamotea la realidad. En efecto, semejante simultaneidad sólo es propia de Dios, que está por encima del tiempo y del espacio.
El hombre sólo puede elevarse sobre el tiempo y el espacio en cuanto espíritu, en el plano del entendimiento y de la voluntad, es decir, en tanto concibe ideas y persigue fines. Pero, en cuanto cuerpo, se halla prisionero del espacio-tiempo, eso sí con la esperanza de trascenderlos un día. Y es la unión entre espíritu y cuerpo lo que convierte al hombre en un ser con historia, a saber, en un ser que no vive ni en la "posesión perfecta y simultánea de una vida interminable" que es la eternidad, ni en el "eterno retorno de lo idéntico" que, en teoría, caracterizaría a los seres de la naturaleza. "El tiempo es la imagen móvil de la eternidad", pero no está destinado a durar indefinidamente.
Por eso la doctrina cristiana habla de un principio y de un fin del tiempo. Y eso es lo que se celebra anualmente en la liturgia, a sabiendas de que el año se abre a su vez a los jubileos y, en definitiva, al Jubileo eterno que inaugura Cristo en su segunda venida.
-Hasta aquí una somera visión del año litúrgico y de su carácter integrador. ¿Cómo entender la maduración espiritual de una persona concreta en este contexto? Situándola a partir del jubileo que antecede a su nacimiento y a partir del domingo anterior a su nacimiento, sin olvidar a los santos del día como protectores suyos que son y al santo cuyo nombre lleva.
Así el año litúrgico, nos permitirá situar a cada persona en el Cuerpo Místico, que se prepara históricamente y se proyecta de manera principial en los distintos tiempos y días litúrgicos. Cada existencia se enmarcaría, pues, en este esquema y podríamos ver la peculiaridad de su desarrollo espiritual. Y veríamos así, de manera palpable, cómo la Eucaristía va integrando todos los tiempos, lugares y experiencias.
-Sobre el carácter cíclico de la liturgia. Historia de la salvación y no sólo puro devenir cíclico. De ahí que pueda hablarse de un principio y de un fin del tiempo, que se refieren a la Hª global del mundo. Y también de un principio y de un fin de la vida individual. Y es que tanto el "macrocosmos" como el "microcosmos" nacen y desembocan en la eternidad. Es verdad que de dos maneras diferentes: el primero, inmediatamente; el segundo, enmarcado en el primero. Sin embargo, desde el punto de vista del espíritu los dos tienen su origen en Dios. Se diferencian en que el primero representa la globalidad del espíritu ("in persona Adami", al comenzar; "in persona Christi", en la madurez de los tiempos), mientras que el segundo está referido al espíritu individual.
A través de la historia universal va formándose el Cuerpo Místico, cada uno de cuyos miembros surge de la singularidad de la existencia humana. La cadena va de padres a hijos en cuanto a la carne; y de padres espirituales a hijos espirituales en cuanto al espíritu. En Adán estamos todos "en germen" carnal; en Cristo, en "germen espiritual". Pero nuestro espíritu es diferente del de Adán y del de Cristo.
-El principio y fin del mundo se reflejan en el principio y el fin del año litúrgico.
-Asímismo se reflejan en el principio y el fin de la vida.
-Ángulos que forma el ciclo litúrgico con el tema astral.
-Importancia de esos ángulos en la vida espiritual, por más que el desarrollo psíquico e intelectual siga las reglas de dicho tema.
-Tener en cuenta el "paso" que supone cada Jubileo para el ciclo litúrgico. Y, más todavía, el Jubileo con que termina el segundo milenio.
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13 Junio 2007

Conforme se avanza en el camino espiritual, nos encontramos con:
-Mayor adecuación entre lenguaje y realidad, que, paradójicamente, proviene de la imposibilidad de estar a la altura de las realidades divinas.
-Referencia de cualquier episodio de la vida al estado escatológico, a su significación en el reino de Dios.
-Asombro ante la diversidad de personas y aumento del sentimiento de piedad para con ellas (inevitablemente acompañado de idéntico sentimiento para con uno mismo).
-Asombro y acción de gracias incontenible ante el milagro de la Eucaristía, ante la presencia constante de Cristo en medio del mundo.
-"Cocerse en su propio caldo", una expresión que refleja muy bien la necesidad de "suspender nuestras potencias", a fin de que Dios se manifieste tal y como es y no solo como nosotros pretendemos que sea o queramos representarlo. Pues, si es verdad el adagio "Quidquid recipitur...", conforme va purificándose el recipiente,mayor será su capacidad para recibir.
-Por eso la máxima capacidad presupone la máxima humildad. Por lo demás, esto es lo que nos enseña la Virgen cuando dice: "He aquí la esclava del Señor".
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1 Junio 2007

Decíamos en II que, en la actualidad y transcurrida la época de los grandes polemistas, que se servían de la razón para mostrar la presencia de Dios en el mundo, apenas les queda a los discípulos de Cristo otra instancia de convicción que el testimonio de vida.
Y es ese testimonio el que se impone al prójimo más allá de los argumentos racionales.
La dificultad para superar los límites culturales solo puede salvarse mediante el contacto sutil e inobjetivable entre las personas, cada una de las cuales es reflejo de Dios, de manera que la presencia divina se hace patente a través del respeto y del amor incipientes.
Semejante presencia representa, pues, un nivel superior al que nos ofrece la razón. Sin embargo, de no existir recìprocidad resulta incompleta. Y ésta última solo puede lograrse cuando ambas partes se remiten conscientemente a la imagen de Dios que ellas son.
De ahí las limitaciones del diálogo entre cristianos y no cristianos: puesto que su punto de partida no implica reciprocidad, tampoco puede abrirse plenamente a la presencia divina.
Para ello se necesita un diálogo"en el nombre de Cristo". Entonces se manifestará una presencia de rango más elevado.
Más allá de ella, la apertura de la comunión intersubjetiva a la Escritura proclamada en la liturgia eclesial hará posible una experiencia de Dios más profunda, solo superada por la que se nos ofrece en la Eucaristía.
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28 Abril 2007

-La adoración de la Eucaristía en silencio; poco diálogo con el Señor, más bien contemplación, aunque casi nunca con "suspensión de las potencias". Épocas de no escasa duración en las que Dios pone a prueba mi entendimiento, memoria y voluntad, dándome a entender el poco interés que tienen sus objetos cuando Él quiere insinuarme otra cosa.
-La presencia frecuente de Dios, sin fenómenos visibles.
-Sensaciones de trascendencia, de un Juez ante el que se desarrollan mis acciones, como si se tratase de una anticipación del Juicio Universal.
-La grandeza del silencio. El silencio de la naturaleza y la majestad del cielo estrellado (me viene a la memoria el pasaje de Kant en el que habla de "los dos espectáculos que sobrecogen su ánimo: la bóveda estrellada y la ley moral impresa en la conciencia").
-La evocación de un ambiente angélico en relación con ciertos acontecimientos.
-Las "atmósferas" excepcionalmente poderosas de algunos templos (podría referirme a la Basílica de la Virgen de las Angustias, en Granada y con ocasión de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, el 14 de septiembre de 1984. Otras personas me hablaron de la especial presencia de la Virgen allí con motivo de sus fiestas).
-La particular presencia de Dios y de la Virgen con ocasión de acontecimientos mundiales, como la "caída del Muro".
-El encadenamiento providencial de los sucesos, que a veces se hace particularmente consciente en conexión con peligros, encuentros, etc.
-La empatía con experiencias místicas contadas por otros y la comprensión de que poseen una "lógica" ineludible.
-La asunción de símbolos, obras musicales y sincronicidad de sucesos en momentos de inspiración que desembocan en el reconocimiento de la Sabiduría divina.
-La docilidad en asuntos poco "naturales" para mi modo de ser como muestra del favor divino: "Venid a mí los que estáis cargados y yo os aliviaré. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera"
-Algunas personas me hacen observar cariñosamente que, en ocasiones, lo mío no es fe ("creer sin ver"), sino más bien comprensión. En cualquier caso, se trata de un don, con escasa participación de mi voluntad.
-Emoción indescriptible ante la lectura de aquellas estrofas de san Juan de la Cruz sobre la Trinidad, sobre "la fonte que mana y corre", en las que se repite el estribillo "aunque es de noche".
-Idéntica emoción al leer el evangelio de la curación del ciego de nacimiento. Como escribe Jean-Gaston Bardet, hay fragmentos en la Escritura que poseen especial resonancia, incluso en lengua vernácula. Por mi parte, he podido comprobarlo en múltiples ocasiones: por ejemplo, con el Salmo 90, que se recita en Completas ("Tú que habitas al amparo del Altísimo...").
-Especial sensibilidad para la música religiosa. Predominio de lo auditivo, que no resulta en mí incompatible con la mentalidad "visual" propia del filósofo. Aquí un ejemplo será siempre santo Tomás de Aquino, filósofo, teólogo y autor de himnos eucarísticos cuya letra, ya al margen de la música, es de una fuerza avasalladora.
-Dice el archimandrita Sophrony que el llanto por los propios pecados es un don de Dios. Pues bien, es algo que yo he de agradecer al Señor.
-No sé si esto tendrá algo que ver con mi exceso de sentimiento en el canto y con la consiguiente dificultad para controlar la emoción.
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2 Febrero 2007
¿De qué tipo de presencia hablamos? Está la presencia del Señor en su creación; está la presencia de Cristo en el cielo y en el Santísimo Sacramento; está la presencia del Señor Jesús en el prójimo; está la presencia del Señor allí donde dos o tres se reúnen en su Nombre; está la presencia de Dios en la Palabra...¿Cómo se relacionan entre sí las diferentes formas de presencia?
Por lo pronto, vamos a abordar la primera, de la que se suele afirmar que es accesible por la razón. En efecto, si Dios es el fundamento de todo, la Causa Primera, el Ser Necesario, se hallará presente en todo el universo, al que sirve de fundamento y sostiene en el ser.
Puesto que el universo deviene autoconsciente en el ente humano a través de la razón, será ésta el primer instrumento mediante el que podemos constatar su presencia. No importa ahora si la razón en la que Dios se hace presente se mueve exclusivamente en el orden de la "naturaleza" o recibe el influjo de la gracia divina y, por tanto, se sitúa ya en el ámbito "sobrenatural". Es decir, no entramos en la cuestión de si existe una razón natural en estado puro, aunque todo induce a contestar con la negativa.
Lo importante es percatarse de que el ente humano no tiene en sí la razón de su propia existencia y, por consiguiente, la busca en un Ser Perfecto, Necesario, que no haya de remitirse a ningún otro. Vistas así las cosas, se comprende que dicho Ser se oculte tras cualquier ejercicio de la razón como el fundamento que lo hace posible.
Ahora bien, esta presencia ¿es algo de lo que la razón pueda disponer, como dispone de los objetos del mundo? Es claro que no, por más que la la constatación de tal presencia sea su más noble tarea. De ahí que el "homo religiosus" se manifieste como la cúspide misma de la razón, la expresión de su más auténtica realidad.
¿Puede la constatación de la existencia del Ser Necesario efectuarse dentro del ámbito puramente "natural", al margen de la "sobrenaturaleza" y, por consiguiente, de los otros tipos de presencia mencionados arriba?
Santo Tomás, a la vez que señala la capacidad de la razón para llegar a Dios y constatar su presencia, insiste en la dificultad de conocerle al margen de la Revelación. Por su parte, san Pablo, en la Carta a los Romanos llama inexcusables a aquellos que, habiendo conocido a Dios, no le dieron culto, sino que cayeron en la idolatría, con lo cual subraya su responsabilidad en dicho pecado y da por supuesta la capacidad del hombre para conocer a Dios (de otro modo no cabría hablar de culpabilidad).
Por tanto, una cosa es admitir en abstracto la capacidad de la razón como el lugar en que Dios se hace presente y otra, hablar de dicha capacidad en concreto. (continuará)

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28 Enero 2007
3 Diciembre 2006