¿Puede escribirse en vida una autobiografía espiritual? En todo caso, no es posible tener una visión global, sino solo parcial y referida a situaciones concretas. Por otra parte, si, como señaló Hegel, "el búho de Minerva alza su vuelo al anochecer", ¿qué decir cuando uno ya no se sitúa "en la mitad del camino de la vida", como diría el Dante, sino en pleno retorno? Más aún cuando se es un espécimen de una intelectualidad demasiado activa a la que le cuesta volver sobre sí. Y lo digo en el sentido siguiente: ninguna dificultad hallo para pensar, al contrario, de mí casi se puede decir que "vivir es pensar", y no solo al modo racionalista y cartesiano.
Pocos obstáculos encuentro para hablar, si se trata de articular pensamientos; bastante, en cambio, para escribir, que supone reflexionar, pararse: quienes piensan constantemente y sin detenerse tienen dificultad para escribir. Pensar, hablar, escribir, otros tantos reflejos de la Trinidad: el Padre es como el concepto, que puede expresarse luego en palabras; el Hijo es como la palabra hablada, captable por el oído, no en vano se le llama el Verbo; el Espíritu Santo es como la palabra escrita, accesible a la vista y que queda plasmada para siempre y no se restringe al instante en que es pronunciada. Por otra parte, si el Espíritu media entre Padre e Hijo o nace de la unión de ambos, será correcto decir que simboliza ambos movimientos, es decir, el que va del silencio a la palabra y el que retorna de ésta a aquél? Y así el Espíritu sería exteriorización del silencio en la palabra hablada e interiorización de la palabra en el silencio.
¿Es posible pensar sin palabras? Un interrogante que se planteó, entre otros, Daumal. Claro que es posible; todo el mundo puede, en principio, pensar sin hablar, pues existe una especie de "verbum mentis" no exteriorizado; hay personas que encuentran especial dificultad para pensar sin hablar; del mismo modo a como hay otros que para pensar necesitan escribir. Es como si en cada persona predominase una de las tres Personas divinas.
¿Cómo cargar la escritura con la energía de la palabra y del pensamiento? ¿Por qué ese privilegio otorgado a la escritura? ¿Es verdad aquello de "Todo pensamiento puesto sobre el papel es una luz que se apaga"? No lo parece, si tenemos en cuenta la interacción en la Trinidad: el paso del Padre al Hijo es el de lo recóndito a lo manifiesto, de la "trascendencia" a la "inmanencia"; pero no hay que olvidar que ese paso nos lleva al inverso, de manera que lo manifiesto también tiende a ocultarse y desaparecer. En este sentido se puede hablar de que el pensamiento puesto por escrito supone una limitación, a no ser que nos devuelva al silencio. Y el Espíritu es justamente este vaivén entre uno y otro polo. "Ocultar las cosas es propio de Dios; revelarlas es propio de los sabios". Siempre el doble movimiento...
En mi caso, el deseo de racionalidad, por un lado, se enfrenta al sentimiento de fusión, por otro; la capacidad de distanciamiento y de objetivación de todo acontecer tiende a ser completada o neutralizada por la voluntad de comunión con él. El lector percibirá, sin duda, esta dualidad a poco que siga el desarrollo de estas reflexiones.
No me ocurre lo mismo con la palabra, menos tensa y con más posibilidades de expresar mis ideas de manera distanciada y objetivada, por más que esta claridad se vea desafiada por la constitutiva oscuridad de lo inefable.
En cuanto al pensamiento, aquella chispa "ígnea" que Prometeo robó a Vulcano, constituye la espontaneidad creadora que luego deviene palabra y, después, escritura.
¿Para qué sirve una autobiografía? No para mostrar una singularidad, sino para transparentar al Único. Lo contrario sería la manifestación de la multiplicidad de los singulares "equivalentes", lo cuantitativo, la pura dispersión. Lo abigarrado de los entes del mundo, la tendencia a la que nos llevan nuestros sentidos o la mente puramente individual, ha de ser compensada por la tendencia a la unificación. Pero no se trata de alcanzar una "totalidad" a la griega, sino de otra cosa: hay que transparentar al Único a partir de sí. Como tampoco basta con ir unos pocos centímetros delante de la propia generación, ni siquiera con ir muy por delante de ella, sino de hacer desembocar el propio tiempo en la eternidad.
Cuando me pregunto sobre el porqué de mi resistencia a la tarea autobiográfica, llego a la conclusión de que mi talante intelectual no se encuentra cómodo en situaciones en que es preciso hablar de mí mismo, como si un sentimiento casi invencible de pudor me impidiese referirme al yo, como no sea para superarlo y tematizarlo. Pues ¿qué interés tiene la psicología de tal o cual sujeto si no es el de constituir un eslabón intermedio en el camino hacia el equilibrio entre todos los sujetos, imposible de conseguir sino desde el diálogo con el Ser divino que los sustenta, el único que puede otorgarles su nota adecuada en la grandiosa sinfonía universal?
Siempre me inspiró más el estudio de la "Ley que sostiene el mundo" que cualquier consideración sobre mi persona; después de todo, ¿a quién podría interesar una vida tan marginal? Tan solo a dos tipos de personas: a aquellas que quieran aprender a colocar en su debido lugar la dimensión social o institucional de la vida, a fin de superar los "traumas" que pudiera engendrar su natural abandono; y a las que deseen comprender cómo la "centralidad" y la "marginalidad" social o espiritual son dos dimensiones complementarias.
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Hoy que lo filosóficamente correcto es "reflexionar", "pensar" o "debatir" sobre la no-realidad, resulta infrecuente encontrarse con un libro como éste, escrito a la vez con rigor y apasionamiento y en el que, sin ningún tipo de contemplaciones, el autor nos introduce de golpe en pleno corazón de la filosofía y del pensamiento en general. ¿Cuántos pugnan hoy por acercarse a los grandes temas y a las cuestiones cruciales de la vida? Aquí estamos en pleno desierto. Más frecuente es ver a liliputienses jaleados como gigantes por otros liliputienses.
Comienza el autor por afirmar que la parodia es lo obvio. Parodia no puede ser únicamente "la imitación burlesca o irónica de una obra de literatura". Este tipo de parodias, aunque sirvan para caracterizar algunos aspectos de la Cultura, no es aquí el fundamental.
Toda la Historia de la Humanidad ha consistido en una continua creación de parodias a todos los niveles. Y, puesto que lo que importa es el "cómo" y no el "por qué" de los fenómenos, se trata ante todo de saber cómo funciona la Gran Parodia, no de conocer qué es. Por eso el único problema crítico consiste en desvelar cómo la parodia abstracta construye relaciones concretas.
En la descripción histórica de la Gran Parodia, el autor sigue con bastante aproximación el esquema tradicional de las "cuatro edades", a través de las cuales la humanidad va degenerando progresivamente, y distingue cuatro momentos: la parodia religiosa, la jurídico-estatal, la parodia como teatralización y la parodia como espectáculo.
La parodia religiosa se presenta como una totalización construida por los hombres y por la que intentan explicar la situación del hombre en el mundo. El homo religiosus es un sumiso que debe su existencia y su destino a una abstracción que se llama dios o los dioses, el destino o la fortuna. En el origen de las religiones jugó un papel principal el miedo del hombre, que, funcional al principio, se transformó luego en terror moral, que culpabiliza al hombre hasta el extremo. A partir de esta conciencia culpable, la parodia religiosa manipula al creyente y lo destruye. Y así el más acá es escamoteado en provecho del más allá. Siguiendo a Feuerbach, el autor considera que la religión es un despojo y una sustitución. Pero lo verdaderamente importante para él es estudiar la parodia religiosa como función, que se resume en convertir al hombre en una mercancía moral. La parodia religiosa engendró la Teología, que es la sublimación del discurso paródico religioso, en el que está ausente todo referente intersubjetivo y toda posibilidad de control lógico de sus enunciados. No en vano dijo Feuerbach que el secreto de la Teología reside en la Antropología.
Pero la parodia religiosa no era suficiente, dado que la realidad concreta tendía a escaparse de la generalidad abstracta que le acompañaba. Por eso surgió el estado, más próximo a dicha realidad. Si la norma religiosa no es lo suficientemente flexible para adaptarse a los cambios económicos y sociales, la jurídica, en cambio, va ajustándose a las situaciones siempre nuevas. Por eso, al igual que la parodia religiosa dió origen a la Teología, la parodia jurídico-estatal engendró el Derecho. Y, de la misma manera que la primera se perpetúa a través de la liturgia, en la que deviene presente la divinidad, la segunda lo hace mediante un ceremonial de significaciones que extraen su fuerza del dios del Estado, de la llamada Justicia. Pues, como decía Hegel, "El Estado es la vida moral realizada que existe en realidad". En definitiva, el homo religiosus va transformándose así en súbdito, es decir, en patriota. Y por eso la triple negación anarquista "Ni dios, ni césar, ni tribuno" es una triple redundancia, como también lo es la afirmación contraria, "Dios, patria, rey". Y, del mismo modo que la parodia religiosa hacía del hombre una mercancía moral, su legítima y un poco acomplejada sucesora, la parodia jurídico-estatal, lo transforma en mercancía estatal.
Para comprender el tercer momento de la Gran Parodia, el "Gran Teatro del Mundo", hay que partir de una constatación: tanto la parodia religiosa como su sucesora engendraron cultura, cada una a su manera. Pero ahora es la Cultura misma la que va a engendrar parodia. Si la parodia religiosa supone el despojo abstracto del hombre, y la parodia jurídico-estatal, su despojo generalizado, el Gran Teatro del Mundo marcará su despojo cultural. El hombre del Barroco siente la necesidad de inventar un mundo, pero conserva, al menos durante un tiempo, la conciencia de que es un invento: al fin y al cabo, el problema que se plantea el Barroco es negar el mundo sin negar la vida. La solución hubiera consistido quizá en transformar el mundo en nombre de la vida. Sin embargo, se optó por negar la vida para salvar al mundo. Nace así la sobrevida, que es lo que resta de la vida cuando no es posible vivirla: los espectadores se limitan a identificarse con los actores del escenario. La vida es sueño, desengaño, un tema en el que resuena el motivo prístino de la Gran Ilusión cósmica. Por eso la parodia religiosa se manifestará de nuevo mediante un tiempo y colaborará con el Gran Teatro. La parodia barroca es la base de la Cultura en la cual vivimos o sobrevivimos: ella fijó una norma cultural a imitación de la jurídica, un "canon". Y, a semejanza de las dos primeras parodias, transformó al hombre en mercancía, esta vez cultural.
Llegamos así al cuarto momento, la Sociedad del Espectáculo, que es la culminación del Barroco. Aquí ya no existe ninguna diferencia entre actores y espectadores; el mundo entero se ha convertido en escenario. Ya no hay códigos morales, tan sólo se le pide a cada actor que funcione al nivel que se le ha atribuido. Todo radica en construir una serie de simulacros paródicos a través de los cuales el mundo funcione. De este modo, la realidad se aleja del hombre, para ser sustituida por una imagen espectacular de la misma. Esto produce una alienación nueva: la conciencia del hombre actual se convierte en mero espejo, en conciencia separada de la realidad. Si las abstracciones y generalizaciones concomitantes a las anteriores parodias dejaban todavía al hombre la posibilidad de referirse a la existencia, en la Sociedad del Espectáculo apenas queda ya referencia alguna (en un contexto muy diferente, esta vez bíblico, encontramos esta frase tremenda: "Os embriagaré y bajaréis como ovejas al matadero"). Para colmo, semejante impresión de irrealidad encanta a ciertos posmodernos, verdadera hez de la época: la ausencia de referentes les habilita para decir lo que se les ocurra. Parece, pues, que la Sociedad del Espectáculo es capaz de englobar las demás parodias, convirtiéndolas en espectáculo, y de hacer del hombre un objeto espectacular.
¿Se trata de un proceso de deshumanización irreversible? El autor, apoyándose en Marx y en Guy Debord, considera que todavía queda alguna esperanza. ¿Cómo salir de semejante situación? No a través de la parodia negativa, que consiste en negar el objeto parodiado sin lograr destruirlo. Sí mediante la parodia auténtica, que, negando el objeto parodiado, lo destruye al destruirse a sí misma. Y es que la primera se limita a distanciarnos del objeto, en tanto que la segunda viene a abolir el distanciamiento.
Se trata entonces de aplicar la parodia auténtica al mundo de hoy. Y así nuestro autor, cual nuevo Quijote, emprende su lucha contra "magos y encantadores". He aquí una lista de los temas abordados: "la historia de un mundo sin historia", "la sobrevida cotidiana", "la burocratización del mundo como afirmación de la ausencia", "el nivel de vida", "niveles paródicos del discurso" y, por último, "el único discurso que nunca pudo ser paródico". Se refiere al de la Ciencia, que, amén de exigir una disciplina y un lenguaje rigurosos a quienes la cultivan, algo de lo que suelen carecer los farsantes y filosofantes del Simulacro, es la expresión de relaciones reales y se presenta siempre como la totalización más totalizada hasta el momento, nunca como la Totalidad Suprema; de ahí su imparable progreso.
La lectura del libro nos coloca, pues, ante un tema decisivo y extraordinariamente sugerente. En un primer momento, resulta fácil reconocer los ecos de Feuerbach, Marx, Bakunin, Proudhon, los situacionistas (especialmente Guy Debord), Wittgenstein, Kolakovski, E.Fromm, Baudrillard y otros, por restringirnos al ámbito de los filósofos y ensayistas. Por momentos, la lectura de la parte más crítica del libro nos traía a la mente una cierta atmósfera semejante a la de "La Grande Beuverie", de René Daumal.
Pero podríamos remontarnos mucho más atrás y rastrear el tema de la Gran Parodia en sus mismos orígenes iniciáticos, religiosos y metafísicos, ya sea que la entendamos en el sentido estricto que le da el autor, ya la pongamos en relación con conceptos afines, como el "velo de Mâyâ" del hinduismo, el "Samsâra" budista, la esfera de la "Opinión" de Parménides, la "Caverna" platónica y, en general, el ámbito "fenoménico" de la Metafísica, sin hablar del heideggeriano "Olvido del Ser". En otro contexto diferente podríamos aludir a la figura del "Gran Simio" o "Gran Mentiroso" ("homicida desde el principio") de la tradición judeo-cristiana (hay que decir, sin embargo, que, entre las secuelas de la "caída original", la teología cristiana ha dado más relevancia a la concupiscencia que a la "vulneración del entendimiento", un punto a corregir, por más que santo Tomás hable de la necesidad de la revelación divina justamente a causa de la dificultad, para la mayoría de las personas, de conocer siquiera las verdades "naturales").
Es verdad que tales "categorías" funcionan en sentido opuesto al que les otorga Ferreras, es decir, como una caída en la dualidad o en la multiplicidad, como una "fisura" en la No-dualidad o en el Uno. Si, en las concepciones religiosas, el mundo no está "alienado" desde el principio, sino que ha empezado a estarlo a raíz de una "catástrofe", una "ilusión" primordial o una "caída" originaria, algo similar, aunque de signo inverso, ocurre con la Gran Parodia. Por eso el modo de salir de ella es contrario al del homo religiosus. Para éste último se trata de llegar a Dios o, mejor, de volver a él; en la Parodia, el asunto es salir del ámbito divino, dejando atrás la Unidad como fuente de todo enajenamiento. Detectamos asimismo el paralelismo siguiente: si el "samsâra" es la existencia sometida al conjunto de los condicionamientos cósmicos (y aquí resultaría apasionante abordar el sistema simbólico que mejor se hace cargo de esos condicionamientos, el astrológico, una de las formas en que se expresa el postulado de la interdependencia universal), y el "nirvâna", la liberación o superación de tales trabas, en el otro extremo, la Gran Parodia es el "sistema" de enmascaramientos y desfiguraciones de lo real, al que sólo podemos destruir o neutralizar mediante la práctica continuada de la parodia auténtica.
De este modo, si en un plano se habla de la experiencia del "Absoluto", del "Uno" o de "Dios", en el otro se alude a la deconstrucción de la Gran Parodia. Desde el punto de vista formal, la "Unidad" de las religiones es el homólogo de la liberación de la Gran Parodia, pues en ambos casos nos las habemos no con un ente separado, sino con un estado de no-dualidad. De hecho, el concepto de "Identidad Suprema" comporta la supresión de la individualidad humana (mucho más matizado y equilibrado resulta el cristianismo, en donde la "identificación" del hombre con Dios en que consiste la Redención no llega a suprimir la diferencia entre los ámbitos divino y humano), como también la abolición de la Gran Parodia supone el fin de la conciencia "especular" o "separada".
Mención aparte merece el método de la parodia auténtica, de extraordinaria eficacia en el desenmascaramiento de tantos aspectos de la vida contemporánea y que nos trae reminiscencias, bien formales, bien de contenido con métodos de la más variada índole (religiosa, metafísica, dialéctica, fenomenológica...): se trata siempre de dos "momentos" o "movimientos" que, en definitiva, expresan la tensión identidad-diferencia.
Otro punto a destacar y a matizar es el del carácter no paródico de la ciencia (en su acepción más genuina, preservada de toda identificación con la técnica), en donde resuenan ecos de Hume, pero también de Russell y Wittgenstein. Es verdad que hay una filosofía al margen de la ciencia, que adolece de generalidad o de falta de comprensión del quehacer científico, cuando no de ignorancia culpable. Pero hay otra filosofía que no sólo se hace eco del magnífico rigor y de los enormes logros de la ciencia, sino que va más lejos y se enfrenta con sus fundamentos mismos (véase, por ejemplo, Husserl, en su obra "La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental"). Conviene hacer constar, además, un hecho: altísimas figuras de la ciencia tienden a hacerla culminar en la filosofía, en la teología e incluso en la mística (cf. Heisenberg, "Diálogos sobre la física atómica", o "Cuestiones místicas", por Einstein, Heisenberg y otros).
¿Qué pensar, en último extremo, de la parodia auténtica y de su campo de aplicación? Reconocida la gran labor crítica que desarrolla, especialmente sobre la oprimente "Sociedad del Espectáculo", quizá se echa en falta una tradición más amplia de autores que, por entre las fisuras de la Gran Parodia, hayan introducido la parodia auténtica. ¿No es tan universal la Parodia como la "tradición" o la "comunidad de los despiertos", de aquéllos que han aprendido a conjurarla en las distintas épocas? De otro modo, la capacidad de aniquilar la Parodia corre el riesgo de perderse, de manera que casi condenamos a la parodia auténtica a brotar por "generación espontánea". ¿No deberíamos, por el contrario, sostener que la verdadera Historia comenzó hace mucho tiempo, más aún, que es contemporánea de la Gran Parodia? Y, por mucho que queramos evitar la "estructura" en provecho de la función, ello nos llevaría más o menos a esta conclusión: "desde el principio" hay una lucha "arquetípica" entre dos polos, un conflicto universal entre una religión auténtica y otra inauténtica, entre un arte paródico y un arte debelador de la ilusión, y así sucesivamente. La sombra de la "Horrible Fortaleza", que parece inacabable, ¿no ha ofrecido siempre resquicios por donde entraba un rayo de luz? ¿No supone todo despertar de la ilusión un "tutor" que lo hace posible y lo conduce? ¿Cómo negar a figuras tan señeras como los iniciadores de las grandes tradiciones espirituales (que se han mostrado como "cifras" particularmente elevadas de la Divinidad) la capacidad de abolir en sí mismos la Gran Parodia? ¿Cabe negar lucidez a una "cadena" primordial cuyos eslabones, según el texto bíblico, llegan hasta Melquisedec y culminan en Cristo? Y, por último, ¿cómo no atribuir a la "marginalidad" espiritual de todas las épocas un parentesco con el profeta Elías, animada como está por un fuego semejante? ¿No le es fácil a nuestro autor reconocer en muchas de sus intuiciones, como también en su praxis, la influencia de la espiritualidad más auténtica, vigente en todas las épocas?
Como apreciará el lector, no son precisamente baladíes las cuestiones que suscita la lectura de este libro.
*Reflexiones a propósito del libro de Juan Ignacio Ferreras, “La Gran Parodia”, Madrid, 2000, Endymión.
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En un artículo publicado hace poco más de un año en la revista "Heterodoxia" y a propósito de la estética subyacente a la obra de M. Espinosa, hice notar lo que considero un hiato fundamental para entender su pensamiento y, por consiguiente, su producción literaria: la distinción entre una primera época, eminentemente clásica, "griega", y un segundo período, en el que asistimos al despliegue de lo que podríamos llamar la "desmesura de la Trascendencia".
Es mi intención desarrollar un poco más esta idea y extraer las oportunas consecuencias en lo que se refiere a la concepción espinosiana del "itinerario espiritual". Sin hacer tarea de erudición quisiera, al mismo tiempo, exponer algunos aspectos de la obra que quizá contribuyan a su mejor comprensión, una obra que, evidentemente, no nació acabada cual Minerva de la cabeza de Júpiter.
A mi entender, hay un abismo entre el mundo de "Asklepios" y de "Escuela de mandarines", de un lado, y el de las "Tríbadas" y "La fea burguesía", de otro.
Aquellas asisten (cada una a su nivel, la primera de modo incipiente, la segunda, de manera acabada) al despliegue de una razón clásica, "apolínea", en definitiva, para utilizar la terminología de Nietzsche, un autor, dicho sea de pasada, no muy del agrado de Espinosa (espero que, a estas alturas, no tendrá inconveniente en perdonármelo).
En cuanto a las otras dos, las recorre de parte a parte algo cuyo alcance rebasa con mucho el ámbito de lo griego, aun entendido en la forma utópica y ucrónica que le da nuestro autor. Y este algo se manifiesta de un modo especialmente intenso y desgarrado en las "Tríbadas", con un "pathos" más mesurado en "La fea burguesía". Pero procedamos ordenadamente.
1. De "Asklepios" al "Eremita"
¿Qué tipo de razón hay detrás de la conciencia narrativa de "Asklepios"? Nos encontramos con el ideal de un mundo "natural", "lógico", accesible a la comprensión humana y del que nos tiene desterrados la civilización y, en cierto modo, la historia sin más. Un mundo "a escala", que el "último griego" añora y del que extrae aquella fuerza recóndita que le hace vivir. Ítaca definitivamente perdida en el espacio y en el tiempo, no deja de vivir más allá de la región empírica, allí donde la nostalgia y el sueño, pero también la imaginación creadora tienen su morada.
El exilio se vuelve particularmente penoso en "Escuela de mandarines". No es ya sólo la sensación de haber perdido la "patria", sino el encadenamiento a los poderes estólidos de la sinrazón, la servidumbre cotidiana en el país de los mandarines y de los becarios, de los adictos y de los devotos, de los incensadores y de los ditirámbicos del Hecho.
Frente al mundo de las cosas primeras, de la mujer, de la lógica está el ámbito de las cosas últimas, de la premeditación y de la falsedad, de la degradación. Es la naturaleza frente a la historia, el origen frente a la pura derivación, la plenitud del principio frente a la corrupción subsiguiente. Y aquí encontramos el germen de un cierto talante gnóstico, nunca tematizado explícitamente en la obra espinosiana, pero siempre presente, a veces incluso a través de motivos habituales, por ejemplo, el de los demiurgos: el mundo histórico representa una "caída", un destierro poco menos que insuperable, y el alma simple del Eremita (un avatar más "avanzado" que "Asklepios", es decir, más inmerso en la materia) ya no se define propiamente por la mera "nostalgia" de la "patria", sino por la "vergüenza" ante la Feliz Gobernación y ante el sistema de los mandarines, sus pompas y sus obras (y viene a mi mente un tema tan espinosiano como el de la inanidad del mal, su insignificancia e idiotez cuando se lo considera desde la razón; es lo que la literatura más espiritual de todos los pueblos nos presenta como las añagazas del mal, sus fantasmagorías, que se desvanecen sin dificultad ante las armas espirituales del santo o del héroe: "como la cera se funde ante el fuego y el humo es dispersado por el viento", dice el Salmo).
Hay aquí una confianza radical en la razón "griega", lo único que nos ayuda a mantenernos incólumes en medio de la locura de semejante mundo.
¿Qué es lo que distingue al Eremita de la figura de Asklepios? En el "descensus ad inferos" que es toda la obra de Espinosa, el Eremita representa el momento en que el "último griego" abandona lo que todavía es la superficie terrestre y se sumerge en los mundos subterráneos, de oscuridad creciente, en su avance hacia los más profundos círculos del Orco (no podemos entrar aquí en aspectos sugerentes de la simbólica tradicional que resuenan en "Escuela de mandarines", se propusiera o no el autor evocarlos conscientemente; por lo demás, a quien esté interesado por las cuestiones relacionadas con el simbolismo, le sugiero que analice aunque sea someramente el tema astral de nuestro autor, muy marcado por el arquetipo de la Balanza, una Balanza en conflicto permanente con Plutón, lo que otorga a su personalidad y a su destino la impronta de una rara tensión entre el ideal racional occidental y las pulsiones destructoras, tanáticas, "infernales").
Lo que Asklepios vislumbraba o adivinaba, pronto se transforma en ominosa realidad: ante sus ojos aparece la moleciclópea de la Feliz Gobernación, cuya entidad en modo alguno se reduce a ser la de un régimen político degradado que pretende perpetuarse a sí mismo y trocar en ley la pura irracionalidad del Hecho.
No puedo sino denunciar toda interpretación de "Escuela de mandarines" en clave meramente política. Quede claro que, en lo que se refiere a opciones políticas, la obra no deja títere con cabeza. Espinosa no pertenecía al gremio de quienes encuentran deleite en echar abajo puertas abiertasni en alancear moros muertos. Por eso, cualquier interpretación oportunista de la novela se volverá inevitablemente contra quien la haga: un "explosivo" de tan alto poder no se deja manipular sin más. Pero continuemos con nuestro análisis.
Los personajes en quienes se encarna el "sistema", con representar estadios muy avanzados de la degeneración humana, no han alcanzado, sin embargo, el "último círculo" de la perversidad, al menos si se los compara con los de las "Tríbadas" o "La fea burguesía". El Eremita se asombra y se avergüenza ante el mal que lo circunda, pero todavía no se siente invadido por el "pasmo" o el "terror" en su forma religiosa y metafísica. La presencia del mal estructural que despersonaliza a los individuos está ya ahí, pero de un modo incomparablemente menos intenso que en sus últimas obras, sobre todo en las "Tríbadas".
Si la inocencia del Eremita se halla transida de una extraordinaria sensibilidad al mal, su espíritu aún no ha descendido al abismo y todavía confía en el poder de la razón desnuda para resistir al mundo de los mandarines, un ámbito que se distingue justamente por su arbitrariedad y antinaturalidad.
2. De la "guerra exterior" a la "guerra interior"
Es lo que en otro lugar he llamado la "pequeña guerra" del Eremita y sus afines contra el enemigo exterior, contra el "sistema" inamovible de la sinrazón, por oposición a la "gran guerra" que el hombre ha de emprender contra sus monstruos interiores.
¿Está plenamente justificada tal denominación? Sí, en cuanto que el combate emprendido por el Eremita no es todavía la lucha definitiva; no, en la medida en que el conflicto en que está implicado nuestro héroe no es, rigurosamente hablando, exterior a él. Es un punto en el que he de insistir.
En mi opinión, toda la producción de Espinosa ha de entenderse como un completo "descensus ad inferos" en su acepción más rigurosa, la que aparece en la literatura espiritual más relevante de todas las épocas.
No es que otras dimensiones del hombre (política, sociológica, etc.) estén ausentes de ella. De hecho las encontramos aquí y, en esta época masificada y "entrópica", tienden casi inevitablemente a imponerse.
Con todo, la legitimación de la obra viene de otro sitio, del lugar de la radicalidad, de aquello por lo que el hombre es lo que es, de lo que lo constituye en su más recóndita índole: su condición pneumático-corpórea y la necesidad de restaurar en todo su esplendor la imagen divina que lo configura.
A mi entender, la entera producción espinosiana describe entonces los diferentes hitos del camino recorrido por el ser desde una situación "paradisíaca" aún no sometida a prueba (la "patria" griega, entendida, como dije antes, en sentido utópico y ucrónico) hasta un estado de purificación interior más allá de la experiencia de los "infiernos".
Algo que resulta familiar a los hombres espirituales de todos los tiempos, que lo designan, cada uno a su nivel, como el conjunto de pruebas más allá de las cuales entramos en la "albedo" (dirían los alquimistas), la peregrinación a través del hemisferio descendente del "Dragón" (señalarían los astrólogos) o el umbral de la experiencia iluminativa, según la mística cristiana.
De acuerdo con estas sugerencias hermenéuticas, las distintas obras de nuestro autor no serían sino otras tantas etapas de una peregrinación espiritual que, por lo demás, resulta ejemplar.
A efectos de confirmarlo, perdóneseme una nueva alusión, que para algunos resultará quizá un tanto críptica, al tema astral de Espinosa: justamente en su sector X, el de la misión en el mundo, encontramos nada menos que a Plutón en conjunción con la "Cabeza del Dragón" y el "Sol negro", lo que se interpreta en el sentido de una misión consistente en poner de manifiesto a los ojos de la humanidad la dimensión de lo divino, del Absoluto, que se hace patente precisamente a través de los "infiernos", y en mostrarlo de tal manera que reclama y provoca una opción insoslayable en favor o en contra de la Divinidad.
De este modo, los mandarines, los becarios, los adictos no serían simplemente sujetos exteriores al peregrino espiritual, sino posibilidades, propensiones, proclividades de su propio ser, con las cuales se halla en mortal conflicto.
La lucidez de Espinosa y su enorme conocimiento de la naturaleza humana abonan, a mi entender, dicha tesis. A este propósito, recuerdo una conversación con él en la que hablaba de la buena conciencia y del sentimiento de honda satisfacción que embarga al público burgués cuando asiste, por ejemplo, a la proyección de un documental sobre los horrores cometidos por los nazis. Complacidos, todos dicen en su interior: "Afortunadamente, pasaron los tiempos en que ocurrían esas atrocidades hoy que la humanidad se encamina hacia cotas de civilización jamás alcanzadas", u otras reflexiones semejantes. No hace falta, pues, subrayar algo que, para Espinosa, era evidente: que los personajes de "Escuela de mandarines" representan otras tantas posibilidades del ser humano, ayer, hoy y siempre.
En relación con tales personajes y, en general, con todos los que aparecen en la producción espinosiana, haré notar una característica que llama la atención: el mal estructural que sirve de fondo a los personajes los despersonaliza, por así decirlo, transformándolos en simples avatares del mismo. Lo que importa por encima de todo es el "sistema" del mal, no sus particularizaciones. Como tales, no hacen sino reproducir lo aberrante o monstruoso de la situación, de la que son meras ilustraciones, por más que la cualidad o intensidad del mal varíe de unas obras a otras.
¿Qué sentido tiene esto? Si interpretásemos las diferentes obras de nuestro autor en clave de crítica social o ética, resultaría difícil evitar la conclusión de maniqueísmo; en ese supuesto esquema maniqueo, de un lado estarían las figuras que encarnan la positividad y la bondad; de otro, los personajes negativos y malignos sin apelación (lo cual no excluye en modo alguno una intensificación del bien y del mal en las obras de Espinosa, a la manera de la conocida parábola del trigo y la cizaña; por ejemplo, de "Escuela de mandarines" a las "Tríbadas" se ha atravesado un umbral decisivo). Ello comportaría igualmente una falta de realismo apenas compatible con el talante de una gran obra literaria, si es que ella se propone, como es el caso, la mostración del mundo en su auténtico ser.
¿Cómo conciliar entonces el agudo conocimiento de la naturaleza humana de que hace gala nuestro autor a lo largo de toda su produccióncon este aparente maniqueísmo? La respuesta no es dudosa: las figuras positivas y negativas que él nos pinta con enorme maestría no se orientan a la descripción de personas de carne y hueso, por más que la utilización de nombres propios de contemporáneos parezca, en ocasiones, desmentirlo (en cualquier caso, esta circunstancia no afecta a las sucesivas generaciones de lectores).
Más allá de semejante inconveniente, pienso, sin embargo, que los personajes espinosianos pretenden reflejar inclinaciones, virtudes, vicios, proclividades, tentaciones, peligros y, en general, todo cuanto ayuda y robustece o, por el contrario, degrada y corrompe al ser humano en el camino hacia su completo acrisolamiento.
Se comprende entonces que tales personajes sean o bien luminosos o bien sombríos, de acuerdo con su condición de símbolos de las posibilidades que se presentan ante el hombre y que éste ha de realizar a través de opciones cada vez más decisivas. Y ello nos ayudará a ver con mayor claridad las sucesivas etapas del "itinerario espiritual" al que venimos refiriéndonos.
3. Intensificación de los extremos y acceso al ámbito teológico
Por otra parte, la distancia entre los personajes extremos que aparecen en cada obra va "in crescendo", como corresponde a la progresiva radicalización que implica el camino espiritual. En un principio ("Asklepios" y "Escuela de mandarines", cada una a su nivel), la diferencia entre las figuras positivas y negativas se basa en el criterio de la razón, de una razón utópica que aparece como la nostalgia de la "verdadera patria" (habría que precisar, de pasada, que lo que Espinosa llama "razón griega" no coincide exactamente con lo que la tradición y filosofía occidental suele atribuira talconcepto). El bien y el mal no han hallado aquí su última profundidad: vienen a identificarse respectivamente con lo "natural" y lo "antinatural".
Como decíamos más arriba, el sistema de la Feliz Gobernación hace sonrojarse de vergüenza al Eremita, no le pasma ni le aterroriza, al menos si tomamos esos términos en su acepción más rigurosa, la que aparece en las "Tríbadas" o en "La fea burguesía", sobre todo en la primera. ¿En qué radica la diferencia entre la vergüenza y el terror?
Llegamos así a un punto fundamental en nuestra reflexión, un punto que, a mi entender, proporciona la clave de aquel hiato o giro en la producción de nuestro autor al que aludíamos al comienzo. El paso del reino de la vergüenza al del terror es teológico. ¿Qué quiere decir esto?
En conversaciones habidas con Espinosa allá por los años 1974-75, recuerdo haber abordado con él el tema de Dios en "Escuela de mandarines". Coincidíamos en constatar que la atmósfera de la obra no era en absoluto teológica en el sentido fuerte del vocablo. Lo cual no significa que la cuestión teológica no estuviese en el trasfondo. Pero lo que destacaba allá era más bien la religiosidad del "homo naturalis", que se manifestaba ante todo a través del ámbito de las "cosas primeras" y que, con frecuencia, adquiere en la obra una expresión poética notable. Más que de Dios, podríamos hablar de los "dioses", sublimación de las virtualidades benéficas de la "naturaleza", por oposición al reino de las "cosas últimas", de lo "antinatural", de los mandarines.
No es ocioso hacer al respecto una precisión: al hablar de la "naturaleza" en Espinosa, en modo alguno hay que suponer un misticismo o sentimiento de fusión con el cosmos, de delectación ante la "armonía de las esferas". Para él, la "naturaleza" por antonomasia es la "naturaleza humana". Lo que le caracterizaba era, por emplear una expresión suya, la "libido personae", es decir, el interés por desentrañar el misterio de la persona y de las personas, observación que, sin duda, puede ayudar a comprender mejor algunos aspectos del itinerario espiritual, tal como queda delineado en su obra. Pero continuemos con la cuestión teológica.
En un mundo referido a la razón "griega", aun en su dimensión utópica y ucrónica, el conflicto entre bien y mal, con ser grande, no alcanza su radicalidad última. El desarrollo concreto de la historia, que nos muestra la degradación de todo sistema político y de toda organización social, así como el deseo de autoperpetuación del régimen de los mandarines conduce a un escepticismo sobre la condición humana en su globalidad.
Es el predominio del mal lo que motiva este escepticismo. Pero se trata de un mal limitado, por así decirlo, de un mal que no produce vértigo: estamos aún en la esfera de la razón y, por consiguiente, cabe, a pesar de todo, la mesura al describirlo, por más que el estilo hiperbólico utilizado por el autor parezca inducirnos, en ocasiones, a suponer lo contrario. Pero la hipérbole se mueve, a mi entender, en el ámbito de la amplitud, no en el de la intensidad. En todo caso, no rebasa un determinado umbral, cosa que sí ocurre en las obras de la segunda época, en donde la presencia del mal deviene opresiva, obsesionante.
Anteriormente aludíamos al referente gnóstico (un gnosticismo "sui generis") y al "descensus ad inferos" como clave para comprender la producción literaria de Espinosa. Pues bien, si tal componente y el dualismo que comporta se detectan de modo germinal en las obras del primer período, en las de la segunda fase se muestra con más claridad.
Entramos en el reino del pasmo, del pánico (es curioso constatar cómo nuestro autor utiliza en un pasaje de "La tríbada falsaria" la expresión "el rey de los terrores", que aparece en el libro de Job: es una muestra entre otras de la desmesura del nuevo ámbito). Es el mal extremo el que sirve de ocasión a la mostración de lo divino.
Si, en "Escuela de mandarines", el mal se cristaliza en el "sistema", en la mole ciclópea del poder (me vienen a la memoria las palabras que C.S. Lewis coloca en el exordio de una de sus obras y que hacen referencia a la torre de Babel: "la sombra de esa horrible fortaleza tiene seis millas y aún más de larga"), en las obras de la segunda época el mal deviene apocalíptico en su acepción más rigurosa, se revela en toda su realidad.
El escritor y el hombre Espinosa se enfrentan aquí no al mal sociológico o ético, ante el cual la razón conserva todavía sus recursos (el clásico "A quien los dioses quieren perder, primero lo enloquecen" no es más que un reconocimiento del papel de la razón como debeladora de mosntruos, al menos dentro de un ámbito limitado y "finito"). El reto que afrontan es el del "Príncipe de este mundo", como gusta llamarlo nuestro autor en clara terminología evangélica y joánica.
Ahora bien, me parece importante subrayar que la aparición de esta figura es simultánea con la adopción de la perspectiva teológica propiamente dicha, característica de las "Tríbadas" y de "La fea burguesía". Ya lo expresó el propio Espinosa en muchas ocasiones refiriéndose a las "Tríbadas": no es que en ellas se haga teología como se cultiva cualquier otra disciplina; se hace teología porque lo divino queda mostrado en su verdadera índole y se descorre el velo que lo oculta en medio de la cotidianeidad.
Por eso el hombre que afirmaba que la vida de todos los días es más tremenda que la peor de las guerras, sólo podía concebir el acercamiento a lo divino a través de la presencia obsesiva del mal. Es evidente que, para Espinosa, Dios se revela ante todo como Aquel ante quien el mal en su última profundidad queda desenmascarado y desnudo, cualquiera que sea el disfraz que adopte.
Esto nos ayuda a precisar un poco más la índole del camino espiritual del hombre y sus diversas etapas tal como aparece en nuestro autor. Asistimos, por tanto, a un desplazamiento desde la dimensión ética, basada en la razón y predominante en sus primeras obras, a la religiosa.
Sin entrar aquí en una confrontación con las tesis kierkegaardianas sobre el particular, sí hemos de reconocer su pertinencia básica a la hora de distinguir las dos grandes fases de la producción espinosiana y, por consiguiente, del itinerario espiritual.
No es que "Asklepios" y "Escuela de mandarines" adopten exclusivamente la perspectiva ética, pero lo cierto es que se mueven de forma predominante en ella. Es la razón "griega" la que sirve aquí de referente, una razón abierta, es verdad, a los "dioses" y a la religiosidad "natural", pero fundamentalmente restringida a la esfera humana.
Por eso el mal encarnado en el reino de los mandarines continúa siendo un mal "a escala humana", por notables que sean sus dimensiones, a diferencia del que se manifiesta en las últimas obras, en donde se revela la desmesura de un mal que rebasa todo límite. "No luchamos contra la carne y la sangre", dice un texto bíblico que, indudablemente, Espinosa haría suyo.
¿Qué ha ocurrido aquí? Más allá de la tentativa de resolver el misterio de la existencia por vía ética o estética, el peregrino espiritual, que, por el momento, ha alcanzado el "centro de su ser", asiste al progresivo desvelamiento de un mal que le sobrepasa completamente y que, cual "Deus inversus", no puede sino inspirarle aquella mezcla de terror y fascinación que muestra el pajarillo ante la mirada del reptil. La desnuda razón se estremece ante tal acontecimiento y queda paralizada e inerme, a merced de los constrictores anillos de la Serpiente Antigua.
Consideraciones exclusivamente estéticas podrían llevarnos a concluir que la perspectiva teológica a la que en numerosas ocasiones se refirió nuestro autor a propósito de las "Tríbadas" no es más que un recurso narrativo. Si así fuese, ¿cóm explicar el olor de autenticidad que de ella se desprende en todo momento? Una cosa es reconocer las dificultades que pudiera tener el autor para rebasar los planteamientos estéticos desde la voluntad religiosa, teológica, y otra muy distinta llegar a semejante balance definitivo.
A mi entender, la óptica teológica sólo se explica como una necesidad vital, como la única perspectiva viable desde la que contemplar los abismos del mal. Si un mundo semejante escapa a la comprensión de la razón (y Espinosa así lo hace constar en múltiples ocasiones), sólo cabe aproximarse a él desde la atalaya divina. De otro modo, o se banaliza (y entonces escamoteamos la experiencia real del protagonista de la novela y la reducimos a coordenadas socio-psicológicas), o se legitima y se acepta (pues una razón que quisiese afrontarlo con sus propios recursos no haría sino multiplicar la fascinación del mismo).
Sería lo que algunos han llamado la razón "luciferina", que, en su pretensión de iluminar los abismos de manera supuestamente neutral, concluye por intensificar su poder, entrando en una vertiginosa dialéctica entre una objetividad cuando menos obtusa y cerrada al espíritu, y una conciencia puramente "descriptiva" y "neutral" que no se siente comprometida en la erradicación del mal. La historia de la literatura y del pensamiento contemporáneos ofrece a la mirada despierta suficientes ejemplos de esta actitud que, por supuesto, no es la de Espinosa.
De ahí que nuestro autor quiera ajustarse en todo momento a la perspectiva teológica, la única que puede dar cuenta de un mundo semejante. Para no referirnos a las "Tríbadas", que se presentan explícitamente como un "tratado de teología", en "La fea burguesía" aparece una visión semejante, no sólo en conexion con el ml, sino también en orden a legitimar una existencia arraigada y digna.
Así, se habla de un "sentirse creaturas de Dios", de un "ser vistos por el ojo de Dios", en contraposición a la mentalidad esclava del mal que se manifiesta, por ejemplo, en un "Magnificat" invertido, recitado por un personaje que se nos muestra como uno de tantos y, sin embargo, como un ser "demonizado".
Esta circunstancia nos plantea una vez más (aunque a otro nivel) la cuestión arriba suscitada de hasta qué punto las figuras de Espinosa pretenden ser reales, representar a personas de carne y hueso. El hecho de que quien recita ese aterrador "Magnificat" no sea una excepción, sino "uno de tantos" nos lleva al siguiente razonamiento: o bien dicho personaje no es real, con lo cual se resentiría no poco la novela, que se presenta justamente como una mostración del mundo en su más profundo ser, o bien quiere reflejar la condición tenebrosa del mal que nos amenaza por doquier y que continuamente hemos de exorcizar.
Dicho de otro modo: ¿Es real el personaje "burgués" o se trata de la objetivación de un "demonio", como si el autor, al observar la conducta de un individuo concreto, de una persona de carne y hueso, viese brotar de los abismos una presencia maléfica que lo aterroriza y lo obsesiona? Y lo mismo podríamos preguntarnos a propósito de las figuras "positivas", "angélicas" que aparecen aquí y en las demás obras.
En mi opinión, la entera producción espinosiana es justiciable desde el segundo punto de vista: la lucidez del autor y su conocimiento del ser humano no se presta a una visión maniquea de la realidad (Recuerdo una frase suya que decía algo así como: "El tiempo es santo, lo iguala todo", en clara referencia a los límites de la condición humana, que no es angélica ni diabólica).
Así, la "burguesa" que recita aquel estremecedor "Magnificat" sería entonces el paso al límite por el que el autor se horroriza ante un poder maligno que, sin identificarse con el individuo concreto, lo esclaviza o lo obsesiona de algún modo.
Y lo que decimos del autor podemos afirmarlo de cualquier persona que atraviese un estado espiritual semejante. Esto es válido incluso cuando el "demonio" que se manifiesta a través de la existencia burguesa parece más estólido que maligno. (Entre paréntesis, no creo que Espinosa nos desmintiera si afirmásemos que la "materia prima" de su inspiración ha ido degradándose progresivamente conforme al ritmo apocalíptico de los tiempos).
Sosteníamos, pues, que las figuras "negativas" son, en nuestra opinión, el soporte de una experiencia-límite en la que el autor (y quienquiera que recorra un itinerario semejante) afronta un mal extremo a exorcizar. Hasta aquí hemos transitado un largo camino. Desde una situación justiciable mediante la razón "griega", hemos pasado a un estado de cosas sólo comprensible desde el ámbito divino. Pero ¿con qué experiencia de Dios nos enfrentamos?
4. Más allá de la experiencia gnóstica
Aun no declarándose explícitamente gnóstico, el talante de Espinosa, tal como se muestra en sus últimas (y de modo incipiente, en las primeras) parece moverse hasta cierto punto en esta línea. La confrontación de los opuestos, el conflicto insoslayable entre personajes "luminosos" y figuras "tenebrosas", la necesidad de optar claramente por unos u otros, la opresión de la "naturaleza humana" por poderes extraños (políticos y visibles en "Escuela de mandarines", cósmicos e invisibles en las últimas obras), la tremenda dificultad para liberarse de ellos o, cuando menos, para resistirlos, el "pequeño grupo" que escapa a la dominación de los "arcontes", la lucha sin cuartel de la "naturaleza" contra las potencias pavorosas que la esclavizan, todo ello abonaría esta hipótesis, al menos si tomamos el vocablo "gnóstico" en un sentido muy amplio.
No obstante, si tenemos en cuenta las no pocas referencias a los textos bíblicos, amén de las alusiones explícitas a Cristo (al final de "La fea burguesía", por ejemplo, se le presenta como el prototipo del desvalimiento, contraponiéndolo a las pompas y seguridades del "sistema"), no podemos evitar la conclusión de que la "gnosis" supuestamente presente en sus últimas obras ha sufrido una honda transformación, sólo comprensible desde la experiencia de la fe bíblica y cristiana.
Un cristianismo radical, que, en mi opinión, suscribiría las palabras de san Pablo cuando afirma que la fe es "escándalo para los judíos" y "locura para los griegos" (No es una afirmación gratuita. Sé que Espinosa, en cierta ocasión, apreció sobremanera la siguiente analogía: para la razón griega, el cristianismo es como "el bastón en la rueda").
Un cristianismo apocalíptico (¿por qué no decirlo?), en donde el peregrino espiritual se enfrenta en desigual combate con una manifestación extrema del mal y la exorciza.
Llegados a este punto, no podemos rehuir una cuestión candente: ¿Hasta dónde el autor y el hombre que fue Espinosa se identificó con la perspectiva divina que aparece en sus últimas obras? En su denuncia del mal y en su mortal duelo con él, ¿hasta qué extremo pudo ser contagiado por la "hybris" del "Adversario"?
Que Espinosa fue consciente de este peligro nos lo muestra un texto suyo (revista "Postdata", mayo-junio 1987, p. 32) que leo a continuación: "En aquellos días, Cirilo de Jerusalén se apareció en sueños al que dio testimonio de "La tríbada falsaria" y le dijo con semblante irritado: "¿Quién eres tú para ponerte en el lugar de Dios? ¿Acaso conoces los límites del universo? ¿Has asistido a la creación? ¿Sabes de los tronos y de las potestades? Por haber osado erigirte en teólogo has incurrido en la cólera divina". El hombre balbuceó espantado: "¿Qué puedo hacer?" Replicó el enviado: "Bien es verdad que la palabra "teología", que en boca de los más es abominación, en ti no es sino osadía". Pero sólo la intercesión de tu abogado el arcángel Miguel, cuyo nombre significa "¿Quién como Dios?", puede merecerte el perdón. Mas no olvides jamás esto: "No hay más Dios que Dios". La visión se disipó y el durmiente despertó en paz".
El texto despierta ecos bíblicos (el diálogo final de Job con Yahvé, pero también la atmósfera a la vez primordial y apocalíptica asociada a la etimología del nombre del arcángel) y resulta enormemente revelador. Para nuestro autor era evidente que el reivindicar la perspectiva teológica en la exploración de los abismos del mal exigía tal tensión y pureza de espíritu, que difícilmente podría una criatura humana estar a la altura de la situación.
El temor a asumirla, que se suma al pasmo metafísico ante la pleamar de la perversidad, queda perfectamente reflejado en el sueño en cuestión: es el prototipo del desgarramiento entre la Escila de un mal que todo lo degrada y la Caribdis de una respuesta frenética, tiránica, devastadora a ese mismo mal (todos sabemos por experiencia que la verdadera malignidad es la que sirve de ocasión para que aflore en nosotros lo que, con fre cuencia, nos apresuramos a llamar "santa cólera", un nombre, por lo general, no muy ajustado a la realidad de las cosas).
A propósito de tal situación, por lo demás, arquetípica, podríamos hacer referencia a conocidos motivos del pensamiento esotérico, tales como el enfrentamiento entre el polo "luciferino" (un espiritualismo hostil a cualquier "descenso") y el satánico (un materialismo cerrado a toda "ascensión"). Un conflicto en el que, de un lado, se sitúa un cierto intelecto "separado", "desencarnado" (profanación o trivialización del símbolo del "unicornio") y, de otro, la multiplicidad caótica de las pulsiones en su opacidad radical.
Nuestro autor es consciente del riesgo que entraña semejante división. Por eso nos presenta en el sueño la diferencia entre una forma de hacer teología que es "abominación" y otra (la suya propia) que es sólo "osadía".
La primera alude, claro está, a la actitud de quienes, usurpando la perspectiva divina, se colocan por encima del bien y del mal. Una actitud así llevaría a contemplar la historia y a juzgar los avatares de la humanidad con pretenciosa arrogancia. Asímismo, confundiría la iniquidad extrema, extrahistórica o eónica con los humanos que caen bajo su poder, olvidando que, salvo rarísimas excepciones (que suponen un claro conocimiento de causa y una voluntad firme), las personas no llegan a alcanzar semejante grado de perversidad.
En cuanto al segundo modo de hacer teología, supone una cierta "osadía", como se le recrimina a nuestro autor en el sueño. ¿En qué contexto? Los reproches de Cirilo de Jerusalén al autor de "La tríbada falsaria", como los de Yahvé a Job tienen como trasfondo el problema del mal y la limitada inteligencia del hombre para comprenderlo. El ser humano queda, pues, descalificado para juzgar asuntos que están por encima de su entendimiento. Por eso hacer teología en este sentido es una tarea que sólo cabe emprender "con temor y temblor" ("No juzguéis y no seréis juzgados", dice el texto evangélico), a sabiendas de que sobrepasa con mucho las fuerzas humanas.
La actitud sumisa del autor ante el reproche ("¿Qué puedo hacer?") pone de manifiesto la clara conciencia de sus límites y excluye, al menos en principio, cualquier tipo de "hybris". Pero, a través de la respuesta del enviado, se percibe la dificultad de la tarea: "Sólo la intercesión de tu abogado el arcángel Miguel, cuyo nombre significa "¿Quién como Dios?" puede merecerte el perdón". La riqueza simbólica encerrada en esta frase exige que nos detengamos un poco más.
Se alude, en primer lugar, a la necesidad de que intervenga el arcángel. Sólo su intercesión puede exonerar al autor de su culpa, de la "osadía" que supone adoptar la perspectiva teológica. Parece una confesión de los conflictos interiores en que se debate Espinosa y del vendaval de sentimientos contradictorios que le invade. No podía ser de otro modo en una persona que hizo del rigor su religión.
Y lo afirmo incluso en la acepción más pregnante de la palabra, la metafísica: en la Cábala se habla de las dos "columnas" del "árbol de los Sefirot", la de la Misericordia y la del Rigor, sintetizadas en el "pilar central". El rigor, la justicia era, en mi opinión, el atributo que mejor comprendía Espinosa y el que trató de encarnar sin desmayo a lo largo de su vida. Su excepcional agudeza para percibir el mal y la injusticia en su dimensión más radical ha sido quizá la causa de que algunos le acusaran de extremado.
No voy a entrar aquí en panegíricos, pero pienso que lo decisivo en él era un "fiat iustitia, pereat mundus", el imperativo sagrado de hacer que resplandezca la justicia. Si, llevado por esta vocación, pudo en ocasiones excederse, ello hay que atribuirlo, no sólo a las deficiencias de la condición humana, sino también y sobre todo al celo en el cumplimiento de su misión, al imperativo insoslayable de lucha contra todo aquello que desfigurase la exigencia del ideal.
Aquí está la raíz de aquella "osadía" que se le reprocha al autor. No es posible, en efecto, reivindicar la perspectiva teológica sin incurrir, cuando menos, en imprudencia. Ello equivaldría a colocarse por encima de la humanidad y, en definitiva, de la creación entera. Si la armonía universal de lo creado es un juego de contrastes, un equilibrio de agudos y graves, una combinación de consonancias y disonancias, la recta dosificación de las distintas polaridades es algo que escapa a la humana inteligencia.
No obstante, al igual que Job queda exculpado tras su actitud humilde en el diálogo con Yahvé, cuya majestad y sabiduría reconoce sin reservas, nuestro autor merece el perdón por su actitud rendida y por la intercesión de su abogado, el arcángel Miguel.
Es ésta la clave definitiva, pues, de acuerdo con su etimología, Miguel significa "¿Quién como Dios?". Es decir, la "osadía" que acompaña a la actividad teológica y que desautorizaría de antemano cualquier tentativa en ese sentido, sólo puede ser obviada a través de una aceptación de la trascendencia divina.
Por consiguiente, a diferencia de la perspectiva basada en la razón "griega", que implica una "transparencia" de lo real y constituye el tribunal sin apelación ante el que debe responder el "sistema" de los mandarines, la que se funda en la óptica divina comporta la "no transparencia" racional del mundo y el reconocimiento de su insondable misterio. Por eso, el más recóndito misterio, el abismo del mal, deviene inabordable sin el referente teológico.
Como en el caso de Job, sólo desde esta óptica es posible abordar el problema del mal. En último extremo, si la creación tiene un sentido, éste no es accesible a la razón. Por eso, como decíamos más arriba, nuestro autor se aproxima a él desde coordenadas bíblicas y, en especial, apocalípticas. Su pensamiento se centra en la resolución y revelación escatológicas, definitivas de la realidad.
Por otra parte, en el texto que venimos comentando se da una curiosa imantación del autor por el nombre del arcángel, que es el suyo propio, circunstancia tanto más digna de atención cuanto que Espinosa no era dado a especulaciones de esta índole.
Podríamos entrar al respecto en consideraciones metafísicas sobre la relación entre el nombre y la misión, que resultarían, sin duda, sugerentes, hoy que, por desgracia, han quedado casi olvidadas en nuestras lenguas. No nos vamos a detener en ellas, pero sí diremos que, en el caso presente, la riqueza simbólica del nombre en cuestión nos ofrece una serie de pautas interesantes.
Todo ocurre com si el combate arquetípico entre el arcángel Miguel y el Dragón estuviese tan arraigado en el "inconsciente" de nuestro autor como para determinar la entera orientación de su destino y de su obra. Hay, en efecto, en Espinosa una percepción radical de la confrontación de los opuestos, una intensidad en la vivencia del conflicto, una intolerancia frente a las posturas tibias: todo lo cual lleva el marchamo de una vivencia extraordinariamente profunda del combate originario.
A lo largo de su producción literaria y en un "crescendo" alucinante nos hace asistir al enfrentamiento insoslayable entre la "luz" y las "tinieblas", poniendo entre paréntesis los claroscuros de la existencia como un ámbito de menor interés. Para él, esos claroscuros no son sino una realidad a medias, situada entre dos batallas, la primordial y la escatológica. Su vocación es, por encima de todo, discriminadora: de ahí su vivir en tensión para diferenciar el "trigo" de la "cizaña", trabajo angélico y escatológico por excelencia. De ahí su talante metafísicamente "preocupado" y la sensación que transmite de llevar sobre sí el peso del mundo.
Pero una cosa es la "batalla en el cielo" y otra, el combate en la tierra. Entre el ámbito del puro espíritu, de la inteligencia adamantina y de la voluntad inconmovible, de un lado, y la esfera de la opacidad y de la multiplicidad, de otro, el alejamiento es extremo. Y, por mucho que nuestro autor quisiera inspirarse en el ideal del arcángel, su existencia y su obra debían ajustarse a los límites humanos y a la época que le tocó vivir, marcada por el despliegue indiscutible de posibilidades particularmente "entrópicas" e "infernales": el título de esta intervención, "Asklepios en los infiernos" podría trocarse entonces por el de "Miguel en el antro del Dragón". Al fin y al cabo, como señala el Apocalipsis, una vez derrotada en el cielo la Serpiente Primordial, es precipitada a la tierra (¡Ay de sus moradores!, dice el texto), a la que trata de envolver en mortal abrazo.
De ahí que la lucha implacable contra el mal sea indisociable de un combate contra los monstruos interiores, un conflicto sin cuartel en el que "protagonista" y "antagonista", "hombre interior" y "hombre exterior" son, durante mucho tiempo, hermanos inseparables. La frase de Espinosa antes citada, "La vida cotidiana es más tremenda que la peor de las guerras", no deja dudas al respecto y expresa con toda perfección lo que acabamos de decir. En última instancia, la vocación "angélica" de nuestro autor no es más que el intento de llevar hasta sus últimas consecuencias la "Gran Guerra" que es nuestro existir.
Pero ¿cómo conectar el ideal "angélico" hacia el que tiende la obra espinosiana con el mundo de los hombres, en el que tiene lugar la asombrosa conjunción de espíritu y cuerpo, más allá de toda distancia y desvinculación entre ambos? Existe una tradición según la cual la discriminación entre lo angélico y lo demoníaco pasa por la aceptación o no de la realidad del hombre como síntesis de espíritu y cuerpo y de su papel central en el universo. De acuerdo con esa tradición, el motivo del combate primordial es el rechazo diabólico de la centralidad del hombre como microcosmos, que pone en tela de juicio la sabiduría y, por consiguiente, la autoridad divina.
En su batalla contra el Dragón y sus huestes, el arcángel se convierte, pues, no sólo en el campeón de la trascendencia divina, sino también en el adalid de la condición humana, cuyo frágil equilibrio entre lo espiritual y lo corpóreo es, sin duda, la gran maravilla de la creación. Paradójicamente, la condición angélica, en su aparente alejamiento de lo humano y en su incontaminada pureza, se transforma en la garantía de aquella delicada síntesis.
Así, la perspectiva teológica (en la acepción espinosiana del vocablo, que no es otra que la "angélica") se muestra como garantía y aval de la humanidad, en el doble sentido, existencial y axiológico, de la palabra. Y de esta manera, nuestro autor, cuya vida y obra siempre estuvieron presididas por la lucha contra el Dragón, se trueca en un "Guardián del Umbral", en un custodio de los valores y de la dignidad humanos.
5. Recapitulación: las etapas del itinerario espiritual
Llegados a este punto, podemos recapitular la concepción del itinerario espiritual tal como aparece en Espinosa. En el origen era la "verdadera patria", de la que se siente desterrado Asklepios: es el alma que inicia el "descenso a los infiernos" y que, por el momento, es pura nostalgia ante la pérdida del "hogar". Las más espesas tinieblas están aún por venir. Más allá del sentimiento de enajenación y de extrañeza que la embarga, signo de su ansia de absoluto, cabe afirmar del alma una cierta autonomía. Es el principio de la purificación, en el que la voluntad personal juega un papel decisivo. Es el ámbito del "logos" griego, juez inmisericorde de un mundo que ha perdido su norte.
Hemos dicho que la nostalgia es el sentimiento más hondo del alma en esta fase y el que orienta todos sus esfuerzos. Tratándose de un temperamento eminentemene discriminador, el alma que efectúa la peregrinación ejemplar utiliza su capacidad distanciadora para resistir la "caída" sin perderse a sí misma. Es la esfera de la ética, de una ética que se mueve sobre todo en el reino de los principios, conforme al talante radical del "protagonista". Dicha reivindicación de la ética ya es, en cierto modo, "angélica avant la lettre", pues el "logos", norma y mesura de la humana naturaleza, lucha sin descanso por orientarse en la ciudad del olvido y de la sinrazón, una ciudad cuya verdadera condición de torre y fortaleza aún no se manifiesta plenamente. El alma que es Asklepios está sujeta a potencias innominadas que la arrastran hacia el reino inferior.
En "Escuela de mandarines", Asklepios transmutado en el Eremita es figura del alma que continúa su período descendente y experimenta en sí el poder de los mandarines, de los "arcontes" de círculos todavía más profundos. Allí sólo cabe "avergonzarse" de la sinrazón imperante y de sus acólitos, incensadores y becarios, figuras de cuanto degrada, empequeñece y envilece al alma, proclividades y peligros siempre al acecho. El "sistema" de los mandarines es símbolo de las "potencias" que erigen la arbitrariedad en norma de conducta, una arbitrariedad que constituye la inversión de aquel ámbito que sirve de fundamento a la lógica.
A este nivel, todo personaje, situación o cualidad negativos sólo pueden ser comprendidos por el "logos" a través de un paso al límite que podríamos llamar "razón avergonzada". Al tratarse de una experiencia de semejante calibre, la razón sólo puede justificarla cargándola sobre sí: lo que siente el Eremita es "vergüenza ajena". Por eso, la experiencia del "desierto", de la soledad absoluta que da origen a su nombre no es más que una figura de la actitud del alma ante la infinidad de las constricciones y limitaciones interiores que amenazan aplastarla.
Si la existencia de Asklepios se asemeja a la del pez recién salido del agua, cuyo sabor y cuya fuerza nutricia todavía recuerda, la del Eremita se define por la privación de todo "humus", en la doble acepción de tierra cultivable y de posibilidad de vida humana.
El primero no hubiera podido resistir en semejante ambiente inhóspito, que corresponde a un escalón más profundo del "descensus". El ideal ético de la razón, que ya en Asklepios se hallaba radicalmente amenazado, en "Escuela de mandarines" se convierte en prisionero del ámbito de los hechos. Y el desierto que da nombre al Eremita no es otra cosa que el aherrojamiento de la razón utópica, cuyo ideal ético no encuentra amparo ni protección fuera de sí misma. ¿Qué es el desierto sino la lucha del alma por liberarse de la obediencia a los mandarines interiores, de los que el "sistema" exterior es proyección y símbolo?
Pero el descenso no ha alcanzado todavía su nadir. Si las etapas anteriores apuran los límites de la ética, ahora entramos en una esfera caracterizada por la pasividad del peregrino para avanzar por su propio esfuerzo. El conflicto entre ser y deber-ser deviene aquí insoportable e insoluble. Se trata de un mundo tan alejado del ideal que escapa a toda comprensión racional. Entramos en los dominios del terror, del pasmo metafísico. El "logos" se queda sin defensas y sólo cabe apelar a la visión teológica, la única que puede hacerse cargo del misterio del mal.
Por eso, los personajes tenebrosos de las "Tríbadas" y de "La fea burguesía",cada uno a su nivel, representan la opacidad radical que sirve de contrapunto a la experiencia iluminativa, teológica. Tan sólo a través de la interiorización del arquetipo del arcángel, adalid de la trascendencia divina, pero también de la humanidad, puede el peregrino apropiarse la instancia desde la que soportar hasta el final el "opus nigrum", el ennegrecimiento más allá del cual se sitúa el umbral de la iluminación. No en vano las últimas obras de nuestro autor se distinguen por la intensidad de la experiencia, la impronta apocalíptica, el aire alucinado del ángel exterminador cuando desciende a la tierra para ser el instrumento del Rigor divino.
Todos conocemos los riesgos que comporta el enfrentamiento directo con el mal en su dimensión más radical. No por tratarse de una realidad "negativa", deja de poseer de algún modo la fascinación de lo sagrado. Espinosa afrontó casi a pecho descubierto esa terrible experiencia. Por ello no me queda sino decir: "¡Compasión y piedad para quien exploró los sombríos y vertiginosos anillos del mal. Honor a quien supo describirlos con tal maestría!"
* Publicado en "Miguel Espinosa" (Congreso, Murcia 1992), 645-663. Para facilitar la lectura, se han añadido los epígrafes.
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Las palabras que sirven de encabezamiento a estas líneas intentan reflejar lo que, a mi entender, es el nervio central de la estética de M. Espinosa.
Encubierto al principio, levemente mostrado a medida que avanza la obra, manifiesto y desgarrador al término de la misma, el conflicto entre la "conciencia narrativa" y la persona del autor acaba por configurar su creación, dejando su impronta sobre ella y convirtiéndose en destino para aquél, en una especie de "descenso a los infiernos" que es, a no dudarlo, uno de los rasgos característicos de la estética espinosiana.
Si la categoría de un escritor se mide por la autenticidad de su lenguaje, y ésta es inseparable de la capacidad para asumir la tensión entre su propia vida y su obra llevándola hasta las últimas consecuencias, M. Espinosa aceptó ese reto desde el primer momento.
Ello habría de llevarle a un combate sin cuartel contra la propia individualidad, una lucha cuyo resultado no podía ser incierto para aquellos que conocen, siquiera medianamente, los mecanismos del alma humana y las leyes de la creación literaria: a medida que la obra, en su universalidad y distanciamiento, quiere acoger en sí la irreductibilidad de la existencia, provoca en la vida del escritor una reacción de signo contrario. Éste tiende a desinteresarse de sí mismo y a perder importancia a los propios ojos y, por la lógica interna de las cosas, concluye por ser devorado por su obra.
Semejante sacrificio del autor en aras de su creación puede ser más o menos voluntariamente anhelado, pero resulta ineludible. Y culmina en una transfiguración, en una superación de la individualidad, que, de ser "alguien", pasa a ser "algo", una transformación que, en ocasiones (como en el caso presente), puede adquirir ante las miradas superficiales la apariencia de una autodestrucción, incluso física. Pero no anticipemos conclusiones: antes de nada, veamos cómo se concreta esto en la obra de nuestro autor.
Toda obra literaria, cuando es genuina, implica un distanciamiento de la propia individualidad y circunstancia, una relativización de lo inmediato cuyo aprendizaje no deja de ser lento y penoso. Si, en un primer momento, tal alejamiento es, por así decirlo, metodológico, su propia lógica interna terminará por convertirlo en poco menos que insalvable separación, y la persona del escritor experimentará la división entre su naturaleza profunda y su conciencia narrativa. Por eso, a medida que el autor desarrolla la capacidad distanciadora y se sitúa por encima de su propia vida, van abriéndose igualmente ante él abismos de los que hasta ahora permanecía inconsciente.
La obra de M. Espinosa nos parece ejemplar a este respecto, y el aprendizaje de la distancia que en ella se manifiesta viene jalonado por una serie de etapas en las que el conflicto antes señalado deviene cada vez más apremiante. Dos hitos fundamentales distinguiremos al respecto, cuyo análisis somero abordamos a continuación.
El primero podría ser calificado de "mítico", en la más rica acepción del término y viene representado por "Escuela de mandarines". El segundo es indudablemente "teológico", como el propio autor señala en el subtítulo de "La tríbada falsaria". Veamos cómo se articulan entre sí ambos momentos y de qué naturaleza es el "sentir" estético que los caracteriza.
El universo de "Escuela de mandarines" (Ed. Libros de la Frontera, 1ª ed.) es un modo de realidad que se distingue por su elevación sobre el hecho bruto, el puro acontecer. Pero no a la manera de quien construye teorías y proyecta abstracciones para explicar los acontecimientos, aceptando su pluralidad e intentando racionalizarlos (la ironía y el desprecio que "La Vejez" muestra frente al "Gran Padre Mandarín", "Calificador de los Sucesos" y "Razón Dialéctica" corrobora cuanto decimos, véanse pp. 63-73), sino como una experiencia que, a la vez que sufre el hecho, lo trasciende y purifica desde el arte.
Por eso el distanciamiento que recorre la obra en modo alguno puede confundirse con el que distingue a la creación del "genio", no ya en la acepción sarcástica del vocablo, sino incluso en el sentido más riguroso del término, es decir, aquel autor cuya obra surge de y culmina en la afirmación de una individualidad que trata de colocarse por encima de todo e intenta ser y mostrarse como "alguien".
Nos enfrentamos más bien con un estilo que tiende a relativizar la individualidad del escritor y contempla el mundo de una manera imparcial y objetiva. Semejante imparcialidad no es algo así como el estadio final de una génesis que tendría como punto de partida el ámbito de las "Cosas primeras" y como término el de las "Cosas Últimas". Ello equivaldría a confundir tal actitud con la "sabiduría" del "Gran Padre Mandarín", lo cual sería un grave error. Y semejan te hipótesis viene descartada en múltiples pasajes de la obra (véase, por ejemplo, p. 78).
Por otra parte, la ecuanimidad de que hablamos tampoco se identifica con la inocencia de las "Cosas Primeras". Supone, además, una "experiencia" de la que aquéllas carecen (un concepto semejante encontramos en William Blake, pero aquí es mero contrapunto de la "inocencia").
En "Escuela de mandarines", la experiencia es introducida por los demiurgos (81-102), lo cual le otorga un cierto talante gnóstico: el "descenso" desde el ámbito de la "Divinidad Suprema" al "mundo inferior" gobernado por los "arcontes" se realiza siempre a través de una o varias figuras de rasgos más o menos demiúrgicos; hay que observar, no obstante, que los demiurgos espinosianos son entidades que tienen poco en común con las que aparecen en la mayoría de los escritos gnósticos.
Por lo demás, la tensión entre inocencia y experiencia, esencial para comprender el conflicto entre conciencia narrativa e individualidad del autor y su posterior resolución, recibe aquí un tratamiento universalizador, no aplicado a la existencia concreta del autor como materia prima de la creación literaria (es lo que "La Tríbada", con su aproximación a las contradicciones más recónditas del novelista, llevará a efecto).
Más allá de la oposición entre inocencia y experiencia, entre las "Cosas primeras" y las "Cosas Últimas", lo que distingue a "Escuela de mandarines" es la equidad de un verbo distanciado que, situado en el fiel de la balanza (un tema, en mi opinión, inagotable y una clave que nos facilita el acceso al universo espinosiano), sopesa el mundo y pronuncia sobre él su inapelable dictamen, en el que la dimensión ética viene intensificada por la estética y resulta indisociable de ella.
Ahora bien, semejante ecuanimidad, propia del universo acabado y perfecto que no pocos han visto en la mencionada obra, dejaba entre paréntesis, por así decirlo, la persona del escritor como campo de aplicación y transmutación. Y si la novela conlleva un verdadero "descenso a los infiernos", el estilo que la define refleja más la universalidad del mito en el que se describe la condición global de "este mundo" (tomada la expresión en una acepción más joánica que gnóstica, algo no solo presentido sino también implícitamente apuntado por Espinosa) que su incidencia en y su interiorizaciónporla individualidad concreta.
No es de extrañar, pues, quela posteriorproducción del autor aborde este nuevo ámbito. Y, en este sentido, discrepamos profundamente de quienes han querido ver entre "Escuela de mandarines" y las "Tríbadas" una ruptura radical y apenas explicable.
Entre el distanciamiento de la conciencia narrativa en la primera (una "conciencia eremítica" que se constituye en juez de las estructuras mundanas en su integridad) y la trascendencia que caracteriza a la segunda hay, sin duda, una diferencia, pero también una dialéctica.
La diferencia viene dictada por el hecho de que el universo en que nos introduce "Escuela de mandarines" es todavía un universo a la medida del hombre o, cuando menos, transfigurable desde el arte, un arte en el que la capacidad de juzgar no se somete ella misma a juicio. Por el contrario, en las "Tríbadas" impera la desmesura, subsiguiente al terror sagrado que acompaña a la revelación de la Trascendencia.
¿Qué relación profunda existe, pues, entre ambas fases de laproducción espinosiana?Restringiéndonos a lo esencial, la siguiente: la rotundidad de la primera no puede menos de desencadenar el contrapunto de la segunda. La verdad y la pureza de la "conciencia eremítica" (que jamás pueden agotarse en ser reivindicación de "revoluciones" fácticas, exteriores: "La Vejez" siempre trata con ironía al "Gran Padre Mandarín"), al no someterse ellas mismas a juicio, no pueden sino clausurar la obra como un círculo perfecto y acabado en sí mismo.
En este sentido, "Escuela de mandarines" representa un momento privilegiado de identificación entre la persona del escritor y la conciencia narrativa, más allá de los avatares de aquél y de un modo que merece la denominación de "clásico", es decir, de manera tal que el autor de la novela ya no es "alguien", sino "algo", pues lo que menos importa es su identidad, abolida y como transformada por la equidad que está en la base de la obra.
Quizá por eso algunos han percibido en la novela algo así como una armonía que tiene mucho de griega, pero que, a mi entender, es simplemente "clásica" en el sentido más originario del término.
¿Qué ocurre entonces cuando en un espíritu que hasta ahora se ha revelado como mesura (pero en cuya pureza anida quizá una oculta "hybris") irrumpe la Trascendencia? La desmesura que, en el fondo, siempre habitó a M. Espinosa y que hasta ahora se mantuvo velada, despierta súbitamente y se revela en primer lugar como juicio sobre su anterior estilo. Nos encontramos entonces con la supuesta "pérdida de estilo" que algunos han señalado, en mi opinión equivocadamente, a propósito de las "Tríbadas".
Lo que hay es más bien una mostración de la Trascendencia que, como tal, provoca ante todo un sentimiento de terror que recorre la obra de parte a parte y que, sin duda, constituye una de las claves para comprenderla.
Se trata de un terror (o como el propio Espinosa gustaba decir, un "pasmo") no ya metafísico, sino teológico, que sume a la persona del autor en el caos y subvierte toda armonía. Nos las habemos con un verbo enajenado y sufriente, con un verbo fascinado ante el mal y descendido a los "infiernos". Un verbo implacable que sopesa las almas, incluida la del autor, y las halla escasas.
La aparente trivialidad del suceso en torno al cual gira la novela (al menos desde la óptica de un feminismo radical: el descubrimiento por parte de una mujer de su supuesta identidad lésbica) sirve para poner de manifiesto las contradicciones y escisiones en que se debate la persona del autor, los conflictos que lo habitan, los "demonios" que lo obsesionan, en suma, la presencia de un mal que ya no es puramente exterior o estructural.
El mal ya no aparece objetivado en los poderes "de carne y sangre" que gobiernan el mundo, sino que es considerado como algo más hondo, como algo identificado con el "Rey de los Terrores", el "Simio de Dios" (véase, por ejemplo, "La tríbada falsaria", Ed. Libros de la Frontera, 1980, 184, 220-224).
El campo de batalla de todos los conflictos es ahora la individualidad del autor, que, al pasar de la "guerra exterior" a la "guerra interior", ha franqueado un umbral decisivo.
Por eso, a diferencia de "Escuela de mandarines", en donde el acceso del autor al nivel de "algo", característico de la obra "clásica", venía logrado en la propia creación, en las "Tríbadas" lo que se manifiesta es, ante todo, el desmembramiento y la sepultura del "hombre exterior", el "descenso a los infiernos" del autor y de su creación. Aquí el autor solo puede llegar a ser "algo" en espíritu. Que nadie se asombre por ello: es lo que corresponde a quien, finalmente, ha aprendido a sacrificar no ya su individualidad, sino también su obra (para el verdadero escitor, su última "Torre de Babel") a la Trascendencia.
* Publicado en la revista "Heterodoxia", tomo II, nº 10, Madrid, 1990, pp. 73-76. Se han incorporado leves correcciones.
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